"Tras las huellas de Rulfo", por Felipe Benegas Lynch

Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza. Random House, 2017, 248 págs.

El libro de Cristina Rivera Garza traza una semblanza de Juan Rulfo a partir del diálogo que entabla con su obra y con el archivo que dejó su vida profesional, artística e íntima. Rivera Garza asume la interpelación del texto rulfiano y la transita concientemente: a veces desde el análisis en tono ensayístico, a veces desde la crónica, a veces experimentando en torno a frases y cadencias del texto, en todos los casos negándose al monumento inerte y dejando que la voz de Rulfo continúe con su reverberación, hoy más vigente que nunca “en medio de la violencia que nos circunda”. Se trata de un libro mestizo, en el que crítica y ficción se entrecruzan a través del cristal rulfiano para lanzar preguntas que incumben especialmente a México, pero no solamente. ¿Fue Rulfo un engranaje funcional al despojamiento de los pueblos originarios, de ese mundo campesino que agoniza en sus textos, o fue alguien que astutamente, cámara en mano, supo transitar los conflictos del mundo moderno a partir de sus ocupaciones? La autora sigue las huellas de Rulfo y se deja empapar de su humor parco y los ecos de sus pasos y su mirada:

Estamos alrededor de la mesa de madera comiendo tamales de maíz y de frijolo. Hace frío. El frío entra por las rendijas de las ventanas de esta casa de Tlahuitoltepec con esa naturalidad propia de las tierras altas, y ni la sopa caliente ni el mezcal ni el tepache parecen protegernos. ¿Y qué investigas?, pregunta de repente el recién llegado desde la otra esquina de la mesa mientras empieza a comer la sopa con ayuda de taquitos de tortilla de maíz y con ayuda de los dedos. No le digo lo que me dijo la asistente de un archivista: al que tuvo que ver con legitimar el reacomodo de mazatecos y chincntecos en la zona mixe del sur. Los transmigrados. Su proceso de expulsión. Le digo, en cambio, que ando buscando los sitios que fotografió Juan Rulfo en su recorrido por la región mixe. ¿El escritor?, pregunta sin dejar de comer. Le digo que sí. El mismo. El que trabajó para la Comisión de Papaloapan. ¿El del reacomodo?, dice, aunque parece que pregunta. (131)


Lo que deja en claro el libro es que se trata de una figura difícil de asir. Rivera Garza lo equipara con el angelus novus de Benjamin, que avanza con el ímpetu de los tiempos, a su vez desgarrado por lo que ve que va quedando atrás:

Rulfo llegó a todas esas comunidades indígenas, pues, no sólo como observador empático e interesado, sino como un activo agente de la modernidad. Tal vez, como el ángel de Benjamin, Rulfo hubiera querido detenerse, pero a la par del ángel de la historia tampoco podía dejar de ser arrastrado por el viento del progreso que le enredaba las alas. Rulfo no sólo fue el testigo melancólico del atrás que la modernidad arrasaba a su paso, sino también, en tanto empleado de empresas y proyectos que terminaron cambiando la faz del país, fue parte de la punta de lanza de la modernidad corrupta y voraz que, en nombre del bien nacional, desalojaba y saqueaba pueblos enteros para dejarlos convertidos en limbos poblados de murmullos. (107-108)

Vale destacar la lectura queer que propone Rivera Garza en el capítulo "Doroteo/Dorotea", así como el gesto de que los últimos capítulos estén traducidos al mixe. Rulfo era un caminante, un hombre de montaña. Hacia el final de las palabras en español, la narradora afirma: "No hay soledad en la montaña (...) Esto es lo opuesto a la soledad. Esto es lo que podemos hacer los unos por los otros en una montaña. Esto es lo que hemos hecho" (230,231). Lo que ha hecho Rulfo sigue actuando en nosotros a través de sus textos. La suya no fue una mirada indiferente a lo que veía. Rivera Garza nos invita a volver sobre eso que él ha hecho y en torno a lo cual ella ha hecho lo suyo. Vale la pena volver sobre esas huellas.

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