“Reflexiones en torno al lugar de tus huesos”, por Lucía De Leone


 El lugar de tus huesos, de Hernán Lobosco. Buenos Aires, Grupo Editorial Sur, 2017.

“Es que estaba muerta”. Esa es la expresión con que se inicia El lugar de tus huesos (2017), última novela del escritor argentino Hernán Lobosco. Así, con esa sintaxis, con esa contundencia, con esa incógnita. Lo que sí podemos inferir es que se trata de una muerte, que el narrador atribuye al género femenino. Hay un participio que flexiona en “a”: “muerta”. No hay x, ni arrobas, ni “es”, ni barras separadoras con opciones que den representación y legibilidad a identidades disidentes. No hay dudas de que se trata de una chica muerta.
No obstante, esa información que dedujimos prontamente abre toda una zona vacante. La novela cumpliría, de este modo, con muchas de las potencias que algunos estudiosos de la literatura adjudicaron a los comienzos de una obra, entendidos en su multiplicidad de variantes: en la fuerza del arranque, en la instalación del enigma, en la dimensión paratextual –el título sugiere la muerte por sinécdoque–, en la captación del lector, incluso en su expulsión.
¿Por qué no decir que la novela podría pecar de expulsiva si no se insiste; si no se atraviesan los obstáculos que impone una estructura novelesca estallada en voces y niveles narrativos; si no se transitan las copiosas historias narradas que obedecen menos a cronologías lineales que a temporalidades discontinuadas (la historia que abre la muerte de la mujer; la historia de un enfermo psiquiátrico, la historia de un psiquiatra enfermo; las muchas historias de amor frustradas; la historia de una infancia infeliz que recuerda por momentos a la tradición del huérfano (Oliver Twist), a la tradición de la crueldad (la tortura que un familiar aplica sobre los pies del niño podrían conectar con las amenazas paternas de palizas que estropean las noches del niño Roberto Arlt)?
¿Por qué, entonces, no subrayar con firmeza la calidad expulsiva de la novela si no siempre se está dispuesto a transitar una trama violenta? ¿No es una novela encantadoramente revulsiva? ¿No es una novela difícil, quizá con celebradas fallas, de esas que requieren ser leídas con lápiz en mano y más de una vez?
Ahora bien, no siempre se tolera abrir un libro y encontrarse con una literatura que cuente un femicidio, como los que a diario los medios de comunicación bastardean. ¿Pero es lo que hoy, gracias a la demanda pública, el activismo, el debate parlamentario y las políticas de estado, podemos calificar como un femicidio?
Más allá de las vacilaciones sobre la forma de la muerte de esa mujer me interesa remarcar la operación crítica que, al menos a mí (como sujeto situado con habitus, posibilidades, intereses y cristales con que mirar), me condujo a pensar en un caso de femicidio al leer la primera línea. Confirmamos así cómo los comienzos también nos pueden llevar por el mal camino o a frustrarnos las expectativas. Pero, pese al mal paso, celebro contar hoy –cuando experimentamos en distintos ámbitos de la cultura (en la academia y la calle; en la plaza y la casa) un gran desarrollo y apertura en los estudios de género que modificaron los modos de estar en el mundo– con herramientas y políticas que evidencien lo que un tiempo atrás habitaba el terreno de lo invisible, lo indecible, lo innombrable. Con esto quiero decir que si miramos para atrás, la literatura argentina está plagada de mujeres asesinadas (remito a “La intrusa” de Borges), pero no supimos leer en esos términos (más bien vimos, y gracias a la sagacidad crítica de Josefina Ludmer, a “las mujeres que matan”), y que quizá estemos en el momento justo para revisitar los modos de leer de la crítica de género.
Pese a la fuerza de ese comienzo que prometería un caso más de femicidio en la literatura reciente, hay una traición de la trama donde advierto un gesto que realza a la novela. Resulta fundamental a esta altura preguntarnos de qué modo –si es que lo hacen – los escritores y las escritoras intervienen en el tejido social. Lobosco no apuesta por una novela “de compromiso” que acaso pudiera entenderse como oportunista a la coyuntura: ¿qué mejor que hacer visible en la pluma de un varón, no machista o acosado por el miedo reinante de muchos a que así lo juzguen, un caso de femicidio?
Lobosco va un poco más allá y crea un personaje femenino fuera de serie: por su belleza, por desentonar en el pantano de la vida, por las decisiones sobre el propio cuerpo que hacen a políticas de género y que son narradas con una retórica de lo escatológico que contradice la del planeta bebé (no ser madre por no hacer del útero un mero productor de carne para gusanos), por su virtud adivinatoria de pitoniza (ella visualiza su muerte tres días antes) y, ante todo, porque es ella quien decide cuándo morir, es ella quien se posiciona como juez biopolítico que dictamina cuáles vidas son preservables y cuáles arrojadas al terreno de lo desechable. Y es una muerte que ni siquiera podría vincularse fácilmente con un suicidio, que estaría dentro de lo conocido y tramitable; más bien, mediante esta muerte rituálica, extremista, se impone una imagen sacrificial (“un Cristo invertido”) que estaría más cercana a prácticas tribales que a las aspiraciones de eternidad y los desafíos a la ley natural, que propagan las ciencias de la vida, producto de las sociedades actuales.
El lugar de tus huesos tampoco calificaría tan sólo como novela policial o incluso novela de la crisis: el trasfondo político aparece sí pero con ruidos que más que aturdir ensordecen, en un arco temporal que va del uno a uno y el menemato al “que se vayan todos” y las cacerolas del 2001.
Es una novela que va en busca de un lugar que se sabe listo para ser devastado. No por casualidad el libro también puede leerse como una teoría de la narración para ser guardada en la memoria: la escritura se desintegra y se pierde entre papeles de humo.
¿Cuál es y cuánto dura el lugar que ocupan los huesos de un cuerpo? ¿Qué lugar ocupan los protagonistas si son puro descentramiento? ¿Dónde queda la familia cuando en la infancia te arrasan hasta los ojos de tu madre? ¿Dónde residen los sueños de juventud si tu abuela se convierte en la bruja de Hansel y te vigila y te castiga en interiores concentracionarios que despojan hasta las funciones subjetivas? ¿Qué pasa en la adultez si se golpea, ahorca y se intenta forzar a una hermana?
Pese a la arquitectura equilibrada de la novela que pareciera saber muy bien hacia dónde va, otra vez se nos traiciona gratamente. Lo dice el narrador –y me pregunto si también ¿lo dirá el escritor? quien sabe si apremiado por hacer un alto ante tanta pesadumbre–: ese lugar al que se aspira llegar es ahí donde “no habrá ni entonces ni siempre ni nunca”; ese lugar en el que sólo habrá –como para los amantes de los nocturnos de José Asunción Silva– “noche, pura noche, pura negrura”.



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