“La tranquilidad incómoda”, por Eugenia Argañaraz


No a mucha gente le gusta esta tranquilidad, de María Teresa Andruetto. Buenos Aires, Literatura Random House, 2017.

María Teresa Andruetto, escritora y ensayista cordobesa, ganadora del prestigioso premio Hans Christian Andersen en 2012 –autora de novelas como La mujer en cuestión, Lengua madre y Los manchados–, nos atrapa y sorprende con su nueva antología de cuentos a la que designa No a mucha gente le gusta esta tranquilidad.
Ocho cuentos breves pero precisos que no pierden intensidad y se encadenan unos con otros, no siempre desde lo temático, sino más bien desde el accionar de personajes capaces  de decir y sentir aquello que está en ellos, aunque lo desconozcan e ignoren. La tranquilidad es molesta, incómoda, se resiste a ser llamada de otra manera y a ser clausurada.
Individuos difusos, engañosos, por momentos, que nos hacen dudar acerca del lado en que conviene permanecer. Olores, colores, sabores, todo reunido en textos y palabras que invaden y que nos invaden. Se añaden  retratos que demuestran que el pasado mancha para siempre. Relatos con epígrafes precisos para abordar cada lectura, invitándonos a una exploración que no decepciona porque cada línea condice con la vida. Vida que es escritura y escritura que, en lo memorial, se vuelve vida.
Abre esta antología “Gina”, una mujer de apariencia fuerte pero inmensamente débil y con acertado ojo crítico;  luego “Lección de piano”, en donde el pasado oprime y es algo más que el recuerdo de un tiempo transcurrido. Un viejo con la añoranza a flor de piel, producto no solo de la pérdida sino también de un sometimiento iniciado por él mismo: “Yo la acompañaba al piano, la seguía sin resaltar las notas, siempre tras ella y cuando terminaba la aplaudía a rabiar, como si yo solo fuera todo el público de un teatro…” A continuación nos encontramos con el tercer cuento, que lleva el título del libro, en el cual Andruetto, con suma delicadeza y precisión, describe cómo tres hermanos afrontan la resignación. Hay algo que ha estado y se ha perdido o evaporado y entonces lo inenarrable se recrea entre líneas hipotéticas, dando cuenta de un hoy…
“La Parisina” acude en la narración con descripciones de un Buenos Aires álgido y compungido, donde los personajes concilian lugares con momentos, y con la tristeza de aquello que ya nunca será. Sensaciones que solo tienen lugar en la memoria y no en la tangibilidad de una caricia. Un relato en el cual se piensa que “contar la historia de uno es contar la historia de otros”. El ahora, la actualidad de esos personajes, y el confort con el que han vivido, se ha vuelto insoportable.
Cuando el lector prosiga deslizándose con paso firme en las líneas de esta antología se encontrará con Un águila sobre el nopal”; aquí conocemos a una mujer extremadamente resistente, a quien el fin de los días no alcanza y todo se vuelve infinito y certero. Avanzando por el sendero de los recuerdos, “La redentorista” es la imagen perfecta para explicar qué tan cruel puede haber acontecido una vida, la vida de una difunta que ha sido olvidada. En este caso, es la propia muerte la que se ocupa de transformar el presente para hacer memoria y reivindicar…
Ya hacia el final, nos encontramos con los dos últimos relatos, que muy probablemente dejen una marca especial en quienes recorran la literariedad de estas historias, estas conjugan lo fraternal y lo pasional de la vida. En el cuento “El hijo”, un hijo que no olvida, un padre que se va porque solo ha sabido ser hijo y no padre. Un hombre que es padre y ha optado por ser hijo indefinidamente. Se recepta que con lo vivido y transcurrido uno está a tiempo de salvarse de la culpa y por qué no, de lo injusto.
El último relato, “La noche interminable de Villa Crespo”, es capaz de generar en el lector avezado el pedido de lo inacabado y también la necesidad de que se concrete aquello que no ha podido concluir antes. El volver a comenzar se presenta estrictamente como un deber, como una obligación propia del ciclo del vivir: una pareja, un pasado, un amor que no ha sido, dos seres enfrentándose a un presente que quizá abrume; sin destino, ni camino por el cual transitar.
Andruetto nos lleva a deleitarnos una vez más como ya nos tiene acostumbrados. Delicadeza y fragilidad recorren la interioridad de los relatos. Al fijar la mirada en la portada nos encontramos con una fotografía, un recurso muy estilístico de la autora y que nos lleva a conformar vínculos y sujeciones propias con respecto a lo paratextual. Una fotografía en sepia, en este caso, de una mujer que irremediablemente evoca la tristeza sin buscar la sonrisa porque la resignación ya la ha inundado. Imagen y diseño de tapa a cargo del artista plástico Juan Pablo Cambariere. Un cuadro desproporcionado e inquietante, sin equilibrio de planos, donde “el mirar” es un trabajo particular.
No a mucha gente le gusta esta tranquilidad enfatiza las situaciones de lo cotidiano que muchas veces se dejan pasar pero que, a pesar de ello, la memoria rescata para celebrarlas en circunstancias precisas de ser rememoradas.
Familia, amistad, vínculos amorosos se enlazan con la fuerza inmediata de individuos que acuden a una memoria agitada que perturba lo confortable. La memoria necesita reconstruirse y qué mejor que evocar los recuerdos con empatía, enfrentando la soledad en medio del silencio deshecho.
Estos cuentos se inmiscuyen en uno creando la posibilidad de sanar y calar hondo, porque no toda la literatura es perceptiva, y ni siquiera debe cumplir una función específica. La autora nos presenta momentos de experiencias de “otros” semejantes a nosotros, convertidos en la pintura justa y necesaria para demostrar lo coloquial; retrata narrativamente lo simple, lo complejo, lo incomprensible y lo rutinario. Todo y más pero esencialmente, la vida.

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