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lunes, 3 de abril de 2017

“Acerca de la imagen cuerpo”, por Miryam Pirsch


Sadopoesía, de Miriam Cairo. Villa Allende, Tierra de vientos, 2016, 111 páginas

El principio del lenguaje es el vacío, dice Cairo
Miriam Cairo, “Kamasutra”


¿Existe la poesía erótica? ¿Acaso no toda poesía es sensual? ¿Y si existiera una mística de la palabra hecha cuerpo?  Por todo eso, sumergirse en la poesía de Miriam Cairo es una experiencia que se realiza en sensaciones, en imágenes, en evocaciones, en sonidos, en otras lecturas, en movimientos tan continuos como infinitos.
Diez años después de la publicación del hoy inhallable Culonas (Abrazos, Sttutgart) pero hallable sábado por medio en la contratapa de Rosario/12, la editorial Tierra de Vientos publica Sadopoesía, donde la autora, cual musa en trance, nos guía a través de un viaje al universo de su poética. Poesía autorreferencial, es la misma palabra poética la protagonista de este volumen que se abre con un manifiesto de la poética que nos propone: “La sadopoesía”

Enero entra en el seno del verano
Y sale por el hueco rosado haciendo burbujas de pez espada.
Esgrime el sado milagro.
Esgrima del sado amor.
El marqués-espada contratado para mata-bicho,
Como espantapájaros protector
De las ladronas de niños nardos
Y de bebés repollos.

El marqués, personaje fetiche de este libro, recorre los poemas una y otra vez para regar en ellos su carga de erotismo, de dolor de látigo, de poesía. Renombrado Dédalo-marqués, nos lleva de la mano para entrar en un laberinto donde las palabras fornican, perrean, copulan… para parir estos poemas inquietantes para lectores y lectoras de deseo dormido. Cairo enlaza sus dedos con los del marqués y esa mano fundida empuña la pluma que no temblará en escribir una teoría del big bang poético donde la poesía resulta un organismo biológico, un elemento mineral (“Purpúreamente”) dotado de un cerebro como principal órgano erótico (“Colibrí cuántico”) y capaz de tensar el arco de la poesía hacia un blanco cuyo centro está marcado por gotitas de orín (“Ciencia y poesía”).
En este universo poético no hay lugar para la antítesis ni para el oxímoron; el sentido también copula, se fusiona, se hermafrodita para que lo que parece antagónico resulte complemento, parte indispensable y sustancial de aquello que la lógica extrapoética o la tradición literaria han mantenido divorciados: hay un sapo dentro de un príncipe (“Pelo de dragón”), lobo y pájaro comparten mucho más de lo que siempre nos hicieron creer y se diferencian apenas (“Tenue”):

                        Es tenue la diferencia entre los gestos del pájaro
                        y las pasiones del lobo.
                        Es tenue la diferencia entre la sed y el desierto.
                        Tenue la diferencia entre la mujer sedienta
                        y la mujer saciada.  

En esta lengua sin conceptos absolutos todo es relativo y la locura, la desmesura corren los límites de la razón para que el desorden todo lo envuelva y liquide las diferencias: “La doxa está loca, se cree la verdad./ La verdad está loca, se cree la justicia…” (“Locura”). Porque en este mundo de sensaciones que escribe Miriam Cairo todo aquello que el cuerpo escriba con su carne-pluma tendrá carácter de definitivo/relativo pues nada está cerrado, todo se abre para fecundar y ser fecundado, para producir y ser producido. Los neologismos crean imperativos donde el Yo ordena al yo solitario y convaleciente pero que solo puede aparearse consigo: “Cástate yo”, “Inmacúlate yo”, “Agráciate yo”, “Mascúllate yo” (“La botella caza-moscas”).
Pero quien crea que Cairo escribe sola también se equivoca. Moja su pluma en el tintero del marqués (por supuesto) pero su tinta mal podría ser pura y se mezcla con otros materiales de escritura como los de Juárroz, Pizarnik, Girondo, el surrealismo de Tzara y también el de Magritte, el imaginario de O´Keeffe… y el de la propia Cairo (“Kamasutra”). 

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