Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

lunes, 27 de febrero de 2017

“NO”, por Felipe Benegas Lynch

Amores mutantes, de Leticia Frenkel. San Isidro, Notanpüan, 2016, 252 págs.


La novela de Frenkel se focaliza en las transformaciones del amor –que llegan a veces al límite de lo monstruoso– en la voz de una testigo privilegiada de los cruces entre Mara, Lucila, Manuel y Dante. Como bien señala Mercedes Halfon en la contratapa del libro, es esa narradora testigo el hallazgo de esta novela. Su nombre es Julieta, y ella también tiene su propia historia de amor, aludida tangencialmente, con su Eloísa.
Julieta es el vértice entre Mara y Lucía, que se disputan su amistad y su confidencialidad al punto de exasperarla:

Creo que si alguien me cuenta una historia así, la descarto por inverosímil. Ni en un libro para adolescentes, ni en una película mala, compro un nivel de delirio semejante. ¿Qué más puede pasar en esta novela? (que pasó de ser la tragedia de Andrea del Boca a la parodia de Verano del 98) ¿Qué otra vuelta de tuerca sin que la próxima vez me ría a carcajadas en la cara de las dos? (O las mate) (175)

En efecto, la historia es digna de esas telenovelas y Julieta relata pacientemente sus idas y venidas, hasta que al final no las cuenta más para apuntar brevemente su promisoria relación amorosa y profesional con Eloísa. Gran parte del trabajo de esa voz testigo pasa por reconstruir el contexto cultural, entendido en un sentido amplio. Los guiños generacionales saturan el texto: Andrea del Boca, Grecia Colmenares, Verano del 98, Ital Park, Roxette, Guns and Roses, Twin Peaks, Giacommo Capelettini, Cachorros quentes, Dirty Dancing, Soda Stereo, Coldplay, Tango Feroz, Los bicivoladores, Notting Hill, etc. La generación aludida sabe qué quiere decir Ital Park y conoció el Facebook y a Coldaplay a los veintitantos. La narradora entiende que “como seres humanos lo único que nos une es la soledad y el consumo” (208). Ese consumo (de libros, canciones, televisión, películas, bebidas o alimentos) hace de telón de fondo para las transformaciones del amor.
Vale mencionar también, para una nueva entrega de la editorial notanpüan, que gran parte de la trama transcurre en Puán, es decir, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Si el nombre de la editorial y de la librería homónina de San Isidro ya despertó cierta polémica, Amores mutantes parece hacer un guiño editorial que marca la distancia y la atracción con respecto a esa casa de estudios. Así se interrogaba Martín Kohan con respecto a la negación incluida en el nombre:

Me pregunto, en resumen, qué tan Puán será después de todo “Notanpüan”; hasta dónde llegará su vocación de antítesis, hasta dónde llegará su mascullado no tanto. Me pregunto también si habrá alguna otra librería en el mundo (además de la editorial homónima) que adopte su nombre tomando como referencia a una facultad en la que se enseña literatura, así sea para interponer sus cláusulas negativas, concesivas o adversativas. Me pregunto si habrá en alguna otra parte un estar así pendiente, una orbitación satelital tan resignada y tan rabiosa.

En el texto de Frenkel el personaje de Mara marca la distancia displicente de quien pasó por Puán pero no tiene intención de volver. Se trata, en gran medida, de estereotipos:

¿Qué hago acá? ¿Yo quiero terminar siendo una letrada pedante como él? ¿Quiero estar ahí al frente analizando los géneros discursivos de Bajtín? ¿Los que lo rodean saben qué quieren hacer cuando terminen esta carrera que está muy lejos de tener una salida laboral copada y rentable? Justo al lado tengo un especímen del nicho Puán: rastas, barba tupida, un mate: seguro que tiene alergia al trabajo y vive del aire de la militancia; su aspiración es no trabajar nunca y perpetuarse repartiendo volantes en los pasillos de la facultad. En la primera fila, la típica vieja que no tiene qué hacer de su vida y viene para interrumpir con preguntas descolgadas: ama de casa y jubilada. Adelante mío, una cabeza femenina teñida de violeta que asiente con cada afirmación categórica del profesor: creo que trabaja en la fotocopiadora; en unos años, la lima o se convierte en becaria del Coincet. Yo me visto con camisas grunge, pantalones ajustados, borceguíes y sacos de gamuza sesentosos: también soy un cliché de Puán. Si todo va bien, en dos años cursaría las últimas materias. Me da miedo recibirme. ¿Quiero seguir siendo docente? Estoy agotada de dar clases en primaria, pero no encuentro el trabajo nuevo ni tampoco sé bien qué me gustaría hacer. (226)

El personaje está en sus años de formación y atraviesa una crisis vocacional que la hace tirarse esos “misiles existenciales a sí misma”. Los misiles resultan políticamente incorrectos en estos tiempos de ajustes y cuestionamientos al Conicet. Pero es Mara también la que marca los prejuicios con respecto a San Isidro –entre otras cosas, el pago de notanpüan y del colegio al que asistieron el actual presidente y varios de sus colaboradores y allegados. En medio de un temporal, Mara apunta esta escena en una estación de subte:

Un chico lindo se sacó la camisa y la escurrió en las vías. Ni idea por qué, pero pensé que seguro había estudiado actuación. Cuando me vio con la bicicleta, se acercó y festejó mi situación. Me contó que venía de ver a su representante y tenía que llegar a San isidro.”Sos actor”, le pregunté. “Sí, recién llego de estudiar en Nueva York. No me adapto mucho acá, me parece todo re grasa”. Estaba a punto de vomitarle encima, pero por suerte para él, llegó el subte y me escabullí rápido por los vagones. (162)

Julieta, sin embargo, es la voz que prevalece. Ella también estudia Letras, pero no expone los prejuicios de Mara y parece sentirse bastante más cómoda con las herramientas que le da la carrera. Aquí se vale del punctum barthesiano para analizar la tapa de Peperina, de Serú Girán:

...lo que más capturaba mi atención era la foto de la tapa; una niña de pelo negro muy largo, raya al medio, mirando inocente a cámara mientras toma una sopa de tomate y porotos en un cuarto deprimente. El punctum estaba en la mirada oscura del que todavía no sabe –o no debería saber– nada sobre la oscuridad. (124)


De hecho, Julieta trabaja en una editorial y al final de la novela abre una librería con su novia. No parece casual que uno de los nombres que barajan para el local de la calle Fraga sea “NO” (246).

lunes, 20 de febrero de 2017

“Un cartucho repleto de perdigones”, por Jimena Néspolo



Hay una niña aristócrata que escribe o pretende escribir (“que es lo más parecido a un hombre que dio la familia”), hay un par de primos que devanean su embotamiento de clase entre tragos de bloody mary y bádminton en una Mar del Plata que sirve de refugio cuando en Buenos Aires se agita la Semana Trágica (estamos en enero de 1919), y hay un comerciante que pretende hacer su negocio abasteciendo de palomas que hacen de blanco móvil en un Club de Tiro. La puesta en escena de esta obra abismal de Mauricio Kartun (estrenada en el 2009) es austera, pero en un contexto rapaz y con actores de fuste parece maximizar la potencia de su mensaje. Todo se sostiene en el lenguaje y en la capacidad de los actores para hacer surgir del patetismo y del absurdo algún sentido cierto en este drama de clase –porque Ala de criados es ante todo un drama de clase atravesado por la violencia–: entre los ácratas, los sindicalistas y los bolcheviques que urden bombas como metáforas del amor, y “los niños bien” que reactivan la Liga Patriótica quebrando cabezas a culatazos, está Pedro Testa, sinécdoque de esa tibia clase media que pretende hacer su negocio manteniéndose neutral, azuzando el conflicto hacia un lado o hacia el otro según su conveniencia.
Pero la lógica de la obra insinúa ya desde su comienzo que toda posición que se quiera neutral, por más que se camufle de conveniencia o cinismo, es al fin de cuentas imposible; y esta reflexión la instala a través de una crítica sobre el lenguaje: porque Ala de criados es también una obra sobre el lenguaje, sobre los usos y costumbres idiomáticos de las clases poderosas, sobre las hegemonías políticas, sobre la potencia del lenguaje metafórico. Dice Tatana (en la voz de Romina Olea, que demuestra que tiene todo lo necesario y más para ponerse la obra de Kartun sobre sus espaldas) a minutos de comenzar la pieza:

Puedo escribir perfectamente sin metáforas. Mal que le pese a usted, al insulso pueblo suizo, al resto de los profesores del colegio, y a la reputísima lengua francesa tan afecta siempre a expresarse por parabolitas. En lengua madre. Y sin vueltas. Los que no podemos vivir sin discutir aprendemos pronto el valor de la palabra precisa. O perdemos. La palabra que apunta, dispara y acierta en el blanco justo. La metáfora es como un cartucho del 16 repleto de perdigones: abarca tanto que suele dar en el blanco. Pero mata además a todos los patos de alrededor. Así cualquier pelotudo es cazador.

Tatana fue educada en un colegio suizo. Su voz enmarca y monopoliza la obra, cuela palabras en francés, pero un francés “a lo pampa, sin comprarse la musiquita”[i], borronea notas en un cuaderno, maldice a su profesora rusófila, desprecia a los suizos y su debilidad por la paz (“Neutrales. Ambiguos como una metáfora”), dice sobre sí y arrasa todo a su paso. La excusa para zanjar la distancia de clase puede ser el sexo o el amor –porque Ala de criados también es una obra sobre el amor–, si se lo entiende como un coto de caza donde priva, ante todo, la posesión del otro.

Dice el tan ronco Pedro en su lengua singular: Al que le gusta la caza le tira a un aeroplano. Por el olor de la pólvora nomás. Perfume. Cazar es vivir. Hay quien cría palomas para tiro. Palomeros. Yo no, Dios me libre: las cazo. Las hago cazar, bah. Tramperos: cobran por cabeza. Yo palomero no: cazador. Yo contra ellas y que gane el mejor…

En el refucilo de metáforas que dispara Ala de criados, habrá palomeros catalanes desplumados, un Dr. Yrigoyen que se hace besar en secreto y se empodera desde el camastro de un criado, habrá tiros, traiciones, culatazos y, principalmente, en esta Semana Trágica vivida desde una improbable lejanía: habrá una bomba anarquista que estallará solo para desvirgar a quien quiera ser poeta.



ALA DE CRIADOS, de Mauricio Kartun

Romina Olea (Tatana)
Guillermo Romani (Emilito)
Héctor Acevedo (Pancho)
Alberto Lucero (Pedro)

Dirección: Guillermo Romani
Asistencia: Herbert Kraigar
Asistencia de vestuario: Cristina Godoy
Fotografía: Camila Arpetti

TEATRO Luisa Vehil
Hipólito Yrigoyen 3133, CABA
Tel: (011) 4861-3386
Entrada: $150





[i] “Pancho y su francés impecable… Que yo lo hablo pampa dice Tata. Sin el cantito. Lo único que faltaba… Demasiado que les he comprado la letra, no me van a hacer comprarle la música… Tatatá… Tatatá… El francés es un cornetín de tranvía.”

lunes, 13 de febrero de 2017

“A modo de caleidoscopio”, por Leticia Moneta


El ruido del tiempo, de Julian Barnes. Anagrama, Buenos Aires, 2016, 208 págs.

En esta última novela, Barnes vuelve sobre uno de sus géneros preferidos: la biografía. Y nuevamente su visita transita sobre los límites genéricos (como ya había sucedido con Arthur y George, El loro de Flaubert, quizás incluso El puercoespín). En El ruido del tiempo Barnes narra la vida del compositor ruso Dmitri Shostakóvich desde el imposible punto de vista del mismo Shostakóvich. La Historia, repite una y otra vez Barnes a lo largo de sus obras, es un caleidoscopio, y aquí escuchamos el relato de quien lo está utilizando. Por eso las biografías se le presentan como el terreno propicio para la ficción. Así en la “Nota del autor” que cierra el volumen, Barnes señala las fuentes que ha utilizado para componer este libro y aclara: “Elizabeth Wilson ha sido fundamental entre todos los que me han ayudado a escribir esta novela. Me facilitó material al que yo nunca hubiera tenido acceso, corrigió muchos errores y leyó el manuscrito. Pero este libro es mío, no de ella; y si no le ha gustado el mío, lea usted el de ella.˝ (199)
El relato, mayormente cronológico, se compone de fragmentos que reconstruyen la vida del músico bajo el régimen de Stalin, desde los sentimientos y reflexiones del compositor. Radica aquí lo más interesante de la novela, en el aventurarse en las posibles emociones y reacciones, los conflictos y dudas que podría haber experimentado Shostakóvich a lo largo de sus éxitos musicales y familiares y en sus momentos más oscuros: cuando su música fue prohibida o al ser puesto bajo la lupa por el régimen estalinista. El compositor alcanza el reconocimiento muy temprano en su vida y es universalmente aplaudido por su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, que tras años de éxito recibe una reseña negativa, presumiblemente escrita por Stalin: “Bulla en vez de música”. Cae entonces en relativa desgracia: si bien sigue componiendo y en ocasiones su música es bien recibida, también es citado a declarar a la ‘casa grande’ y obligado a denunciar a personas cuyas responsabilidades desconoce. El azar o Stalin lo salvan, pero su vida continúa signada por el Poder y su vínculo con la música se ve atravesado por exigencias absurdas: le piden un Shostakóvich optimista. Además él mismo se siente un cobarde y, aun cuando se sabe ya fuera de peligro, no puede dejar de lado la culpa que le producen sus acciones, pasadas y presentes: haber firmado discursos y petitorios sin leerlos, afiliarse al partido, criticar a Stravinsky. Tampoco perdona a aquellos que critican al régimen desde afuera o a los que decidieron exiliarse.
Si lo preponderante en la vida de un compositor es la música, encontramos en esta biografía una serie de oraciones que, a modo de frases musicales, se repiten una y otra vez: “El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo”, “El arte pertenece al pueblo –V.I. LENIN”, “La vida era el gato que arrastraba al loro por la cola escaleras abajo; la cabeza chocaba contra cada peldaño˝, “Bulla en vez de música”, “La historia se repetía: la primera vez como una farsa, la segunda como una tragedia”, “Seguramente tiene usted razón. Pero vamos a dejarlo así de momento. Haré ese cambio la próxima vez”, “Una tragedia optimista”, “Rusia es la patria de los elefantes”. Y en esa repetición ganan peso y su sentido se va desdoblando hacia lados inesperados.
Así funciona el caleidoscopio barnesiano en esta versión de la vida de Shostakóvich. Su falta de compromiso político y su cobardía lo torturan incesantemente. Él quiere darle su música al mundo, pero el mundo que le tocó vivir no se conforma con eso: quieren su alma, y más.



lunes, 6 de febrero de 2017

“Astutti y los plumeros”, por Adriana Mancini

El sol desaparece tras las sierras. Hoy, una nube lo cubre casi en su totalidad. La nube es blanca y tiene forma de perro. Pienso en Moreira, el perro Vizsla de Adriana Astutti. La nube se desdibuja y vuelvo a imaginar un perro. Pienso: Moreira; es como Moreira. Y detrás de la nube, ahora sin forma, rayos anchos buscan el cielo con franjas naranjas, rosas, grises.
El silencio es intenso e imágenes y palabras se superponen y aparecen a borbotones. “Voy a ir a visitarte, voy a ir y voy a golpear la puerta con las patas, Mancini”, me dijiste en una de tus breves visitas a Buenos Aires, cuando charlábamos sobre las vacaciones. ¡Golpear con las patas! Linda imagen armaste Astutti con tu sonrisa amplia, tu pelito castaño semiondulado y un poco revuelto enmarcando tu carita redonda, plácida. Claro, los brazos y las manos para las cajas del champagne y el vino. Brindemos hoy, donde estés, la copa llena y tu sonrisa plena; brindemos; otra copa más y otra por lo que nos diste con Beatriz Viterbo. Le fuiste fiel. Afrontaste tristezas y otras penurias. Y seguiste. Un día hablábamos sobre las tesis, la tuya estaba planteada, tenías hipótesis y trabajo acumulado pero no avanzabas, me dijiste que la editorial consumía tiempo. “Trabajo para editar la bibliografía que otros necesitan para escribir sus tesis”. Noble: pensé y pienso. Y ahora sé que tus comentarios, tus palabras claras se fijaron en mí; huellas de fresco saber y sensatez. Hay una imagen que vuelve en mi recuerdo, Astutti. No las circunstancias precisas, una impronta grabada que retorna. No sé, tal vez, hablábamos de hijos, los míos adolescentes y la tuya, la bella Cecilia, tendría cinco o seis años. Quizás yo comenté los avatares de los años difíciles de los hijos; distancia, agresión, resistencia. Y vos recordaste la primera vez que tu hija rehusó tomarte la mano en la calle. Sí, tengo en mí tus palabras: “Perdí tu manita, Chechi”. Lucidez supina. Así es la pérdida, sigilosa, imperceptible, socava lentamente. Y vos lo sabías Astutti. Ya lo sabías.
El ocaso astillado de hoy, tu día del adiós, da paso a una luna llena y brillante como tu sonrisa, transparente como tu mirada. Asoma por las montañas, las del otro lado, Los Comechingones, las que no pudimos disfrutar juntas, pero que compartimos, imaginándolas.
Habías traducido Mi perra Tulip y deseaste un perro. Querías un Vizsla, bello pastor húngaro, pero quiero un macho, dijiste “me gustan los Vizsla”, una mañana en la que desayunábamos. Y ahí, cerca, al alcance de nuestros ojos, había un Vizsla, apareció Moreira. Moreira nos conectaba: fotos, travesuras de Moreira. Bello, fuerte, fiel: fue, es y será su perro, como Tulip, en la novela.
Y… ¿los plumeros? ¡Los plumeros! Era una tardecita porteña en Recoleta. Tal vez fue en algún intervalo de alguna jornada sobre Silvina Ocampo, Silvina también nos unía. Tomábamos algo, distendidas y divertidas conversábamos; éramos varias y salió así: “A mí me gustan los plumeros”, ¿los plumeros? Reímos. Yo empecé a mirar los plumeros, eran lindos, sí. Demasiado bellos para su función. Tiempo después, caminando a la deriva por una calle del sur porteño, vi en la vereda junto a una pared un balde con plumeros de colores; de plumas de ganso, sedosas y de colores. Me detuve. El negocio era pequeño, en ruinas. Un viejo sentado en un banco de madera tan viejo como él y rodeado de plumas hacía con maestría sus plumeros. Recordé a la Astutti recostándose en una silla, en una plaza seca, cerca del famoso gomero de un rincón paquete para la tilinguería porteña, diciendo: “Me gustan los plumeros”. No resistí. Divertida compré dos, uno fucsia y uno amarillo, brillantes, bellísimos. Los puse en un tubo, calle España, Rosario y al correo. Escribo y sonrío, sonrío Astutti y te siento cerca. Me llamaste, hablamos y reímos. Reímos. Pasaron años y otra vez el destino o las casualidades nos encontraron, como con Moreira, con otro plumero. Era septiembre o principios de octubre de 2016. Suena el timbre. Un señor vendía plumeros casa por casa. Vi uno muy hermoso: negra la base, dudé… pero del centro salía un capullo de plumas blancas, más pequeñas, como si renacieran de las cenizas. Era el plumero para la Astutti. Lo compré e intenté comunicarme, no respondías las llamadas; tampoco quería someterte a la pesadilla de contar tu dolor. Recurrí a Judith, nuestra querida amiga en común, muy querida. Y logré comunicarme. Te hablé y tu voz clara y serena, distante de su relato del mal, me sorprendió. Valiente mujer, cuán valiente quien sostiene su dignidad frente a una muerte anticipada y perversa.
¡Quién podría olvidar tu nombre Adriana Astutti! 
Te conté sobre el plumero, reímos y acordamos una cita en Buenos Aires que no pudo ser. Te mandé la foto –“un divinor”– me escribiste, “guardame el plumero”.
El plumero bello y silencioso está ahí recordándola, recordándomela, recordándote, recordando…


Enero 2017, desde la montaña.