Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

lunes, 30 de enero de 2017

“La pasión después de Viñas”, por Hache Pavón


Pasiones Teóricas. Crítica y literatura en los setenta, de Diego Peller. Buenos Aires, Santiago Arcos, 2016, 375 páginas.

Una vez concluida la lectura y dispuestos a escribir acerca de Pasiones Teóricas, la primera dificultad es la clasificación. ¿Se trata, como sugiere la contratapa en una clave metafórica en boga desde hace unos años, de una cartografía de la crítica de la literatura argentina de los setenta, atravesada por diversas corrientes teóricas (el existencialismo, el estructuralismo, el psicoanálisis, etc.)? En caso de que el lector responda de manera afirmativa, se encontrará con un trabajo exhaustivo y con un mapa que por extenso no pierde profundidad.
Peller trabaja sobre tres esferas textuales: la de la teoría, la de la crítica y la de la literatura. Su narración, el libro también puede leerse como una historia de la crítica literaria en la Argentina, desde los años ’60 hasta la actualidad (con intrigas y personajes: Viñas, Prieto y Sebreli; García, Masotta, y Lamborghini; Sarlo, Altamirano y Piglia por ejemplo), se vuelve atractiva cuando los elementos de una esfera invaden, como fuerzas bárbaras, las otras. En rigor, la que desborda como un magma volcánico sus propias fronteras, es la teoría. Las pasiones teóricas se apoderan de estos personajes (los atraviesan) y luego impregnan sus tareas críticas y, todavía más, sus tareas literarias.  
La clave para segmentar las últimas cinco décadas de trabajos en y en torno a la literatura está en las Revistas Literarias: Contorno, Literal y Punto de vista entre otras. Peller da cuenta del devenir de cada una de ellas: los inicios (con sus concepciones de la literatura y sus programas/manifiestos), los apogeos y las desavenencias entre sus integrantes y, finalmente, los cierres. Curiosamente, el inicio de esta historia coincide con un final: se trata del ocaso de la revista Contorno, de la que se publicaron 10 números entre 1953 y 1959. El programa del grupo de intelectuales que se reunió alrededor de Contorno incluía, desde luego, una teoría, en este caso, una teoría política. La presencia de David Viñas, su vehemencia y “su fe absoluta en las palabras” [1] y acaso en la política (que parece devorarlo como el tigre –de los Llanos– devora, finalmente, a Facundo Quiroga en Barranca Yaco), determinan la suerte de Contorno [2]. En principio el programa implica (tal como aludimos en nota al pie) una relectura crítica de la historia de la literatura argentina desde la clave “literatura argentina y realidad política”, la clave Viñas podríamos decir, sin embargo más tarde, cuando la teoría se vuelve pasión, esta “manera de leer” se vuelve exigencia, demanda, para todos los escritores, para los que integran el grupo Contorno y para los que no (para ese entonces la teoría ha trascendido sus propias fronteras, las de la crítica y ha arrasado las tierras de la literatura).
Pero la teoría política no es la única que despierta semejantes pasiones. Peller recorre el devenir no menos atractivo de otras y responde con lucidez una serie de interrogantes que nos vamos formulando en el transcurso de la lectura: ¿Qué ocurre cuando el psicoanálisis se come a la literatura? ¿Qué ocurre cuando el signo subsume al referente y la única realidad es la palabra? ¿Qué ocurre, en definitiva, cuando como un magma volcánico la pasión por la teoría, cualquiera sea, lo devora todo: la crítica, la literatura y, en primera y última instancia, las personas?   




[1] La atribución, señala Peller, le corresponde a Nicolás Rosa.
[2] En Boca de Sapo N° 21, consultado acerca de su paso por Contorno, Noé Jitrik ofrece una definición muy ajustada de la relación de Viñas con la literatura: “A David le interesaba la literatura para destruirla”. Esa destrucción se produce, entendemos, cuando la política opera como clave única de lectura. En la misma línea, Beatriz Sarlo lee la historia de Contorno: “Todo Contorno es un ajuste de cuentas” (Punto de Vista, 1981). Este ajuste se corresponde con dos operaciones simultáneas: una revisión crítica de la historia de la literatura argentina y una redefinición del canon.     

lunes, 23 de enero de 2017

“La magia de existir”, por Ana María Shua


El Libro de las Siniguales y del único Sinigual, de María Rosa Lojo (textos) y Leonor Beuter (imágenes). Buenos Aires, Editorial Mar Maior, 2016.


Están aquí, están entre nosotros, hay que tener cuidado. ¿Cuidado de no dañarlas? Esa es la primera y falsa impresión cuando las vemos, etéreas, frágiles aparentemente precarias y sin embargo eternas, siempre bellas, creadas por las manos de Leonor Beuter. ¿Creadas? ¿O son ellas mismas las que se reproducen a través de extraños métodos de ingeniería textil? En su perfección, en sus colores, en las posturas que la artista ha elegido para perfeccionar cada una de sus obras, Las Siniguales podrían ser sin palabras. Basta con su imagen, con su presencia. Pero a los humanos no nos basta con percibir. Necesitamos explicar, comprender, analizar. Y para eso está aquí el texto de María Rosa Lojo, esta pequeña enciclopedia de las Siniguales y el único (pero importantísimo) Sinigual. Esta enciclopedia de la delicadeza.  
Lojo es una gran novelista, pero aquí trabaja con pulso de poeta. Y de microficcionista, en una combinación de poesía y relato que hace de este libro algo Sinigual.
Hay que tener cuidado, dije. Pero no es fácil dañarlas ¿Acaso son peligrosas, entonces? Tampoco. Son testigos. Están con nosotros desde siempre, acompañando el transcurrir de la humanidad, esos cambios de modas y costumbres que los humanos llamamos pomposamente historia.
Se desplazan a través de los siglos, sobreviven. Atraviesan guerras, pestes y décadas de nada. En costureros y llanuras desiertas; en cortezas, chapas y bolsas de residuos. Vuelan, montan leones, cuelgan aferradas a las crenchas apelmazadas de la barba de un vikingo sanguinario. Y sin embargo, ¿qué más delicado que una Sinigual? Vaporosas, inclasificables, ausentes incluso de los catálogos mágicos, estos seres cargados de electricidad hádica, terciopelos, alambres y luz no se parecen sin embargo a las criaturas sobrenaturales que conocemos. No son brujas ni hadas –aunque a veces lo parezcan-; no son dioses ni humanos: son lo no comparable. Traen una música que llega de lugares lejanísimos, música de estrellas muertas a este mundo, el abigarrado, denso y ruidoso de los humanos. Su única magia es existir, es la persistencia de la más extrema sutileza.
El libro de las Siniguales tiene de enciclopedia y bestiario tanto como de libro de aventuras. Pero el acento siempre es el mismo: lo sutilísimo se sostiene, resiste,  permanece. Y lo asombroso no reside en sus poderes –aunque también los hay, por supuesto– sino sencillamente en su ser diáfano, translúcido, que sobrevuela la frontera de lo enunciable. Tan raras y etéreas y exóticas son las Siniguales que su alimento no es la comida, es su olor; que se reproducen mediante métodos de ingeniería textil y nacen con un cuerpo lleno de ojos que miran al mundo (con desilusión o alegría, nunca de la misma manera) y que  con cada parpadeo ven un nuevo universo. ¿Pero acaso no es eso lo que ofrece este libro? Un universo extendido, uno invisible: el de la exquisita finura. ¿Y no es ese el mundo que busca Isolina, la heroína, la niña de Finisterre? Y sin embargo, el libro insiste: están aquí, entre nosotros, nos rodean. Las siniguales pululan como un enjambre de puntos brillantes que vacilan en la frontera delicada entre la luz y la oscuridad, perturban el aire con las vibraciones de su vuelo, que irradia música, que transporta.
La escritura, el estilo de Lojo, se entrelaza con las imágenes de Beuter de una forma no menos sutil. Para darle vida a sus criaturas, las dos artistas, a través de la imagen y la palabra, se lanzan a un exquisito trabajo de minería y orfebrería. El libro en sí es una suerte de excavación: el indagar de una lengua poética, de una imagen poética, que busca y encuentra maneras para decir, para mostrar lo impalpable. En esa lengua no hay tules ni brocados de oro y plata: hay precisión, hay filo, hay superficies bien pulidas. La aspiración de levedad no se logra a través de la sencillez y el despojamiento sino, al contrario, del artificio y la sobredeterminación. Los rasgos de su escritura diseñan una trama inconsútil y abigarrada al mismo tiempo.
Con una prosa rítmica, de una constante hegemonía musical, Lojo elabora imágenes con sencillez y maestría. Desde la palabra, hay símiles exóticos –siniguales como góndolas y barcas vikingas, libélulas como coronas doradas.
Y se destaca una notable sensibilidad para la luz: fulgores, transparencias, irradiaciones, luminosidades, reflejos, en la palabra y en la imagen. Todo forma parte de la misma arquitectura. Los estados de ánimo de las Siniguales emanan bruma, los efectos de las hierbas medicinales las vuelven transparentes. Para mí uno de los puntos más altos del libro consiste en las peripecias, angustias y triunfos del único Sinigual del mundo copulando con libélulas… las imágenes desafían al lector en las trincheras de la imaginación. Por otra parte, tanta sutileza no está exenta de dolor y crueldad. La preocupación acerca del destino y el presente de una humanidad injusta, que es parte de la literatura y el pensamiento de las autoras, encuentra también su lugar entre las Siniguales.
El lenguaje de Lojo y las imágenes de Beuter son una misma cosa con la trama del texto: un misterio de delicadeza que persiste en cada lectura. Las Siniguales sobreviven. Regenerándose, creciendo como crece la semilla bajo la tierra del incendio, vueltas a nacer y a coser con las manos quebradas, con los retazos de los cuerpos, con los hilos del pensamiento.
Imposibles de borrar, inmortales e inexplicables huellas de una belleza que persiste. 


lunes, 16 de enero de 2017

“Al maestro con cariño”, por Jimena Néspolo


Convivir con el genio, de Juan Bautista Durán. Barcelona, Editorial Comba, 2014, 150 págs.

El primer libro de cuentos del español Juan Bautista Durán está organizado en torno a dos ejes temáticos, no necesariamente antagónicos, que articulan las doce piezas que conforman el volumen. El primer eje –de neta “educación sentimental”– aglutina a personajes que encuentran a través de amores florecientes o truncos y amistades abortadas ya un crecimiento personal (“Planchar divisas”, “Sueños con tesoro”, “Volver a enamorarse”) ya una excusa para el embotamiento o la desidia que abrazan (“Blasi a tres bandas”, “Quai Saint-Michel”, “Turista de sombrero ladeado”). El segundo eje –el más original, a mi entender, y de esforzada trama autoral dada la nacionalidad del escritor– hace de los tópicos culturales e identitarios de la “argentinidad” una metáfora de validación de excelencia de lo literario. No por casualidad el cuento que da nombre al libro está montado sobre la vida del ídolo futbolístico argentino Ariel “Burrito” Ortega y el deseo de dos personajes de hacerse un nombre (uno de cambiarse el apellido para no recibir ya el mote de “Burrito”, otro por entrar en el verdadero mundo de la “Literatura”); en esa búsqueda, aparece la figura de un escritor reputado (Eduardo Goitia) que propicia la siguiente reflexión por parte del narrador: 

Cuando lo conocí estábamos un grupo de escritores a la puerta de la Casa de América, en Madrid, donde dimos una serie de conferencias en torno a la recepción en ambos lados del Atlántico de nuestras respectivas literaturas.
“Es inevitable –dijo Goitia en su conferencia– que a la admiración inicial vaya unido el recelo, porque nuestra hermandad, al fin y al cabo, se funda en las idas y venidas, y en lo que, primitivamente, llamaríamos nuestra trágica condición de bárbaros, unos respecto de los otros.”
Esta reflexión resonó fuerte en mi mente por lo que me cuesta poco recordarla. Tampoco es complicada extrapolarla al mundo del fútbol, a propósito de Ariel Ortega, ya que esta misma sensación debe imperar ante el continuo movimiento de futbolistas de un país a otro (137)

Especie de alter ego del autor pero también de significante vacío, de máscara plana, el nombre de “Eduardo Goitia” surge en el cuento “Convivir con el genio” como una opción posible a la hora de buscar un cambio, mientras que en último relato (“Sueños con tesoro”) reaparece para darle vida a un personaje con el que se entrena el narrador en sesiones de boxeo, un personaje que en su juventud conoció a un tal “Nocilla” que recorrió kilómetros y kilómetros en bicicleta con las cenizas de su padre en el manillar a fin de devolver los restos a su lugar de origen.
En efecto, la “argentinidad” en este libro de cuentos es abordada de múltiples maneras. En lo literario se hace presente en referencias y epígrafes (Julio Cortázar, Silvina Ocampo, etc.); en lo formal reactiva un tipo de habla rioplatense para darle espesor y verosimilitud a sus personajes (es ejemplar el cuento “Au-pair” que ataca los clichés de la masculinidad a través de la historia de un joven contratado por una familia inglesa como niñero); en lo estético aborda los tópicos de la vida deportiva de la cultura de masas transnacional para replantear la noción romántica de “genio”.
El mismo Duran explica el protagonismo de este cuento en el breve “Prólogo” que abre la serie: “El Burrito aúna tres aspectos que me inquietan: el talento, el carácter, el apodo. Tener un apodo es casi tan importante como ser (…) pero tener un apodo es mucho más que ser, es un doble bautizo que no niega al original” (8), el apodo entonces vendría a enfatizar –dice el escritor– lo más particular de uno mismo: “el genio, esto es, aquello que nunca logramos quitarnos de encima. El genio no sólo es el don que un artista pueda tener, sino la parte más excéntrica que hay en todo quisqui, la parte que, en mayor o menor medida, nos hace insoportables para unos y admirables para otros” (8).   
Hay, por último, en varios relatos un denodado esfuerzo por acercarse a “lo femenino”, desarticulando los tópicos del amor cortés e incluso el perfil donjuanesco de los personajes en tanto cifra de su poder o autoridad. El cuento “Aviario” –que se abre reproduciendo como epígrafe unos versos de la poeta argentina Nora Almada (“Si me descalzo, ¿seré capaz de andar sobre mis huellas?”) hasta convertirla incluso en personaje de la misma ficción– condensa ejemplarmente esta búsqueda.
De lectura fluida y amena, la presencia de algunas erratas en la edición de Convivir con el genio no desmerece –en el balance final– la ambición y el arrojo de esta apuesta.