Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

viernes, 23 de septiembre de 2016

"Di Benedetto y las palomas", por Raúl Argemí



Contaba un observador de aves cómo un grupo de palomas se volvía contra una de ellas y la atacaba a picotazos, hasta darle muerte. Los picos de las palomas no son eficientes a la hora de matar, y la víctima agonizó durante horas, en una ordalía de dolor, perdiendo piel, ojos, plumas, sangre hasta que la liberó la muerte. Siempre recuerdo esta historia cuando pienso en Antonio Di Benedetto.
A Di Benedetto -nunca me atreví a llamarlo Antonio- lo conocí en uno de los patios de la cárcel de La Plata, poco antes del mundial de fútbol del 78. Me lo presentó Daniel Alcoba, un poeta y caminábamos los recreos hablando. Bueno, yo escuchaba, con la avidez de una esponja, porque Antonio Di Benedetto era el primer escritor que conocía en persona, y eso imponía.
Era un hombre bajito, como vencido, de hablar pausado, como si escribiera, que no llevaba bien la cárcel. Por qué había caído preso me queda en el terreno de la leyenda. Decían que porque le había puesto los cuernos a un coronel de la dictadura, y también que fue por esconder al hijo guerrillero de un amigo. Ambas cosas podían ser ciertas.
En esos tiempos era director del diario Los Andes, de Mendoza, es decir, un hombre cercano al poder desde siempre. Y, como tal, nunca se había pensado preso, a merced de la brutalidad de carceleros, por lo que navegaba en el desconcierto del que subió al Titanic seguro de que nunca naufragaría. Lo mantenía vivo el saber que universidades y escritores de medio mundo pedían constantemente su libertad, pero un día por poco no fue suficiente.
Recuerdo que bajó al patio demudado. El suplemento cultural de un prestigioso y conservador diario de Argentina, con el que había colaborado, acababa de publicar un texto parecido a este: La editorial Gallimard ha editado “Sama”, la novela del escritor argentino Antonio Di Benedetto, que en la actualidad ejerce su cátedra de literatura latinoamericana en la Sorbona.
Ellos saben que estoy preso. Me están negando repetía al borde del derrumbe, porque nunca había esperado una puñalada por la espalda de la gente de la cultura–. Son gente culta, no son como estos carceleros ¿cómo pueden hacerme esto?
Si no cayó en el suicidio fue porque en los días siguientes, el pibe, el compañero que barría el pabellón y llevaba mandados de celda en celda, se ocupó de verlo a cada rato y darle ánimo. Ese pibe, casi analfabeto, peón de una granja de cerdos, lo separó de la muerte.
Después, porque en las cárceles nada estaba quieto, lo perdí de vista. Di Benedetto salió en libertad, emprendió el exilio, y un día, con el regreso de la democracia, volvió a Argentina, para encontrarse con que era un apestado. Sin posibilidades de trabajo, repudiado por las palomas, fue sobreviviendo por los favores de los amigos.
Por esos días, con la primera Feria del Libro de la democracia, se hizo una feria paralela, y Antonio Di Benedetto encabezó una lista de firmas en un petitorio por mi libertad. Sé, tengo la seguridad, que no se acordaba de mí, pero llevaba la marca de la cárcel, y ya no era aquel que había sido como director de Los Andes.
Lo volví a ver, un tiempo más tarde, en una desangelada conferencia sobre la escritura y los sueños que dio en Buenos Aires. Una de esas cosas que le conseguían los amigos para que se ganara el pan, porque las palomas no habían dejado de picotearle la cabeza.
Otro tiempo más tarde supe que había muerto. Seguramente de asco.
Después de las dictaduras en el campo de la cultura sólo se registran víctimas, nunca cómplices, sin embargo…
Que los dioses nos cuiden de las palomas.



viernes, 9 de septiembre de 2016

“Lo bueno breve”, por Felipe Benegas Lynch

Niño enterrado, de Edgardo Cozarinsky. Entropía, 2016, 91 págs.


Resultado de imagen para niño enterrado entropíaTres niñas juegan alrededor de un ombú en el centro de una plaza. ¿O será un gomero gigante? Más bien un ombú: parecería hueco, o por lo menos su tronco enorme, rico en pliegues y aristas, tiene recovecos que le permiten esconderse entre gritos y risas, llamándose unas a otras. Están vestidas con modestia y decoro, zoquetes blancos les cubren los tobillos y sólo permiten ver unos centímetros de pierna: las faldas tableadas llegan más abajo de las rodillas. Son hermanas.
Repasa, como ante la pantalla del monitor durante el montaje de un film, ese recuerdo de su madre, de un momento feliz de su infancia. (31)
                                                        



¿Quién repasa? Él. Es en la distancia de esa tercera persona que el observador puede ser también lo observado. No es que ocurra algo distinto con el “yo”, pero Cozarinsy enfatiza el gesto: se permite el “yo” en la breve elegía del comienzo y luego se observa a sí mismo como “él”: “Una noche, hará un par de años, soñó que estaba en Entre Ríos” (13). Así reza el comienzo de “Rastros”, el primero de los fragmentos luego de esa elegía introductoria. Quien haya visto Carta a un padre (Cozarinsky, 2014) recordará haber escuchado esas palabras en el film. Al final del libro también nos encontramos con Cozarinsky citándose a sí mismo:

Ningún viajero vuelve al lugar de donde se fue. Las ciudades cambian no menos que los individuos (...) Algo subsiste, sí, pero escondido en repliegues y rincones adonde no llega la luz enceguecedora de la actualidad. Y está bien que así sea. Cuando no estemos para reconocer esa huella, esta se desvanecerá. E. C. (89)

El escritor, así como el cineasta, es, en este sentido, un punto de anclaje para la luz. Pero se trata de un punto dinámico y consciente, que va reconfigurando esa huella en perpetuo devenir. Y esa huella se compone de sueños y recuerdos, propios y ajenos. Aunque hablar de propiedad aquí tal vez no sea pertinente: la escritura objetiva un punto de confluencia: de linajes, culturas, sensibilidades. Tal vez por eso es que abuso de los dos puntos para presentar mi argumento: esa marca es un pequeño umbral para la reconfiguración permanente, la compuerta abierta de un caudal incesante.
Cozarinsy invoca al niño para que le “devuelva una mirada que descubra el mundo” (9). “Él odia al niño que fue” (9), quisiera pedirle “que viva más allá de los años una infancia no domada, sin sumisión ni escondite” (9). Esa tercera persona no es una huida ni un escondite: es un artilugio para captar la luz en los repliegues de la palabra. Hay bondad en ese gesto porque implica una reconciliación del sujeto con el mundo que habita. Lo invita a reconocer sus ruinas y sus enterramientos, sus muertos y sus paisajes.
Ni “yo” ni “él”: un niño enterrado pero no muerto, que se afana por ver. De ese modo se reconfigura el odio en algo más. Niño enterrado es un librito inmensamente breve, como la infancia o la felicidad.