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sábado, 23 de julio de 2016

“Parlamento: el segundo semestre ya está aquí”, por Román Setton


Debut del festival Invierno en escena con la obra Parlamento, de la compañía chilena Tryo Teatro Banda.



El sábado 1 de julio comenzó la primera edición del festival Invierno en escena, organizado por Ruben (sic) Monreal. Y el debut no podría haber sido mejor de lo que fue –salvo quizá por la lluvia–. Parlamento fue la obra que dio inicio al festival, de la compañía Tryo Teatro Banda, y durante los 80 minutos que duró la pieza estuve convencido de que, efectivamente, y a pesar de todos mis resquemores y previsiones, había comenzado el segundo semestre. Porque la obra me hizo creer que todas las dichas y virtudes (teatrales) por tanto tiempo esperadas y anunciadas ya estaban allí. Y además afuera llovía torrencialmente –y aunque no eran dólares ni inversiones, allí estaba la lluvia, y en grandes cantidades.
La obra es un unipersonal que recorre la historia de las tierras patagónicas que en algún momento pertenecieron a los mapuches, el territorio que el francés Orélie Antoine de Tounens quiso convertir –y en parte lo logró– en el Reino de Araucaria y Patagonia [Royaume d'Araucanie et de Patagonie] –un tema recurrente e inquietante en las tradiciones narrativas argentina y chilena, cf. por ejemplo La película del rey. Francisco Sánchez es el actor, músico, pintor, manipulador de objetos, hacedor de sombras, etc., etc. etc., que logra que este unipersonal sea un espectáculo de artes y técnicas variadísimas, que es a la vez una prolongada e intensa serie de estímulos a los sentidos y una invitación a razonar de nuevo la historia de ese pedazo de territorio y de los (des)encuentros de los pueblos que allí confluyeron desde la llegada de los españoles hasta nuestros días. El punto de partida de esta reflexión son los prolegómenos, vicisitudes y consecuencias del Parlamento de Quilín (6 de enero de 1641), un tratado fronterizo que fue ratificado y firmado por el rey de España Felipe IV. De este modo, la obra invita a pensar esa historia concreta de pactos, transacciones y diálogos interrumpidos, de negocios avaros, de choques culturales y, obviamente, del surgimiento de las naciones sudamericanas con sus mitos, símbolos, dependencias y pretensiones coloniales. Y en un sentido más amplio, la obra se propone pensar el encuentro con el Otro y la posibilidad del diálogo.
De hecho la pieza es de manera explícita una apología de la charla, del parlamentarismo en su mejor tradición burguesa, esa tradición que Carl Schmitt burlaba denominando a la burguesía la clasa discutidora, apropiándose de una denominación acuñada por Donoso Cortés. Según esta teoría autodenominada decisionismo político, que contribuyó a otorgar un fundamento teórico-filosófico a la Alemania de Hitler, el moderno liberalismo burgués tendría una actitud de evasión respecto de llegar a una instancia decisoria. En lugar de tomar una decisión, e incluso respecto de la batalla entre las fuerzas del bien y las del mal, la burguesía liberal comenzaría una discusión que acaso podría devenir en una charla interminable. Este desplazamiento de la arena política al ámbito de la discusión en la prensa, en el arte, en el parlamento, es aquello que Schmitt condenó como la decadencia de los tiempos modernos, y es aquello que la obra con gran sabiduría intenta retratar, rescatar, y proponer como la via regia para el entendimiento de los pueblos –una idea también presente en la gran novela argentina que cierra el segundo milenio, Inglaterra. Una fábula, de Leopoldo Brizuela.
Con enorme sofisticación de técnicas y un virtuosismo infinito, de una manera constantemente entretenida e intensa, la obra logra transmitir una idea sencillísima y hacernos reflexionar al respecto. Como si esta idea del diálogo fuera el pilar fundacional de un nuevo sistema de entendimiento político, un nuevo cogito cartesiano para la fundación de un sistema de ideas políticas.
Como ya he dicho, la obra es excelente en su concepción y en su realización, y conjuga altísimas dosis de belleza, inteligencia, ingenio, virtuosismo técnico, entretenimiento y profunda reflexión. Un solo punto, una mínima objeción, una única quinta pata al gato cabría encontrarle, si uno tuviese muchas ganas de buscar. Me refiero al contraste entre el único actor –que nos recuerda a los tiempos remotos de Esquilo, antes de la revolucionaria innovación que incorporó al segundo actor–, y la propuesta del parlamentarismo como modo privilegiado de la comunicación. Queda, entonces, la pregunta de si una obra tan excelente, con una propuesta tan sugestiva no peca sin embargo de un personalismo más propio de la defensa de un fornido, casi omnipotente Poder Ejecutivo que del parlamentarismo, así como también de una concepción demasiado romántica, genial y personalista del artista, que atenta quizá contra la idea de diálogo y entendimiento. En relación con este tema, en la charla con los periodistas que siguió a la obra, Francisco Sánchez destacó el carácter dialogal de la obra, a partir de una votación que tiene lugar durante el espectáculo y en que se pide al público que levante la mano para pronunciarse respecto del conflicto de las tierras, y si estas deben ser devueltas o no a los indígenas. Podemos cederle la derecha en este punto al magnífico prestidigitador, y destacar también el diálogo que se establece entre las técnicas y las artes –y que de seguro se encontró, asimismo, en el surgimiento y desarrollo de la pieza, entre el director Andrés del Bosque, la diseñadora Gabriela González y el dramaturgo e intérprete Francisco Sánchez–. Para una obra que es una apología tan vigorosa del parlamentarismo, nos sigue faltando el contrapunto del segundo actor, al menos una voz diferente que quiebre el discurso monolítico, fascinante, hipnótico del artista genial.
Como indicamos el festival internacional Invierno en escena ha debutado de un modo maravilloso. Esta es la primera edición, si bien su director Ruben Monreal es uno de los referentes asentados del teatro independiente, uno de los imprescindibles en La Plata. En esta primera presentación, el festival contará, además, con otra compañía chilena –Ñeque Teatral, con la obra Ningún pájaro canta por cantary una compañía de Portugal –Do Chapito, que presentará versiones de las tragedias Edipo y Electra–, además naturalmente de la presencia de la compañía Tryo Teatro Banda y su excelente Parlamento, que ya tuvo lugar (los días 1, 2 y 3 de julio). Tanto Ñeque Teatral como Do Chapito son compañías que se caracterizan por llevar a cabo formas innovadoras, experimentales del teatro y la puesta en escena.
Uno de los puntos que destaca Monreal en la selección de las obras es la calidad artística de los grupos y su calidad de artistas itinerantes. Podemos suscribir y subrayar su opinión en lo que refiere a Tryo Teatro Banda y esperar que la veracidad del director del festival sea idéntica en las representaciones que quedan todavía por realizarse este año, Ningún pájaro canta por cantar (29 al 31 de julio), de la compañía Ñeque Teatral, y Edipo (jueves 1 y viernes 2 de septiembre) y Electra (sábado 3 de septiembre), de la compañía Do Chapito. Las otras se llevan a cabo en la Sala 420, un espacio teatral ya clásico en La Plata, cuya existencia data de 1988.

Parlamento
Dirección: Andrés del Bosque
Dramaturgia e intérprete: Francisco Sánchez
Asistente de dirección: José Araya
Diseño integral: Gabriela González
Sonido: Julio Gennari
Iluminación: José Tomás Urra
Producción: Carolina González
Asistente de producción: Ignacia Goycoolea 

jueves, 14 de julio de 2016

“La poesía de Marcos Silber, un arca interminable”, por María Casiraghi

Desembarcos, de Marcos Silber. Buenos Aires, Ediciones El Mono Armado, 2015, 117 páginas.


Ya en la solapa se ve. El autor: un niño. La imagen, blanquinegra, pantalón cortito, gran moño negro con lunares blancos (casi más grande que su cara), piel clara, ojos vivos, peinado a la gomina. Con las manos en los bolsillos, mira, intuitivo, a sus lectores. Ese niño es Marcos Silber, y será una voz fundamental de la poesía contemporánea argentina.
Aún si el libro se divide en tres partes (Cercanías, Desembarcos, Identidades), la palabra clave es la que le da título, porque en los 84 poemas que lo integran hay un gran despliegue de personajes, de mundos, de historias, que de una u otra manera han bajado o están bajando de un barco, que es el cuerpo, la observación, la memoria y el pasado del poeta, pero también su imaginación.
Los primeros en descender son los “Pibitos”(13), llegaron hace millones de años,  y desde entonces construyen y reconstruyen el mundo y sus etapas, el día y sus rutinarios instantes. El barco es aquí anterior al arca, anterior al hombre.  En el poema “Lluvias”(17), reaparece el diluvio. Todo remite a un origen común, esa lluvia de primera y última vez, esos sueños que no fueron y los oficios que no se realizaron. Así como un “hombre solo” mira el cuadro donde hay un hombre solo, el poeta mira el mundo donde hay un poeta solo.
Y esta soledad parece ser hereditaria. En “Tres a la mesa”(20), lo cíclico se manifiesta en los relatos orales, anécdotas que se pasan de generación en generación; como si narrar historias fuera un antídoto para salvarse de la soledad y el olvido. A los tres: anciano, padre y niño, el tiempo los acecha, hasta que quedará uno solo para contar.
Desembarcan las personas, pero también los sentires, todos se reúnen y “se ven uno”; el “hombrecito de oficina” (27), la mujer de botas, Frida Kahlo, el abuelo Marcos, un anónimo suicida Sr. José, entre muchos otros sujetos que componen la escena de esta larga obra de teatro que es la vida del poeta, y la vida de su país. Sin embargo, el drama no se limita a lo humano, hay variados poemas sobre la condición de los objetos; así, el destino de los desembarcados es igual al de las cosas; todos, tarde o temprano, deberán “ceder su asiento”.
La cuestión del tiempo es central en el libro, así como la del encierro cotidiano. Hay poemas brillantes como “En la mira”(32); una mira fotográfica recorre las vidas de los veintiséis pisos del edificio; cómplices,  la mira y el observador guardan el secreto de lo que atestiguaron, o “Crucifixión doméstica”(34), cuyo verso  “quien martilla los clavos del domicilio definitivo martilla su ataúd” es un poema en sí mismo.
El humor es una pieza esencial en la poesía de Silber, que ironiza y satiriza lo trágico con una sutilidad y un manejo del lenguaje sorprendentes.  En “Mudanza”(37), un muerto vuelve a la vida para vengar por ejemplo “al aprendiz de canto azotador de mis siestas”. Con un inconfundible estilo y voz propia, musical, tanguero, inteligente, quién si no Marcos Silber escribiría el poema “Deditos”(40) encarnándose en una  manicura de 56 años que ejecuta sus dedos para sacarse de encima sus recuerdos “verdugos”.
 El libro está sembrado de sustantivos porque todo es posible de ser sustantivado. Esto es una constante en  la poética de Silber; otros títulos suyos, Bajo Continuo, Cabeza Tronco  Extremidades, Visitas guiadas, carecen de artículos; las cosas, los astros, son referidos como nombres propios, incluso los sentimientos. Así le da a todo lo existente carácter de sujeto, nadie es pasivo, nadie es víctima, todo es sujeto que sueña, que espía, que olvida, que nace y agoniza.
Para Silber, parecería no importar qué significado tiene ese barco del cual todos descendimos, si es el arca primitiva, si es aquel que trajo la inmigración a la Argentina, el que hizo el “país mío” del poeta. Porque el país de Silber es el mundo. La existencia, lo vivido, responde a un libreto teatral, como lo expresa en “Corte y convicción” (99) que el poeta va siguiendo, armando, desarmando, diseminando. En su libreto personal, el abuelo Marcos es quizás el personaje más importante, porque los desembarcados no son los vivos solamente, también los muertos,  como en “Tren fantasma bar”(85) y “Secretos de alcoba”(87) y en medio de este oleaje de presencias, está la suya, la del yo poético y la del yo carnal, que hacia el final confiesa osadamente “me hice pis”, sin ocultarse a sí mismo lo inminente; que tiene miedo, porque sabe que  pronto en la mesa serán dos, y no tres.
Silber escribe en la solapa: “y no dejo de escribir, para no dejar de vivir”. Por eso, no es ingenuo el hecho de que Desembarcos, sospechada por él como su última obra, incluya el poema “levitaciones” que dará nombre a otro libro recientemente editado, regalo que nadie esperaba. Es que Marcos Silber tiene el don de reírse en la cara de “la propietaria del tiempo”, tecleando incesante su nuevo boleto; en viaje sigue, en blanco y negro vuelve a meter en sus bolsillos sus manos de niño, y nos guiña el ojo.

jueves, 7 de julio de 2016

“La ferocidad de Saxrani”, por Francisco Pazzarelli


 Catre de Fierro, de Alison Spedding. La Paz, Plural, 2015, 450 págs.  


1. En buena parte de los Andes, kuchus son ofrendas no sangrientas de seres vivos –llamas, por ejemplo–, que son estrangulados, ahogados o enterrados vivos para terminar con alguna mala racha de accidentes –en las minas, en las rutas– o para iniciar alguna construcción. En obras de gran envergadura, como edificios o puentes, los seres humanos son las presas preferidas, que se entierran vivas –generalmente, alcoholizadas– para que carguen con el peso de los predios sobre sus espaldas. Cualquiera que haya hecho etnografía o algún tipo de trabajo de campo en los Andes sabe dos cosas: primero, que las historias de kuchus humanos son del tiempo de antes; segundo, que el tiempo de antes no está muy lejos del nuestro. Podríamos agregar una tercera y es aquella que refiere a cierta precaución –digamos, metodológica– de no desconfiar de lo que se escucha en campo y aceptar todas las verdades como lo que son. Así, los kuchus son del tiempo de antes pero también de éste y están por todos lados sin estarlo[1]. A las dudas se las lleva el viento o se las guarda bajo tierra, poniendo cara de resignación como la de aquellos ingenieros, nacidos en catre de fierro, que aunque se esfuerzan por vestirse de modernidad terminan por ceder ante los consejos de un layqa[2] y pagan lo necesario para que algún malnacido en catre de palo les agencie un kuchu –o se transforme él mismo en uno. Y así hacen su bendito edificio sin problemas.

2. La última novela de Spedding consigue que el mundo de los kuchus –y de otras prácticas, como el culto a los cráneos humanos o t’uxllus– habiten sus párrafos, sin nunca dejar de resonar con lo que pasa o podría pasar fuera de sus páginas. Catre de Fierro describe los devenires de la Bolivia pos-revolución del ´52 mediante otra descripción, la de una saga familiar de venganza que inicia en el poblado de Saxrani, que a su vez sirve para describir los diferentes mundos de la política, con kuchus, t’uxllus, sindicatos y devociones católicas incluidas. Saxrani es un punto en el mapa, marcado con sangre, que estaba condenado desde antes de la Revolución Nacional. Cuentan que nació maldito, habitado por un saxra[3] perverso que estira sus brazos entre las sierras de la provincia de Inquisivi. Saxrani se reproduce y escupe hijos, pero no los suelta: algunos retornan resignados y otros son obligados a volver para ser bien aplastados contra el suelo del que nunca deberían haberse despegado. Por más de cinco décadas y 400 páginas, es esta intensidad la que cargan en la espalda los vástagos de Saxrani, suerte de personajes-kuchus de este libro. Son los patrones que ahora quieren ser políticos, que se codean con la burguesía moderna y humanista –a la que sin embargo, le encanta ‘jugar’ a los hacendados– y contratan los servicios de un layqa para prosperar y ascender socialmente. Son los indios –los nuevos ‘campesinos’, luego del ‘52–, que abandonan el campo y se van para la ciudad, se sirven del mismo layqa para hacer crecer el negocio, pues han devenido en comerciantes exitosos y no dudan en hacer una platita con la coca pisada. Es esa misma coca que aprenden a aspirar junto con los hijos de sus expatrones, que ni siquiera saben bien de qué se trató eso del ’52 porque en definitiva las cosas no han cambiado para muchos. Finalmente, todos los catres apoyan sobre el mismo piso de mierda; es sólo que algunos se hunden más que otros.

3. Spedding es dueña de un procedimiento que revela, desde hace tiempo[4], su oficio de escritora en continuidad con el de etnógrafa. Se trata de lo que podríamos llamar una descripción feroz, ubicada entre un conocimiento denso y pormenorizado de las cosas y relaciones que le interesan, un acercamiento profundo a los diferentes puntos de vista en juego y el manejo de distintos nudos argumentales que cuajan personajes que destilan verosimilitud, incluso en los pasajes más inverosímiles. Su escritura, además, viene siempre acompañada de un proceso de cauterización que evita la supura de cualquier romanticismo ingenuo. No hay paños rosas ni bucolismos sobre la vida indígena y campesina; su descripción no evade ni el horror, ni el terror, ni se apoya en dicotomías estereotipadas del tipo rural-urbano o moderno-indígena. Pero tampoco hay mezclas simples: las cosas no se funden más o menos bien con otras, como en esos sincretismos sociológicos a los que todavía quieren acostumbrarnos. Por el contrario, su libro (¿toda su obra?) no cesa de sugerir que las relaciones en juego son parte de una gran composición, con conexiones parciales, asimétricas y siempre cambiantes entre sus partes. Spedding juega con los contextos, haciendo que unos describan a otros, cosiéndolos de tal modo que la luz no pase entre ellos y dejando, en cambio, la costura para ser admirada. ¿Acaso sería posible separar a los saxras, de la venganza o de la Revolución Nacional? Catre de Fierro, emparentado con las mejores etnografías sobre los Andes, nos enseña que esas preguntas son fútiles. La historia humana que se gesta aquí está recorrida por fuerzas que no le son propias; variaciones de aquello que algunos nominan hoy “cosmopolíticas”.

4. Es en su procedimiento, entonces, que la escritura de Spedding gana relevancia para todos los que intentamos escribir y describir algo, pues articula la ferocidad de lo ‘real’ con la descripción de lo ‘imposible’ y permite así que la ‘ficción’ emerja. Un tipo particular de ficción que logra llevar a serio y describir –en el sentido fuerte de la palabra– todo aquello que la mayoría de los análisis dejarían en los márgenes, como notas de color. Para decirlo de otro modo, es en esa articulación donde su escritura tiene “efecto” (parafraseando a Marilyn Strathern): sin dejar de reclamar “ficción”, las páginas de Catre de Fierro son extremadamente “persuasivas” respecto de lo que narran –una venganza familiar– y de lo que pueden ayudar a narrar mejor –los devenires pos ‘52. En este sentido, la novela no habla ‘sobre’ los indios y la Revolución, ni intenta ‘representar’ los años de la coca; se preocupa más bien por conectarse con las relaciones que ese campo propone y hablar desde allí, atender a la ferocidad que Saxrani reclama para ser descripto y continuar en la escritura con las fuerzas y las intensidades de una historia que no es (sólo) de antes. Catre de Fierro, así, no es un punto de vista externo sobre las relaciones que describe sino una variación de ellas que se codea seductoramente con la posibilidad de haber sido ‘real’. Una “ficción persuasiva” o descripción feroz que revela en sus efectos la condición sobre la que reposa. Pues no nos engañemos, Saxrani no está escrito en la novela: Saxrani fue enterrado vivo entre sus párrafos y desde allí muestra sus entrañas.






[1] En una entrevista concedida por Spedding, ella responde sobre la práctica de los kuchus de la siguiente manera: “Siempre he escuchado historias, como la de que un trabajador del Servicio de Caminos desapareció y su familia acusó a empresarios de que lo enterraron en los cimientos de un puente en la carretera a NorYungas; o el caso de una persona del altiplano a la que le habrían enterrado en la Autopista y después apareció su mujer a reclamar. Y dice que en el monoblock de la UMSA [Universidad Mayor de San Andrés -La Paz, Bolivia] son cuatro (los sacrificados), aunque nunca se han aclarado estos casos”.
(http://letrasietebolivia.blogspot.com.ar/2015/03/catre-de-fierro-una-de-kuchus-tragedias.html).
[2] (Aymara) Brujo o bruja que hace maleficios.
[3] (Aymara) Diablo o espíritu maligno de la tierra, que se ocupa de dañar a los desprevenidos.
[4] Manuel y Fortunato. Una picaresca andina (Editorial Aruwiyiri, 1997, La Paz), El viento de la cordillera. Un thriller de los ’80 (Editorial MamaHuaco, 2001, La Paz) y De cuando en cuando, Saturnina. Una historia oral del futuro (Editorial MamaHuaco, 2004. La Paz).