Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

martes, 28 de junio de 2016

"Con todas las preguntas en la boca", por Walter Romero

[Texto leído en la presentación de La muertita o la novela que, de Susana Szwarc (Buenos Aires, Ediciones la mariposa y la iguana, 2016), en Casa Brandon, el día 8 de junio de 2016.]



La novela de Susana Szwarc es una novela sobre la demolición y sobre la muerte cotidiana, pero también sobre lo ascensional, sobre lo posible de nuestros días. Es una novela sobre no malgastar la palabra: no hay ripio, no hay digresión; hay micro detalles, micro narrativas injertadas. Y es una novela sobre una historia que se narra desde el subsuelo, desde un inframundo muy humano, muy mortal diría, desde un punto de vista que, sin embargo, desde esa plataforma baja ve el mundo. Es una novela sobre el anhelo o sobre esos anhelos quebrados, como el título que queda trunco, que no acaba o clausura el sintagma y abre así una posibilidad infinita.
¿Qué texto es La muertita?
¿Una falsa novela policial? Acaso se le escabulleron o se le escaparon algunos elementos: hay un cadáver, hay dos detectives, hay sangre pero falta el armazón; por eso es una novela con lo que queda, lo que resta: esqueletos de una forma, o novela que trabaja con las formas, pero sin llenarlas ni rellenarlas y que duda de que la palabra complete. Eso es mejor que el lector lo termine o cierre.
¿Una novela china? Tiene varios indicios, y hasta las unidades de peligro y de salvación parecen venir de ese exotismo cercano, de esa orientalidad doméstica que atraviesa Buenos Aires; en eso es una novela de las antípodas del acá nomas: la muertita puede vivir en un sótano cualquiera de Buenos Aires frente a un lavadero chino. Pero no habilita demasiado la “narración china”, es deceptiva una vez más; pienso en la mafia china, en la posibilidad de esa narración paralela, y me la deja en suspenso. La muertita es una novela sobre las formas narrativas aleladas, vaciadas de sobrecontenido; Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son, a su vez, la fantasmática siempre presente de la muerte –o del suicido– de esas mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la conocemos. Las “cuelga” para mostrarnos –o ponernos en la cara–  el hastío de lo sobre narrado de nuestra era, de lo sobre escrito, por eso se expresa en coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más sutura, une, enlaza.
¿Un cuento de hadas negro? En la tradición kafkiana, es decir, en la tradición del coleóptero checo de La metamorfosis. Gregor Samsa es el antecesor de la muertita como personaje del anonadamiento, que nada tiene que ver con el ratón de ojos inteligentes, pero cuidado que en el texto hay cobradores de expensas, hay detectives, formas ominosas del conte de fées negro como los tres hombres barbudos kafkianos. Y no hay una hermana que toque el violín, pero hay un canto que desea salir de ese estado de dominación a la que la muertita está confinado y su canto –como si cantar “fuera buscar la arena de los vidrios”– se enlaza con el libertario deseo de ese otro personaje femenino María Marina, nacida en Villaguay y que canta tangos como Azucena Maizani. O también puede ser la versión oscura de la cenicienta urbana, tullidita, hecha de costuras (como un personaje de Tim Burton) con esa remera que se pone al revés y que pone de manifiesto las junturas, como cuando, sin darse cuenta, la muertita “se dio cuenta que había traído el zapato”: hay algo de ese humor negro y oscuro, ominoso, en la relectura ya sea de Kafka o de los cuentos tradicionales intervenidos, que me remite a dos textos con los cuales esta novela entra en franca sintonía:
·        La amortajada de la inmensa chilena María Luisa Bombal, la liviana de toda pena, la Ana María que narra su devenir surreal y mortuorio.
·        Y, en clave de humor negro, El caso de la mujer asesinadita del español Miguel Mihura, donde la dramaturgia onírica cruza los indios sioux (que para mí son los chinos de esta novela) con un caso de muerte, pero que con delicadeza y dulzura hace del diminutivo (asesinadita/muertita) todo un símbolo.
La muertita es la novela de un desmoronamiento, de lo que no concluye o se va desarmando ante nuestros ojos, como si viéramos descascararse una pared, como si viéramos el desconcharse de una silla, como si viéramos el despellejamiento en vivo de un libro, como si fuera un animal viviente. Y esa humanidad mortal y hecha de costuras encarna en la muertita, que se lastima y sangra. O que está ultra viva en las amplificaciones sonoras de una novela que agranda en ecos con tonos beckettianos el descascaramiento del lenguaje, de la frase, del sintagma que se rompe y se astilla.
Pero uno de los dones de este texto, una de sus ternuras –que tiene muchas y que me recuerdan a las ternuras que en pocos encuentros pude conocer de Szwarc persona, ya no la poeta o la mujer de letras nacida en el sonoro Quitilipi chaqueño– es lo inmotivado de las acciones, porque ahí también opera un arte de la fuga, un arte donde la voluntad una vez más queda vaciada de poder y las acciones ocurren como el arte ocurre: acaso por el maravilloso y gratuito “porque si…”.
Novela neoexistencial, diré para ponerle nombre o meter este texto raro en las taxonomías caras al profesor de literatura que soy. “Todos somos la muertita”, todos somos un poco este personaje funambulesco, hecho de puros estados, hecho de la preferencia por los “sótanos”, atravesado por el anonadamiento en el que a veces tenemos que tocar la ceja para saber que hay un cuerpo, personaje que “parece” vertical pero que se nos presenta como en el yacer de las mínimas muertes de todos los días. Un momento crucial de este relato me hizo detenerme y levantar la cabeza (de manera barthesiana), con un puntual pretérito perfecto simple la muertita dice: morí. Y lo dice como quien se suicida en un estornudo o como quien lo deja a uno –como esta novela de Szwarc– felizmente, con todas las preguntas en la boca.

Susana Swarc, junto a Walter Romero y Liliana Heer.
Susana Swarc en Casa Brandon, celebrando
la publicación de su nuevo libro.


miércoles, 15 de junio de 2016

“Un poeta nómade”, por Ivonne Bordelois


[Texto leído en la presentación de la antología poética Era el único planeta que cantaba, de Leopoldo Castilla (Madrid, Visor Libros, 2016), el miércoles 8 de junio, en la Casa de la Provincia de Salta en Buenos Aires, a las 19 hs.]



¿Quién es Leopoldo Castilla, el Teuco? Alguien que interroga el mundo y desde ese asombro construye un lenguaje que tiene la forma de una pregunta desplegada, espiralándose en sí misma, desembocando en más y más preguntas. Una pregunta abierta, inacabable: es como si Leopoldo Castilla precisara la lectura de todos los paisajes de todas las comarcas de la tierra para comprenderse y saberse a sí mismo,  y por eso su búsqueda se vuelve insaciable, interminable.  Pero hay una brújula: “Para cruzar el infinito / hace falta una infancia”.
Y de esa mirada inocente, de esa exploración infatigable, surgen animales emblemáticos, como el loro, esa “flor sacrílega” que habla; aparecen ciudades que son vastos cementerios –“mis hijos corren entre las tumbas/ del patio de mi casa”. Y ocurren muertes tan sobrecogedoras y harapientas como las de  “Nunca”: “su deseo toca los desalmados / cabellos/ de su mujer dormida”. En los primeros libros se instala una visión incisiva de un mundo al alcance de la mano; pero desde Baiano empieza a tomar vuelo una visión poderosa que nos va llevando a Bangkok, al Taj Mahal (“esa luna que un hombre arrancó a la noche”) o a Benares. Y luego viajamos por Egipto, en Bambú nos encontramos con Laos, y con Cuba en El Amanecido, mientras Manada es el caminar de la especie por las sendas misteriosas de la evolución. Y se siguen los libros con nombres enigmáticos: Coirón, Durián, Guarán, Ngorongoro, trazando países y continentes que conocemos pero que se transfiguran en una geografía inesperada. El planeta que describe Leopoldo Castilla es territorio enemigo de todo afán de tarjeta postal: es enorme, desamparado, deslumbrante,  indescifrable, todo a la vez. Produce terror y admiración, éxtasis y  rechazo, pavor y amistad, y nos deja  iluminados y transformados al mismo tiempo.
Pero también se infiltra la historia en los intersticios de este despliegue cósmico: una historia sin héroes ni patriotismos, sin utopías ni retóricos compromisos sociales, una historia desnuda y a veces aterradora, que se atreve a la pobreza más pobre, a la intemperie más descampada, al desconsuelo de los más ignorados, de los más abandonados. Al impronunciable terror de Auschwitz   “en esta mancha del jergón de paja/ se disolvió el niño/ al mamar la tiniebla de su madre”.
El pincel de Leopoldo Castilla no es ni quiere ser épico; no asume la talla  celebratoria de Neruda, ni prosigue el sabio y persuasivo lirismo terrenal de su padre, el gran poeta Manuel Castilla. Es únicamente suyo: un gigantesco ademán estrictamente contemporáneo que inquiere, a través de los viajes, las guerras, la biología, la física y la metafísica de nuestros días, el nuevo rostro del mundo que vendrá. Está solo en su dimensión de vigía del futuro; ajeno a toda moda, a todo amaneramiento, a toda imitación, está solo en su música diferente, como redoble de tambores inmensos en un horizonte que se esconde.
No es un azar, por lo tanto,  el que su figura sea más reconocida en el extranjero que en su propia casa, porque de algún modo se ha consagrado como extranjero radical, desde una mirada insobornablemente distinta. A pesar de su no renegada pertenencia a su Salta natal, a pesar de su acento inconfundiblemente sudamericano, Leopoldo Castilla es hombre del Universo, peregrino de  una indecible aventura de absoluto. No se le reconocen influencias, no se le descubren escapatorias; los premios merecidamente cosechados no lo han convertido en monigote mediático ni en árbitro supremo entre los frívolos. Ir escalando su antología es avistar un panorama de esperanza en la tan desdichada poesía de nuestro tiempo, tan enredada  en cálculos mercantiles y en falsos prestigios prefabricados.  Hay una ráfaga de pureza y  novedad inconfundible que nos viene de estos versos, como si una aurora austral nos devolviera la confianza en la palabra. La poesía no puede salvar al mundo, pero puede acompañarlo en su destino más profundo y más alto. Y ésa es, precisamente,  la virtud que resplandece en la obra insoslayable del Leopoldo Castilla.

Leopoldo "Teuco" Castilla junto a Ivonne Bordelois.


lunes, 6 de junio de 2016

“El amor antes del amor”, por Hache Pavón

Las citas de Sebastián Hernaiz. Buenos Aires, 17 grises, 2016, 138 páginas.

Anverso: deseo y frustración. Reverso: frustración y deseo. En Las citas de Sebastián Hernaiz la mano viene cambiada. O, para insistir con la imagen, en lugar de leer la palma de la mano debemos leer el dorso. Se trata, en rigor, de una inversión del orden temporal, de una lectura anticipada o de un presentimiento. Un hombre tiene un deseo, sabe que se va a frustrar pero sigue adelante. Entonces, si lo miramos bien, en el primer momento concibe la frustración y en el segundo, el deseo. O debiéramos decir que desea la frustración.
El suceder de la novela (Hernaiz en la tradición de Puig “pulveriza” el narrador) sugiere que  la actitud de todo seductor debería ser la actitud de todo biógrafo. Bruno, el biógrafo de Johnny Carter en “El Perseguidor”, refiriéndose a ciertos cuestionamientos del saxofonista, la define de este modo: “En el fondo lo único que ha dicho es que nadie sabe nada de nadie, y no es una novedad. Todo biógrafo da eso por supuesto y sigue adelante, qué diablos”[i]. Se trata, entonces, de dar la frustración por supuesta y seguir adelante. De suspenderla, como se suspende la incredulidad frente a lo fantástico, mientras dura la seducción (mientras dura un chat). Como si compartieran la misma naturaleza, la seducción y lo fantástico aparecen unidos por la suspensión de la incredulidad (por la puesta entre paréntesis de la frustración).
Sebastián H., protagonista de una novela de nativos digitales, abre tres diálogos en Facebook (tres chats), con Luciana, con Mariela y con Belén. El motivo: “abrumadoramente óptico”, una versión Puán y 2.0 del “amor a primera vista”. El seductor “ve” las fotos de sus presas en Face y se lanza, sin aviso previo, a la cacería. El detalle, conviene retenerlo, es que estamos frente a un seductor con un compromiso de pareja, digamos, tradicional (Sebastián H. tiene novia), él lo sabe, el lector lo sabe y antes de que el amor sea amor lo sabrán sus presas. Entonces, sin lugar a la sorpresa, sobreviene la frustración. No es el suspenso lo que sostiene la lectura. No esperamos que el encuentro amoroso se consume. La novela, los tres chats se sostienen en “la previa”, en los juegos de la seducción que son los juegos del lenguaje de esos estudiantes de letras. El seductor y las seducidas intercambian roles y citan teorías, autores y hasta declinaciones latinas. En la previa de las citas está todo.     
De las dos caras de la mano, el dorso es la que mejor muestra sus accidentes: el paso del tiempo, las articulaciones, los metacarpos (como hilos de marioneta), etc. La palma en cambio resulta más confortable. En cualquier palma, por delgada que sea la mano, hay algo de almohada. Hernaiz abandona esa zona confortable, de adormecimiento, y nos da a leer el dorso. Nos enfrenta con la frustración. Están las frustraciones y están los deseos. Están los chats y está la literatura. Hernaiz, como Sebastián H., sigue adelante.



[i] Cortázar, Julio. “El Perseguidor”. Madrid, Alianza, 1996, p. 86.