Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

miércoles, 25 de noviembre de 2015

“El impenetrable: la injuria”, por Juan Ritvo

[Texto leído en la presentación de Chaco, de Marcos Apolo Benítez (Buenos Aires, Santiago Arcos, 2015), en El Diablillo Bar, ciudad de Rosario, el 13 de noviembre de 2015 a las 20 hs.]




Leonardo Sciascia quería que Sicilia fuera una metáfora del mundo, no porque confundiera a aquélla con este, sino porque hallaba que ciertos rasgos sicilianos –el cansancio, el escepticismo, y la propia convicción de que el diablo prefería dejarlo todo en mano de los hombres, más eficaces que él– eran una hipérbole de la existencia.
Del mismo modo, esta novela de Benítez (llamémosla así, aunque luego algo diré sobre el género…), afincada en la realidad del Chaco, es una alegoría de la existencia, pero que aprovecha hasta la saciedad, la materia y el odio chaqueños para darles una forma signada por la desesperación. Cito:

El mundo corre peligro. Consiste en la expansión de la mentalidad chaqueña por todo el planeta. Si eso llegara a consumarse, la realidad se habrá apagado irremediablemente dando lugar al hastío de un delirio sin fin. ¿Cuál realidad? La de la imaginación, única soportable. Y “El desierto crece” habrá sido la consecuencia directa de la espina chaqueña.

Podría evocar la historia que narra al comienzo de escrito, allá en ese pueblo denominado Juan José Castelli (involuntaria ironía de la historia, que gente quizá no muy compenetrada con la cultura política argentina, haya llamado al poblado con el nombre de este prócer, epítome de ideales americanistas y hasta jacobinos): huida del hogar, vuelta a la fuerza a él, y palizas violentas de los padres. Pero el libro no pertenece a la picaresca: su violencia quizá esté emparentada con los ritmos y procedimientos de su generación, que no conozco o conozco muy mal, pero con seguridad tiene un antecedente en la violencia  de los escritos políticos de Sarmiento –todos lo son– y en el Lugones de La guerra gaucha. Al cual podría agregar el título de la obra de teatro inacabada de Arlt y que me  gusta a menudo citar: “El desierto entra en la ciudad”.
Alguien con sentido común podría decir que este texto –cuya retórica está animada por la hipérbole, una hipérbole de segundo grado, diría, que no exagera, no incrementa, no dilata la realidad,  sino que lo hace con los procedimientos literarios destinados a describirla–
ha acentuado y caricaturizado unilateralmente ciertos aspectos de la realidad que (algo que el ciudadano del sentido común viene a  ponderar) indudablemente existen.
Podríamos contestar: unilateral con respecto a la realidad, para ser omnilateral con respecto a lo real designado desde el título: El impenetrabble.

Juan Ritvo, Marcos Apolo Benítez y Miguel Villafañe en la presentación de Chaco.

Desde luego: El Impenetrable es el nombre oficial del bosque chaqueño, arborescente, tupido, duro, frondoso, hostil como las espinas del cactus, donde todo es barro, maraña, calor insoportable, amenazante, pero más por la violencia del hombre con el hombre, que por los peligros selváticos: la continua deforestación mata animales, impide los cultivos, arrambla los sistemas ecológicos y, por supuesto, va destruyendo a los pueblos originarios del lugar. Allí la naturaleza florece y se expande sin tasa, del mismo modo que todo burbujea y se pudre incesantemente, mientras deja la estela de restos tan secos como el desierto africano. Las metáforas de la putrefacción y de la violencia pueblan el texto.
Pero la figura que domina e incluso subordina así a otras es la de la injuria.
Se sabe que Borges escribió una nota sobre la injuria en su Historia de la eternidad, a la que tituló “Arte de injuriar”. No se trata de la injuria, sino del acto de injuriar y del arte que pone en juego, id est, el artificio que conlleva.
Borges esboza las líneas de una teoría, que no desarrolla. El injuriante –dice– se comporta como un tahur que conoce las ficciones de la baraja.
Ficción; es decir, convención. Borges, para amplificar la metáfora del tahur, dice que tres reyes mandan en el póker mientras nada significan en el truco.
Ahora bien, el juego de barajas que despliega Benítez, está al margen de los divertidos e incluso hilarantes ejemplos borgianos. En tales ejemplos, el injuriante afirma su superioridad moral y fundamentalmente estética sobre el injuriado, reducido a un objeto torpe que hay que rechazar. Benítez, como todo escritor, sin duda hace trampas; al injuriar no a colegas o personajes de la cultura sino a toda una especie zoológica esperpéntica y por lo tanto irreal, pero de una irrealidad que, valga el juego de palabras, revela condiciones precisas de lo que convenimos en llamar con una palabra quizá insuficiente, “real”, cumple con dos objetivos. En primer término, si “Chaco” es la extinción de los poderes de la imaginación  (¿qué es la imaginación, sino la capacidad de ponerse en movimiento más allá de las fijaciones pertinaces de la cultura?)  injuriarlo es convertir su extrema fealdad en un principio de creación  imaginaria, así como Thomas Bernhard, en su execración de Austria, inventa una de las escrituras más alucinantes de la literatura contemporánea.
En segundo lugar, queda librado de toda tentación por respetar las leyes de la verosimilitud de la ensayística y la narrativa realista, que lo constreñirían a un aburrido ejercicio de matizaciones, diferenciaciones y otros sentimentalismos varios.
Así, por ejemplo, en el siguiente párrafo, leemos:

¿Alguna vez tuvo el infortunio de cruzarse con alguno de ellos? ¡Dios no lo permita! Mucha gente es incapaz de concebir a un chaqueño. La mayoría se sorprende cuando uno
confiesa pertenecer a ese espécimen. Todos quedan atónitos, desconcertados, absortos. Como si pensaran: ¿pero cómo, hablan éstos, son bípedos, andan vestidos, saben leer? Pero se callan por respeto, porque un halo de victimización viste al chaqueño. ¡Pobrecitos, esos desgraciados, brutos, norteños, montaraces, analfabetos, malnutridos, oleosos, carnívoros, piojosos, sidosos, cariados, chagásicos!

Aquí imita los estilemas clásicos de la literatura xenófoba; claro que aquí todo es tan excesivo que la segregación racial queda desnudada en su mecanismo fundamental: hay que odiar al otro y expulsarlo para vivir con grave riesgo de expulsar, con el enemigo, nuestra propia vida. Pero me interesa subrayar, muy especialmente (en este como en otros párrafos de la obra) el modo de acumular términos para la descalificación: insultos pegajosos y horribles como “piojosos y sidosos” se reunen con otros que provienen como “montaraz” de un estrato culto. Es un modo rotundo de contribuir a la escatología, en la cual en la más profunda y estúpida banalidad sobrenadan restos de una cultura lingüística ajena por completo a su objeto.
La novela, en uno de sus rasgos más notorios, encarna la escatología. Si lo escatológico – que es el último y más rico grado de la hipérbole– reúne la mierda y las cosas últimas.
Es la dimensión teológica de la mierda, que ha quedado afirmada plenamente en un capítulo adicional que por razones de edición no fue incorporado al texto y que tituló, de manera elocuente, “Retretes chaqueños”. Es la mierda o retenida o expulsada o, mejor, la mierda que se retiene hasta reventar, pero cuyo expresión literaria reclama la convención para infringirla, de modo tal que ya no se trata de una mera evacuación o, para decirlo en términos más elegantes, ya no se trata de abreacción.
En la sección “Sobrevivir a los campos chaqueños”, la frase inicial dice: “A veces sueño que sigo en Chaco. Horrorosas pesadillas de las que no me puedo liberar. Golpes, estrépitos, dolor, fantasmas... Sensación de embrujo que me posee y de la que por medio de gritos trancados intento –en vano– despertar.” La primera frase parece introducir la primera persona en una reflexión autobiográfica. Y sin embargo, veamos:

Ahora bien, lo chaqueño, ese rasgo acuciante y oculto, esa maleza macheteada y vengativa, ese monte demente de yuyo cruel y ese desierto fantasma… duerme su siesta temblorosa en el reverso de la percepción. Revés que es la entrada a una pesadilla interminable donde uno deja de imaginar para comenzar a alucinar. Y Chaco es el espectro insistente de los alucinados. La tala de la imaginación.

La autobiografía –género que de existir, cosa que dudo, obliga al autor a esforzarse por mantener un hilo narrativo lineal y creíble, desde el momento de que tiene que convencer a su lector de que escritor y personaje protagónico son el mismo– destruye la narración  en su perentoria vocación de narrar.
Benítez tiene, más bien, una voluntad de usar el lenguaje como un arma de irritación y de violencia sobre los cuerpos, advertible en esa calificación del grito, no dice “grito obstruido” o algo semejante, sino “grito trancado”. La tranca es una estaca o un garrote que atranca, tiene una densidad material que sin duda proviene de la cultura popular.
De otra parte, cuando sostiene que lo chaqueño duerme su siesta temblorosa en el reverso de la percepción, revela qué destino tiene lo que objetiva: la destrucción que sublima su objeto. Así las descripciones más bien irradian una voluptuosidad injuriosa, y los momentos narrativos son interrumpidos por consideraciones que en términos convencionales podríamos asimilar al ensayo.
¿Una novela?
Respondo a mi interrogación inaugural, y digo que sí, que es una novela,  ya que (hace rato que lo sabemos) la fascinación que ejerce la novela consiste en que no tiene otra ley que su ausencia de ley. Abarca todos los géneros y ninguno: de ahí su riqueza y su perpetua renovación.
Supongo que esta, la primera novela de Benítez, le ha permitido, luego de lo que supongo son innumerables tanteos, abrir una avenida propia en el terreno de la imaginación.



miércoles, 18 de noviembre de 2015

“El avance del miedo”, por Nicholas Pezzote

Los hombres malos usan sombrero, de Lucas Berruezo. Buenos Aires, Muerde Muertos, 2015, 100 págs.

En mayo de 2015, la editorial Muerde Muertos publicó la novela Los hombres malos usan sombrero de Lucas Berruezo[1], una novela que incursiona en el género de terror. La novela narra la historia de Alejandro, un vendedor de celulares y estudiante de letras de 25 años, cuyo sueño es convertirse en escritor. Pero su esposa, que no parece compartir sus ambiciones ni intereses, desea tener un hijo pronto. Alejandro sabe que un niño le quitaría tiempo para escribir, y además es consciente de que la posición económica de la pareja no está en condiciones de afrontar esa responsabilidad.
La novela logra que el lector quede atrapado en un clima casi costumbrista, donde la irrupción de lo extraño es una amenaza que parece que no va a concretarse. Todo se desarrolla con absoluta normalidad hasta que se produce un hecho crucial: un encuentro entre el protagonista y Carola, una nena de seis años, que llora escondida en el baño de un bar del barrio porteño de Flores. Pero no será hasta después de que Alejandro se convierta finalmente en padre, que este encuentro cobrará un sentido siniestro. Nombrando a su propia hija igual que a aquella niña, Alejandro entrará en un espiral descendente de paranoia, donde distinguir la realidad de su propia imaginación será una tarea imposible, tanto para él como para el lector. Lo siniestro, como dice Sigmund Freud, “es todo lo que estando destinado a permanecer en secreto, en lo oculto, ha salido a la luz”[2].
En el prólogo de la novela, Elsa Drucaroff señala: “Terminé Los hombres malos usan sombrero y me quedé temblando. Pero antes había ingresado serenamente a sus páginas de universo cotidiano, conocido, de conflictos esperables, y había disfrutado que todo de a poco empezara a enrarecerse y con el enrarecimiento naciera, suavemente, el miedo. Un miedo que ya no se fue hasta el instante final de la novela”. 
En aquél encuentro con Carola, la nena del baño, ella le explica a Alejandro que la persiguen los hombres malos. Y la manera de identificarlos es simple: aquellos que usan sombrero, son los hombres malos. Este encuentro enfrenta a Alejandro con una figura enigmática. Jacques Derrida[3] explica que el enigma es “lo que no tiene sentido, no tiene presencia, no tiene legibilidad… Presencia pura como diferencia pura. Su acto debe olvidarse, olvidarse activamente”. Alejandro tiene que tomar la decisión de creer o no en este mundo extraño que se presenta ante él.
Berruezo construye una trama de terror donde reflexiona sobre la paternidad, la vocación, el amor –tan inmenso que puede llevar a la locura– por los hijos y fundamentalmente sobre el bien y el mal. El escritor crea una atmósfera en la cual el lector establece tal empatía con Alejandro, que se siente a su lado en este eminente mal que comienza a rodearlo. Los hombres malos usan sombrero es una novela llena de locura en medio de la vida cotidiana. Por momentos recuerda a Stephen King, dónde lo extraño empieza a convertirse en lo normal, para los personajes y para los lectores.





[1] Lucas Berruezo nació en Buenos Aires en 1982, y es docente y escritor. Prologó las antologías de cuentos fantásticos y de horror Mundos en tinieblas (Galmort, 2008 y 2009) y participó, junto a escritores como Alberto Laiseca, Luis Mey y Liliana Bodoc, en Haikus Bilardo (Muerde Muertos, 2014) de Fernando Figueras y José María Marcos. Sus cuentos y artículos circulan por la web en distintas revistas, como Insomnia y Axxón. Gestiona El Lugar de lo Fantástico, espacio dedicado a la literatura y el cine de terror.
[2] Freud, Sigmund.  Obras completas. Buenos Aires, Amorrortu, 2009.
[3] Derrida, Jacques. La escritura y la diferencia. Barcelona, Anthropos, 1989, p. 339.                                                       

lunes, 2 de noviembre de 2015

“Entre amigos”, por Leticia León

El invierno con mi generación, de Mauro Libertella. Buenos Aires, Literatura Random House, 2015, 128 páginas.


El invierno con mi generación es la segunda novela de Mauro Libertella. La historia es sencilla: un grupo de chicos de la escuela secundaria forja su amistad en tercer año. A partir de ese momento, comparten su pasión por la música, charlas sobre literatura, viajes a la costa, disertaciones filosóficas, paseos por la plaza, los primeros cigarrillos de marihuana, la falta de mujeres, la incertidumbre vocacional. Se trata de una novela de iniciación, los personajes transitan la adolescencia en una Buenos Aires que supura el fin de siglo y que atraviesa la crisis del 2001.
La novela se divide en tres partes. La primera se corresponde con los años del secundario, la segunda, con los de la facultad. En la tercera parte, el protagonista relata qué fue del grupo de amigos luego de estas dos etapas. Excepto la última, la primera y la segunda parte se dividen en capítulos en los que el narrador nos cuenta una serie de anécdotas que nos enternecen, no solo por las características de los personajes —Iván es el “crítico” del grupo, el Negro es el “colgado” y Roiter es variable y extremista— sino porque además observa un pasado lleno de (buenos) momentos, con una mirada teñida por el paso de un tiempo que sabe irrecuperable. La nostalgia es un sentimiento presente en la novela pero que no empalaga porque el narrador tiene un estilo austero. Además, está mechado con un humor irónico muy sutil. Entonces recuerda su primera llamada por “Movicom”, a propósito de un robo, analiza la importancia de grabar compilados en cassetes para los amigos y habla del monstruo de su primera computadora al que le dedicaba pocas horas. “Quizás todas las generaciones vean el pasado así, en cámara lenta y con los colores de los monitores de su infancia”, dice con ojos extrañados.   
El invierno con mi generación dice más de lo que habla. La alusión es un recurso recurrente. El narrador dice más de lo que habla cuando comenta con naturalidad que en los recitales, él y sus amigos tragaban gases lacrimógenos y que las bengalas les quemaban los brazos. Estamos a fines de los 90, Cromañón aún no había estallado. Las experiencias del protagonista dan cuenta de toda una época en la que ciertos usos y costumbres aún no habían cambiado. Las referencias a la moda de ese momento también remiten a un estilo de vida de al menos un determinado sector de la ciudad. Las chicas usaban remeras de Planet Hollywood y del Hard Rock Café de Los Ángeles, de Boston y de Orlando, porque era la época en que Estados Unidos, para la clase media, quedaba a la vuelta de la esquina. Con pocos datos, el narrador contextualiza el momento histórico que atraviesan los personajes. Entonces, no solo nos identificamos con las etapas por las que pasan —la adolescencia y la juventud, con todo lo que eso conlleva: inseguridades, primeras experiencias sexuales, desencuentros amorosos, incertidumbres—, sino que además el narrador nos retrotrae a una época de convertibilidad “bien noventosa: un peso un porro”, nos sitúa en un momento en el que “el país estaba por caerse al piso y romperse en mil pedazos”, nos ubica en un contexto pos crisis 2001, en la que el amigo Iván decide irse a Madrid “porque en Buenos Aires estaba todo un poco estancado […] los trabajos no ofrecían grandes perspectivas. El país era un desastre y siempre parecía ser de noche”. Sin analizar el período, entre las anécdotas del protagonista se cuela una Buenos Aires en ebullición, “hecha de cuatro o cinco lugares que se repetían obsesivamente, como un estribillo”.
Mauro Libertella tiene una prosa despojada que por momentos adopta un tono poético. Y conmueve. Conmueve también su historia: nos identificamos, nos reímos, nos entristecemos, como entre amigos.