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lunes, 28 de septiembre de 2015

“Del nictógrafo a la tiza”, por Felipe Benegas Lynch


Vigilámbulo, de Arturo Carrera, en: Vigilámbulo: poesía reunida. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2014, v. 1, p. 55-126.


En el año 2012 se publicó en Cuba una antología de la poesía de Arturo Carrera que abarcaba textos escritos entre 1972 y 2005. El título que la poeta y compiladora Reina María Rodríguez eligió para la colección de poemas fue Bajo la plumilla de la lengua. Así respondió Carrera cuando le preguntaron en Cuba acerca de ese título:

Fue una sorpresa enorme. Fue un hallazgo poético más de Reina María Rodríguez. Quiero decir, la cita de Lorca, tomada de Poeta en Nueva York ya estaba, es inquietante, yo la había elegido para uno de mis poemas. Pero Reina hizo algo extraordinario: la incorporó como comienzo de toda la antología. Y al volverla así en abrazo, contorno, cita envolvente, le dio más sentido a lo que yo hago. Queda todo bajo esa lengua precaria y tozuda como la del niño. El que llevaba según Lorca una plumilla en la lengua. ¡Qué monstruo![1]

El libro en el que Carrera había utilizado la cita de Lorca es Mi padre, editado por Ediciones de la Flor en 1985. Allí figura como epígrafe de uno de los apartados en la página trece. Adriana Hidalgo presentó este año la Poesía reunida de Carrera, editada en tres tomos y ordenada en contra de la cronología: el libro que abre el primer tomo es el más reciente. El título de este último libro, que aparece como novedad, es Vigilámbulo. Y ese mismo título es el que se le ha dado a la antología completa. Quisiera interrogar este gesto: ¿qué sentido tiene este “contorno” para el resto de la obra? ¿qué es lo que trae esta novedad que viene a abrir la cerrazón de una trayectoria? Al título y al libro-prólogo se le suma un elemento más: la portada, compuesta por una “intervención gráfica de la obra de Guillermo Kuitca Sin título, 2013, óleo sobre tela, 35 x 50 cm, colección del artista, Buenos Aires”. En esa imagen se observan una sucesión de lunas achinadas y bostezantes, o achinadas por bostezantes, que flotan inmersas en un fondo gris que se difumina hacia algunos tonos violetas, verdes, casi rosados según cuál de los tres tomos se observe. Por allí flota también una pequeña figura que podría ser humana y que podría estar parada sobre la punta de un peñasco o sobre un pequeño cohete en el cual transitar esa especie de vacío originario. Y tal vez, de lo que se trata en este caso es de vaciar: frente a la consolidación de una obra, frente a su monumentalización, invertir el sentido de plenitud cultural que llena y petrifica lo escrito. Lo que se busca aquí no es reafirmar sino difuminar. De ese modo se logra revitalizar la escritura y su continuidad.
Vigilámbulo, al invertir la cronología, ha tomado el lugar de Escrito con un nictógrafo, la primera publicación de Carrera allá por 1972. Y creo que hay que leerlo en “negativo”, como dos aspectos de una misma imagen que se transforma según cómo se la mire. Hacia el final de ese texto inaugural decía: “Se colma de vacío un conjunto lleno (…) –no se sabe quién escribe”; y en el punto III del prólogo Severo Sarduy declaraba:

Ni negro sobre blanco, ni blanco sobre negro. No hay soporte. No hay figuras. Positivo y negativo, yin y yang, noche y día se evocan y sustentan. Los pintores de la dinastía Song y Franz Kline, de este otro lado, nos han dejado ver ese equilibrio. El ciruelo de invierno, la escarcha sobre las hojas, el puente quebradizo, las franjas sucesivas de las bruma y, más allá, en las quebraduras de un farallón, la cabaña de los mudos escrutadores del vacío, “todo forma cuerpo” con la frágil seda que se va desplegando, cascada sobre el muro. (539, tomo III)

Ahora nos encontramos con una portada digna de la dinastía Song y no con Kline sino con Kuitca. Cuánto más difícil resulta ahora no saber quién escribe, y sin embargo… La imagen propone un pequeño vigía recorriendo un espacio indefinido, como de ensueño. Tal vez esa sea la coartada: no reconocerse en lo escrito, aceptar que todo en un instante se podría borrar. Así dice el primer poema, la “Canción del vigilámbulo”:

en este círculo me encierra,
en este otro me libera,
en este círculo me encierra,
no quiere que la muerte cercana se apodere
de estas bandas de tiza,

y aquí en el sueño están sus palabras
aunque no las reconozca;
aquí aunque no sepa qué dicen,
aquí aunque se posen sobre la función
de un sinsentido equivocado;

pero eso tampoco existe

aquí aunque ya no sea la infancia sino
su límite impreciso
en la lluvia, ahora, en esa borradura lejana,
el arco iris, en esa banda gris plomo
contra el amarillo vibrante del campo.

Y ella sentadita sigue dibujando rayas, rayas, círculos,
como si marcara el tiempo de su alegría en mí,
de su abandono en mí, de su presencia en
cada movimiento de su mano
pequeñísima en mí,

para alzar con su grafía la letra que alza hoy
esta ínfima edad para su vocecita milenaria,
los anillos de un destino del “ya no sé quién soy”,
“en breve ya no sabré
sino apenas lo que miro” (62)

Y así se colma de vacío un conjunto lleno: confiando en la percepción del instante, sin dejarse avasallar por la arrogancia de la obra concluida. Porque lo que un círculo cierra, otro lo abre. Es la niña la que escribe, la pequeña nieta de “vocecita milenaria” –como aquel niño monstruoso que llevaba la plumilla en la lengua–, pero también es el escriba que ha desaparecido en la escritura, el escrutador de vacío. La niña es la continuidad de su sangre, lo que borronea una presencia con otra. Pero “no se trata de la infancia de nadie”, sino “la infancia de un mundo” (219, tomo I). Estas palabras de Deleuze abrían Las cuatro estaciones. “Vigilámbulo” también es un concepto deleuziano: “sonámbulo que se pasea en estado de vigilia afectado por un exceso de presencia; en un ‘estado intersticial entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte’” (57). Tal vez esa sea la forma de la poesía, intersticial, y sólo de ese modo se pueda recorrer la propia obra sin quedar preso en ella.
Vigilámbulo invita a seguir oyendo lo que la vocecita de Carrera tiene para decir. Más allá de su reconocido vozarrón y de su monumental Poesía reunida, la escritura permanece viva y en transformación. Del nictógrafo a la tiza, el mundo se lee en negativo. La lluvia va transformando lo dicho, abriendo una borradura lejana que aclara la voz.





[1] Friera, Silvina .“Arturo Carrera. Un barroco de la simplicidad”, entrevista con Arturo Carrera. Disponible en: http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=7324

lunes, 21 de septiembre de 2015

“La afección erótica afecta”, por Sandra Gasparini


Tu madre chupa pijas en el infierno, de Carlos Marcos. Buenos Aires, Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014.

Con la explicación del origen de la frase que da título al texto Carlos Marcos (1972) ensaya no solo unas palabras con el lector sino la puesta en relieve de una poética de los tonos altos, de la vociferación. Ese juicio asertivo de intenso poder descalificador –al menos en varias de las culturas que conocemos o intuimos- dirigido por el demonio que ocupa el cuerpo de la muchacha poseída de El exorcista, de William Blatty, al cura que quiere exorcizarla, y redoblada en el film guionado por él mismo, le sirve al autor para presentar en un breve prólogo precisamente ese registro en el que se desarrollarán los dos relatos que forman el volumen. Se trata de dos “vociferatas”, una vaginal y la otra seminal, que inundan las páginas del pequeño libro-objeto de la serie exposiciondelaactual (colectivo de editoriales del que participan Alto Pogo, Milena Caserola y el 8vo. Loco).
La “Vociferata vaginal” es el relato de una madama viuda de prostíbulo a un periodista, salpicado de elementos de realismo mágico (como la “pupila” que levita y cambia de colores) y de la literatura cortesana que puso a las regentes de burdeles en el lugar de un intercambio no solo de carne y dinero sino de circulación de un saber vinculado a la alta cultura en el negocio del sexo. Juan Filloy, quien aparece mencionado en la segunda narración, había trabajado en ese sentido en su novela Op Oloop (1934).
En el segundo relato toma la voz el “ebrio que vocifera solitario en la esquina”. La “vociferata seminal errantesible” del Ebrio matiza las texturas discursivas en una verborrea de coloraturas diversas que van de la descripción de prácticas sexuales compartidas con las prostitutas del prostíbulo de la primera parte hasta sus intercambios burocráticos con una bibliotecaria y el paseo por las clasificaciones y juegos de palabras y guiños al lector. El personaje mata el tiempo pensando listas de autores (de los volúmenes que custodia la anciana bibliotecaria, contracara asexuada de la madama o de las mujeres del burdel y otra de las vueltas borgianas de los relatos) que ensayan un discurso hipnótico a la vez que una enciclopedia autoral posible.
No falta la reflexión del texto sobre sí mismo, las alusiones al género erótico como la mención de Henry Miller pero también de O (recreación del personaje de la novela de Pauline Réage) o, por caso, de personajes mitológicos asociados claramente a la temática amorosa o sexual (Afrodita) o bien, las series de títulos de libros resignificados por la imaginación caliente del Ebrio que lee el deseo en Mil mesetas, Matando enanos a garrotazos  o La metamorfosis. Y es que Tu madre es, ante todo, un trabajo con el artesanado del lenguaje: allí descubre el erotismo, en las delicadas pronunciaciones de una fonación gutural o diáfana, en una acumulación de sentido producto de enumeraciones inesperadas, en la elaboración de listas imposibles y aparentemente caprichosas.
Como el Sursum Corda de Asturias el Ebrio lleva sobre sus hombros centenarios la verdad disfrazada de miseria y es el deseo inacabado y eterno mismo. Es la palabra que se habla a sí misma y el deseo por la palabra. Casi un Homero borgiano irreconocible, el Ebrio que vocifera es el relato y, en el relato, el espíritu lúdico del verbo que lo alimenta: las cadenas de asociaciones de autores y de frases hechas forman extensos fragmentos de una prosa poética que va desgranando la voz que vocifera y se apaga al final.
Poco importa si Tu madre es literatura erótica o un tratado de filosofía o una taxonomía de prácticas sexuales. Con el trazo delicado del caligráfico chino, Marcos combina los materiales del fantástico con el realismo delirante y la tradición de la literatura erótica y logra así una mixtura única: una escritura del deseo. “La afección erótica afecta, el enfermo padece eróticamente y las víctimas cantan victoria de forma definitiva”, propone la introducción.
Las ilustraciones –obra también de Carlos Marcos- de mujeres desnudas, verdaderos retratos en pocos trazos de tinta, tienen la particularidad de establecer una íntima relación con el artista: casi todas dedican sus poses al retratista, voyeur que las dibuja con líneas suficientes para definir una estrategia de seducción o un camino del deseo.  El autor, que ya había sorprendido con el también ilustrado por él Inmaculadas (2010), que recorre las fantasías de cincuenta mujeres, y con Muerde Muertos (2012), en coautoría con su hermano, José María, crea tal vez con este pequeño volumen (pequeño por su exiguo tamaño y además de descarga gratuita) otro género que todavía busca un nombre.