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lunes, 31 de agosto de 2015

“Apuntes para presentar Episodios de cacería”, por Hache Pavón

[Texto leído en la presentación de la novela Episodios de cacería, de Jimena Néspolo (Buenos Aires, Santiago Arcos, 2015), en la librería Santiago Arcos, el viernes 21 de agosto de 2015, a las 19 hs.]




Cuando Jimena Néspolo, en un acto de mucha generosidad y poca conciencia, me invitó a presentar su novela Episodios de cacería, me colmó de alegría. Se trata, claro, de la alegría de un lector, de un nuevo lector de Jimena (digamos, en la jerga de las agencias de venta de automóviles, de un lector modelo 2015). Mucho se ha escrito y teorizado acerca del lector, me quedo por lo pronto con una estimulante observación de Jorge Luis Borges (que entendía la lectura como una forma de felicidad): “Que otros se jacten –decía Borges– de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer” [1]. En lo que a mí se refiere, mi modesta biblioteca conservará un lugar para Episodios de cacería.
Vuelvo ahora a la escena de la invitación: ni bien recibida, reviví mis experiencias de lectura con El pozo y las ruinas, otra de sus novelas (Los libros del Lince, 2011), y con Tracción a sangre, uno de sus libros de ensayos (Katatay, 2014). Recordé además que había algo en esas lecturas que, de inmediato, me había punzado. Hablo, si se me permite la transposición semiótica, del concepto de punctum de Roland Barthes: “El punctum de una foto –decía Barthes– es ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)” [2]. Lo que me había lastimado, de inmediato y como una flecha, en los libros de Jimena, era la dedicatoria: “A quien corresponda”. Reflexionaba, alternativamente, que se trataba de una dedicatoria muy punk, que bien podría haber escrito la muchacha punk, rubia y flacucha, del cuento de Fowgill y también que se trataba de una dedicatoria despojada, por lo pronto, despojada de un destinatario.
 Me divierte pensar, muy en general y muy livianamente, que hay libros que comienzan por el arte de la tapa, por la reseña de la contratapa o por la foto del autor (con la mirada perdida en el horizonte) en la solapa. Pienso, en cambio, que los libros de Jimena comienzan por la dedicatoria y, afortunadamente, cuando recibí Episodios de cacería, limpia y solitaria en la página cinco aparecía otra vez: “A quien corresponda”. Esta frase aparecía, insistente, para perturbarme (como el punctum barthesiano) y para demandarme la búsqueda de una respuesta a una pregunta que, con el devenir de la lectura, pude formularme con claridad ¿a quién, a qué lector, le correspondía esta novela? Súbitamente la pregunta se me volvió más incómoda y buscó nuevas formulaciones: ¿Episodios de cacería me correspondía a mí como lector? Y, si me correspondía, ¿en qué medida? Entendí que si en principio desarrollaba una respuesta a partir de la narración de mi experiencia de lectura, más tarde podría ensayar una respuesta general (aunque igualmente provisoria).

Héctor Pavón, Jimena Néspolo y Miguel Villafañe, el editor.

Pues bien, la primera lectura de Episodios de cacería me remitió a la imagen de un viejo mortero calado en el tronco de un quebracho que había hachado mi abuelo. Cuando era niño, durante las mañanas de mis vacaciones de verano, contemplaba a mi abuela Francisca machacar cereales y especias y preparar los platos más deliciosos del Norte argentino. En Episodios de cacería, como mi abuela en aquel mortero, Jimena parece haber machacado mitologías clásicas, sagas medievales, novelas de ciencia ficción y un amplio etcétera dislocado para ofrecernos una aventura distópica. Acaso porque en nuestro universo no existe un lugar que pueda reunir tantas narrativas (y tan dispares), Jimena se vio forzada a crear un lugar y a crear un tiempo para ese lugar. Afortunadamente para nosotros todo ocurrirá en una Comarca lejana y dentro de cuarenta años. La distancia es, creo, la condición necesaria para esta cacería en la que Jimena propone un desplazamiento desde el “Érase una vez en un lejano reino” hacia un “Será una vez en una lejana Comarca”. Y, como acabo de señalar, esa distancia y ese desplazamiento le garantizan un lugar y un tiempo al etcétera dislocado de la aventura.
Ahora bien, en el desarrollo de la analogía entre el oficio de la escritora y el oficio de la cocinera, me encuentro con otro detalle: si bien es cierto que podremos reconocer el sabor de cada uno y, acaso, de todos los ingredientes que Jimena lleva a su mortero literario (nombres como el de Minerva o el de Artemisa, títulos como Nadie, nada, nunca de Saer o conceptos como “estructura del sentimiento” de Williams), no nos resultará tan fácil reconocer el sabor de la amalgama. Como si el rehuir de las recetas y de las fórmulas literarias, la hubiese llevado hacia una aventura exótica.
Con gesto desconfiado Jimena visita géneros literarios, mitologías y teorías. En Episodios de cacería encontramos una persistencia en el uso de elementos diversos porque como lo declara su Artemisa: “ entre las cosas en las que he dejado de creer, y por eso la certeza de que no me quitaré jamás este casco, están las palabras. (…) Las palabras no dicen nada. Al contrario: ocultan todo”. Esta desconfianza es el eco de muchas voces en la historia de la literatura y de la filosofía y, sobre todo, el eco de la voz de Alejandra Pizarnik en el Árbol de Diana [3]. En Episodios de cacería no hay adhesión, hay exploración y deleite. La desconfianza se desplaza desde el universo verbal hacia el universo extra verbal (si algo quedara fuera de la palabra) y determina un oscuro final. Pero, si no hay compromisos parciales, si aparecen uno junto a otro Nadie, nada nunca y La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada (colocar a Saer y a García Márquez en el mismo anaquel de la biblioteca no deja de ser una audacia), es porque el compromiso narrativo de Jimena es lo diverso, su “estilo” se define, como el lenguaje, por lo heterogéneo. Y ahora que estamos con Saussure, Episodios de cacería es, en tanto que narración mítica y de anticipación, una novela diacrónica, que nos envía tanto a la creación como al futuro con una poderosa máquina del tiempo y de la creación, que no desdeña las imágenes bizarras ni el sarcasmo.
Vuelvo entonces a la voz de Alejandra Pizarnik y a su Árbol de Diana, a una llave poética que nos ofrece para leer la novela: “ella se desnuda en el paraíso/ de su memoria/ ella desconoce el feroz destino/ de sus visiones/ ella tiene miedo de no saber nombrar/ lo que no existe”. Ahora leo y parafraseo el poema como una reseña de Episodios de cacería, de su devenir (como producto de una serie de visiones feroces) desde un pasado mítico hacia un futuro mítico y propongo, como un juego de anticipación, reemplazar la palabra “ella” por la palabra “narradora”. La narradora se desnuda, se desconoce y tiene miedo, pero no tanto, de nombrar.  Porque finalmente se decide, reclama atención y nombra (o narra) lo que no existe como futuro. Sí, también en Episodios de cacería el futuro llegó hace rato y, sin caer en contradicciones, está muy cerca, a unos 40 años de nuestro aquí y ahora. Para nuestro consuelo, algunos objetos o instituciones como la moneda extranjera, los cascos para motociclistas y, lo que es más importante, la lotería estarán presentes y nos harán sentir como en casa. Y sin embargo, para nuestra desdicha, otras formas del presente se mantendrán abiertas como una herida absurda. De esas formas oscuras nos habla Jimena en Episodios de cacería, con una voz lúcida y sarcástica.        
Ahora, en el cierre de esta presentación, vuelvo a mi punctum, vuelvo a la dedicatoria de la novela: ¿a quién le corresponde esta novela? Les corresponde, creo, a los lectores de aventuras, un poco ingenuos, como yo, que aún se deleitan en seguir una trama y en esperar el golpe seco del final. Pero también les corresponde a los lectores más sofisticados, que podrán reconocer cada uno de los elementos que Jimena machacó y, más aún, que podrán nombrar mejor esta amalgama exótica que es Episodios de cacería.    






[1] Borges, Jorge Luis. “Prólogo” en: Biblioteca Personal. Madrid, Hyspamérica, 1985.
[2] Barthes, Roland. La cámara lúcida. Buenos Aires, Paidós, 2011.
[3] Pizarnik, Alejandra. Árbol de Diana en: Obras Completas. Buenos Aires, Corregidor, 1993.

lunes, 24 de agosto de 2015

“Una lectura de Albanegra”, por Rafael Felipe Oteriño

[Texto leído en la presentación del poemario Albanegra, de María Casiraghi (Alción, Córdoba, 2015). Buenos Aires, Museo del Libro y de la Lengua, 12 de agosto de 2015.]



El primer poema de Albanegra está rodeado de melancolía y de preguntas sustantivas: “¿Cómo será este lugar cuando nadie lo mira?”, “¿existirá tu casa/ cuando te vas de viaje?”, “y el mundo/ sin humanos/ sin sol/ ¿será real?/ ¿será verdad?”. Son inquietudes que parecían estar formuladas desde una concepción idealista del pensamiento, según la cual las cosas existen en relación directa con el sujeto que las piensa. Algo así como decir: ¿qué será del mundo cuando cierre los ojos? Sin embargo, leído el poema desde la perspectiva mayor que le da el libro en su conjunto, lejos de relacionarse con una mirada cerrada sobre sí misma, que no puede ver más allá de su entorno, de lo que se trata es de una subjetividad limpia, llena de frescura, animada de un candor –al que podría llamarle inocencia– que deja ver una primera tristeza ante la amenaza de desamparo que acosa a las personas y que para alguien sensible comprende también a las cosas. Y ésta es la tónica del libro y el nervio que lo sostiene a lo largo de sus no breves cincuenta y tres poemas. Una interrogación sobre lo que trae y lleva la vida, que da nacimiento, como veremos, a un ademán de sutura, de reparación, de cobijo, llevado a cabo por quien se sabe protagonista a partir de la intercesión de la palabra poética. Aquellas son preguntas que las personas se hacen al promediar una cierta edad y no en el albor de la vida, como en el caso de María. Pero su sensibilidad la hace anticiparse a los tiempos cronológicos y dar lugar a una meditación que hoy nos regala este libro intenso y comprometido. 
Si nos preguntamos cuánto hay de biográfico en sus páginas, debemos responder que mucho, como no puede ser de otra manera. Pero no se refiere a un recorrido anecdótico por sitios y experiencias, ni de un cuadro de intencionalidades, sino de la puesta a examen de hechos vividos y presentidos que han traspasado su piel. María no es una escritora de preceptivas, ni está sujeta mansamente a la autoridad de la lengua, ni busca estar en concierto con las modas literarias. Por el contrario, en su escritura se observa una tendencia a mitologizar los hechos diarios –esto es, a exponerlos en su condición excepcional–, a fin de observarlos con objetividad. Allí es donde comienza su trabajo literario. Como está bien asentada en la época, sus urgencias no están del lado de la metafísica sino de la elaboración poética de la vida concreta. De la vida corriente, podría decir, en la certidumbre de que a la vuelta de la esquina –en lo natural y en lo sobrenatural que allí anida– está su material de trabajo. Por eso, sus preguntas someten a prueba el tiempo presente, procurando comprenderlo en su dimensión propia; esto es, como devenir, como cambio y como promesa. Pero no es María una persona de afirmaciones cerradas. Su ánimo es participativo y de esta manera su poesía tiene, en primer lugar, un inocultable propósito exploratorio. De dilucidación, de esclarecimiento. Busca echar luz sobre las vueltas que hacen de las personas un algo enigmático e inacabado. Sus temas son los hombres y las mujeres, la vida y los quehaceres de la vida, el tiempo y el paso del tiempo, el abrigo que deja el amor como donación y como vínculo nunca del todo aprendido.
Podemos saber de ella a través de lo que escribe, tanto o más que si procuramos conocerla a partir de sus datos de identidad. De la lectura de su poesía adivinamos vínculos familiares –padres, hijo, hermano– realidades sociales, amistades, descubrimientos fortuitos, ciudades conocidas, gustos y penas, viajes realizados. De Nazca a la ciudadela de los Incas, de un hotel con vista al mar a una luna en el cielo, de Copacabana a La Paz, de Ituzaingó a la mina de Cerro Chico; y la estepa patagónica y la inundación de la ciudad vecina y la Plaza de Mayo rumorosa y la salteña y familiar San Lorenzo. Como si fuéramos llevados de la mano, asistimos al fuerte olor de nuestra América, al soliloquio de la esperanza que tanto lugar ocupa en estas tierras y al coloquio íntimo de dos mujeres que en susurros desgranan sus sueños. Pero también participamos de la invención de lo maravilloso en el vuelo de un parapente suspendido en la inmensidad o en el barrilete del chico que, con su elevación, impone mirar el cielo y merecerlo. Tomamos nota de su condición piadosa, que acostumbra a detenerse en lo callado y en lo privado de voz. Un día nos preguntamos con Teuco qué era lo que más admirábamos de nuestras respectivas mujeres y él no dudó en señalarme que la solidaridad para con el débil era el rasgo que lo seducía de María. De esta naturaleza es la textura biográfica de su poesía. De esta madurez está hecho Albanegra. De esa atención es el fruto de cada uno de sus poemas.
Menos interesada por los objetos que por las personas, María fija su atención en los destinos de las personas, buscando exorcizar el flanco desventurado de la existencia. Es lo expresado en el bello poema “La moneda y el tiempo”, en el que nos recomienda un andar pausado para escuchar y hacer propio el paso de los días: “Si la obsesión del mendigo es la moneda/ la mía –señala– es la línea del tiempo/ que más quisiera yo que se vuelva circular”. Es decir, de amorosa continuidad. En la segunda parte se detiene en la labor de la memoria. “La infancia es el último presente”, dice, “después// esa luz que veías/ viaja hacia atrás” (…) “debes sentarte siempre mirando la estación que viene…”. Y es, a la vez, una poesía que crea memoria: del amor y la muerte como orillas indelebles, de la soledad, la esperanza. Del empeño por darle a todo eso temperatura y significación humanas. Su técnica es en apariencia simple, pero está asistida por la sugestión poética. La mirada se detiene en lo más próximo, para extraer de allí una figura emotiva que, convertida en lenguaje, nos llega con la fuerza de una lección. La anciana decrépita “parada dentro de un metro cuadrado/ en las rejas de su propia entrada”, y “La dama de la escoba” que “dormía sola/ bajo las estrellas”, y  esos transformistas cuyos nombres son ahora Lorenza, Patricia, Jimena, Luis, Ángel, que “quisieron cambiar de cuerpo”, y “Simón el minero”, que “duerme/ dentro de la mina”, porque “sólo allí puede soñar/ con el niño muerto”. Son los desconocidos, los pobres anónimos, que pueblan con su lágrima la atmósfera amparadora de estos poemas.
Permítanme detenerme en otro poema. Se titula “Ritos” y quiero destacarlo porque pone al descubierto la implicancia moral que también está contenida en el libro. Las tres primeras estrofas expresan los supuestos de hecho que conducen al horizonte de pureza que, como elección y destino, se apunta en la estrofa final:



                                   Para lavar los manteles blancos
                                   preciso un río
                                   una ronda de mujeres cantarinas
                                   una sonrisa cómplice
                                   y verdadera  
                                   un secreto femenino.

                                   Para acunar un niño
                                   preciso más que mis brazos
                                   una feria arcaica donde rimen las rimas
                                   y mujeres hechizadas
                                   y hombres huyendo.

                                   Para coser las polleras
                                   me hace falta el sol
                                   una luz matinal
                                   que se filtre
                                   lenta
                                   por las ventanas

                                   (…)

Y concluye:

                                   Habrá que encontrar
                                   una fuente
                                   ancha y tibia
                                   donde hundir las manos
                                   y que salgan
                                   limpitas
                                   desde el fondo del agua
                                   las épocas felices.                              


El poema no termina con un signo de interrogación, sino con la confesión de un imperativo: “Habrá que encontrar/ una fuente/ ancha y tibia/ donde hundir las manos…”. Lo que comenzó siendo una visión se convierte en un anhelo. Cuando se creía haber alcanzado un saber, la vida nos pone a las puertas de un nuevo comienzo.
Como vemos, el libro es la sublimación de un viaje por sitios, individualidades, episodios y confidencias. No es extraño que así sea. Los poemas se desarrollan en paralelo con la actividad laboral de María, que es la de descubrir a contingentes de hombres y mujeres la geografía física y humana de nuestras ciudades y países. Inquieta y sedentaria a la vez, ella no para de recorrer el mundo y de darle cabida privilegiada en el poema: tiene por qué hacerlo y tiene con quién hacerlo. Con la cámara en mano de su poesía, nuestra amiga anda detrás del relámpago que le permita documentar la vida con la transparencia de esa otra fuente de la literatura que es el “diario”. “…y yo tejo // con agujas eternas/ tejo la sombra del mundo/ despacito/ despacito // y la pongo a salvo.”, señala con ademán protector. Así escribe una poesía de valor testimonial que, a la manera de un collage –y esto quiere ser una alabanza, destacar un mérito–, da contenido a su apasionado “estar aquí, en el mundo”. Ante la resistencia de la razón –contra la cual libra otro de sus combates–, sabe ponerse del lado mágico de la existencia, donde se juega la verdad poética, e inclinar, de este modo, la balanza. Y esa verdad poética escribe el estatuto de este libro “incurablemente semántico”, como dice Montale refiriéndose a la poesía de nuestro tiempo. Un existenciario: eso es. Igual que la vida de la que proviene y hacia donde se proyecta.


miércoles, 5 de agosto de 2015

“Todo piola”, por Mariana Komiseroff



Mariano Blatt es un poeta que se caracteriza por tomar el lenguaje barrial (cuando digo barrial no digo ni Boedo ni San Cristobal, digo pasillos y calle de tierra) y transformarlo en una poesía profunda que hace del coloquialismo su marca registrada y del desborde de deseo su principal fortaleza. Acaba de publicar Mi juventud reunida con Editorial Mansalva. Todo piola, uno de sus poemas más conocidos, confluye ahora con la búsqueda teatral de Gustavo Tarrío. Carla di Grazia, Eddy García y Guadalupe Otheguy le ponen voz y cuerpo a una poética que surge desde los versos de Blatt pero que se transforma y se convierte en un suceso artístico independiente del poema que le dio origen.
Carla di Grazia y Eddy García son actores capaces de encarnar masculinidades y femineidades aleatoriamente. Aparecen erotizados con su propio cuerpo y con el cuerpo del otro, un otro sin género definido, y logran que el espectador entre también en ese juego con gestos sutiles como el amague de la seducción o la dilatación del  tiempo antes de un beso.
La voz sofisticada de Otheguy, envuelta en un tapado de piel, contrasta con las frases villeras, todo bajo una sutil iluminación a cargo de Agnese Lozupone. Tarrío no tiene intención ni por asomo de trabajar una estética marginal y escapa al facilismo de encorsetar identidades. Los “wachos” de su conurbano son más que meros representantes del costumbrismo barrial.
Todo piola es una obra inclasificable. Una belleza desde el inicio, cuando Di Grazia aparece leyendo en zapatillas, pantaloncito y remera de fútbol, enmarcada por el círculo de luz que la recorta del fondo. Luego vendrá el monólogo impecable de García y el final orgásmico de perlas blancas.
Conmueve el amor adolescente de Todo piola a lo Laguna azul. El cuerpo ajeno que se tiene a mano descubierto por primera vez, remite a una fascinación universal sin género. Ese deseo que no se repite aunque uno se pase la vida buscándolo necesita más de un lenguaje para expresarse porque es ahí donde el vocabulario se queda corto, se queda “manija”. Blatt se aproxima con sus versos, Tarrío con esta puesta austera y contundente. Ambos en su búsqueda exhaustiva capturan ese fuego y lo traducen en un sistema de símbolos que se trasciende a sí mismo, porque no hay palabras ni pasos de danza que por sí solos definan o encierren ese descubrimiento. La búsqueda da como resultado conmovedores sucesos artísticos, altamente recomendables.


Ficha técnico artística
Guión: Mariano Blatt, Eddy García, Gustavo Tarrío
Actúan: Carla Di Grazia, Eddy García, Guadalupe Otheguy
Cantantes: Guadalupe Otheguy
Músicos: Felipe Barrozo, Cecilia Bienati
Vestuario: Cristian Bonaudi, Ana Press
Diseño de objetos: Agnese Lozupone, Eleonora Pascual
Diseño de luces: Agnese Lozupone
Fotografía: Agnese Lozupone, Eleonora Pascual
Arte: Agnese Lozupone
Diseño gráfico: Maxi Sosa
Asistencia de dirección: Virginia Leanza
Producción ejecutiva: Eleonora Pascual
Diseño de movimientos: Virginia Leanza
Dirección: Gustavo Tarrío
Duración: 60 minutos

TEATRO DEL ABASTO
Humahuaca 3549
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4865-0014
Web: http://www.teatrodelabasto.com
Entrada: $ 120,00 - Viernes - 23:30 hs