Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

lunes, 29 de junio de 2015

“El perseguidor”, por Felipe Benegas Lynch


Música prosaica (cuatro piezas sobre traducción), de Marcelo Cohen. Buenos Aires, Entropía, 2014, 86 págs.


Música prosaica (cuatro piezas sobre traducción) fue publicado por Entropía dentro de la colección "apostillas". Luego de haber reseñado Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog, presentado dentro de la misma serie, a pedido mío me enviaron de la editorial el librito de Cohen. Enfatizo la amable brevedad del texto porque vengo de leer Donde yo no estaba, de más de 700 páginas. Bien validas por cierto. Estos cuatro breves episodios, "secuelas" (29) de otros tiempos y otros textos, me depararon una extraña felicidad.
Ya de por sí el título de la colección resulta extraño. O, más bien: libera a los textos que allí ingresan del peso de la "crítica" o de la "ficción". Tanto en Herzog como en Cohen el tono ensayístico, casi de crónica cotidiana a veces, tiene algo de apostilla, ¿pero apostilla a qué? En el caso de Cohen bien podría ser una apostilla a todos los textos que tradujo, pero también a su escritura ensayística y de ficción, que aquí se desliza hacia lo que se ha llamado "ficciones de lo real". Si Levrero pudo escribir su monumental "Diario de la beca", Cohen bien puede escribir el diario de un traductor. Claro que el texto carece de la estructura de diario, salvo, acotadamente, la última pieza: "Persecución. Pormenores de la mañana de un traductor".
El título general, que es el del primer ensayo, me lleva de todas formas hacia otro rumbo, distinto a Levrero y la realidad-ficción. La música prosaica es también la música de la prosa, prosa ficcional que Cohen ejerce, como la ejerció otro traductor: Cortázar. Ya en las primeras páginas aparece una cita de "El perseguidor": "Esto lo estoy tocando mañana" (15); en las últimas se habla de un poema de Dylan Thomas y se inscribe a la tarea de traducir bajo el signo de la persecución.
En "El perseguidor" Cortázar pone en escena también a un traductor: Bruno debe traducir la vida de Johnny y su música através de una biografía. En ambos casos el texto se vuelve un espacio de tensiones y fricción: la cuestión de la injerencia editorial en los trabajos por encargo, las traducciones estandarizadas que se venden "como la coca cola" ("El perseguidor", 249), el límite musical del texto prosaico, la posibilidad de un encuentro con lo real a partir del despliegue de la escritura. Como Johnny, Cohen –que en Música prosaica pasa a ser personaje además de autor– no es el perseguido sino el perseguidor, no es el adormecido sino el que viene a despertar. Como Bruno, no deja de estrellarse contra su necesidad de facturar, de comunicar, de anclar el sentido en esa marea de lo otro. También, como Cortázar al comienzo de "Las babas del diablo", Cohen dice: "Nunca terminaremos de contar cómo suceden estas cosas" (70). Pues contar implica siempre un límite, infranqueable para la lógica y la causalidad, límite que se atraviesa a fuerza de canto. Pero que no se malinterprete: 

La literatura envidia de la música, no la ensoñación, sino el poder de despertar, de reconstituir la atención. Porque no es que el arte permita ver una realidad a través de una apariencia o una sombra. El arte es lenguaje. Habla de la dualidad de las cosas. He aquí el mundo en que estamos. A veces pareciera que vislumbráramos otro detrás. Pero ese otro mundo no es previo ni mejor. No engendra el nuestro. Los dos se engendran uno a otro, todo el tiempo. (Música prosaica, 27).

Cortázar también enfatiza la capacidad de la música, a través de Johnny, para encontrar lo real:

Dan ganas de decir en seguida que Johnny es como un ángel entre los hombres, hasta que una elemental honradez obliga a tragarse la frase, a darla bonitamente vuelta, y a reconocer que quizá lo que pasa es que Johnny es un hombre entre los ángeles, una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros. Y a lo mejor es por eso que Johnny me toca la cara con los dedos y me hace sentir tan infeliz, tan transparente, tan poca cosa con mi buena salud, mi casa, mi mujer, mi prestigio. Mi prestigio, sobre todo. Sobre todo mi prestigio. ("El perseguidor", 247)

Y tal vez, como en “Las babas del diablo”, el texto vive realmente a expensas de la muerte del escritor: todos los requerimientos que brotan de ese Yo de carne y hueso, como el de prestigio por ejemplo, deben morir, dejarle lugar a la solemnidad de la plegaria que se abre anónimamente a los aires uniendo la voz al mundo a partir de cierta neutralidad superadora del sujeto. El sujeto debe caer de rodillas (como el evangelista) y dejar que salga la voz. No es el artista lo que importa, sino la poca o mucha vida que haya en su voz, que sale de él pero ya no es él. En ese sentido, Cohen habla de la traducción como ejecución más que como hermenéutica. Una ejecución que tiene algo de oración (78).
Es un trabajo que se realiza en cierto modo "por medio de alientos", como si, efectivamente, el traductor al ejecutar el texto en el que trabaja, se dejara poseer por "un lenguaje primordial en cuyo pneuma todos los idiomas serían uno, como la música" (12). Pues detrás de todo está el "vacío generador" (80), el abismo o la intemperie como "germen de conocimiento" (69). La escritura, en definitiva, es una traducción del mundo: traducción entendida como inspiración y extensión de ese aliento que no deja de transformarse para revelar, en el mejor de los casos, el "fondo hueco" (64) de todo lenguaje.
A partir de ese ascendente oriental, Cohen le da otra vuelta de tuerca (¿cómo traduciría Cohen este título de James?) a la objetividad de la máquina de escribir Rémington de "Las babas del diablo":

Tengo una cabeza objetiva en las manos, en el teclado de la computadora, en el celular, y puedo desalojar información de mi cabeza, lo que por otra parte podría favorecer la vía zen hacia la comprensión de que la realidad es el vacío y el vacío es eternamente generador. De hecho ya soy otro; una simbiosis cerébro máquina con la mente fuera de mí; una interfaz. (80)
           
La objetividad reside en el lenguaje, más allá de la tecnología involucrada. Y en el propio cuerpo que le da anclaje particular a la palabra. Cohen se ilusiona con un futuro en el que "la traducción se convierta en una rama de la patafísica, esa ciencia de las soluciones particulares" (54). La generalidad aberrante de la "despótica prosa mundial del Estado" (50) es lo que empobrece la lengua y, por lo tanto, al mundo.
El texto de Cohen es mucho más que una reflexión sobre la traducción. Es un despliegue de máscaras que ya no precisa de la dislocación del Delta Panorámico para lograr esa "evasión más radical" que implica la literatura: "un transporte de la realidad sucedánea en que vivimos a la posibilidad de un encuentro con lo real" (60).
Como en Donde yo no estaba, aquí también hay un locutor interior y un yo que busca desintegrarse. La prosa de Cohen, como la música de hoy, se nutre de la impureza para emanciparse del yo:

ningún elemento sonoro le es ajeno, porque compone en el momento, con lo que el momento aporta: el arrastre de lo heredado, la memoria corporal de la especie, las potencias y los dolores del cuerpo, la orquesta, el tambor y la computadora, como si sólo mediante la absorción de todas las ocasiones del presente pudiera llegar al meollo. (24)
           
Así nos encontramos en el texto con la música de Björk, con la oratoria de la presidenta, con el sonido del timbre, del teléfono, con el canto de un zorzal, con las palabras de su compañera, con el incesante devaneo del traductor, con poemas que vuelven como ritornellos. Esta es una versión posible de una vida, un punto de anclaje en perpetua deriva: del significante y del sentido, de la impredecible melodía de la prosa puntillosa de un traductor "profesional" (11).
Hay una coherencia en las "apostillas" de Entropía: son textos que desafían la clasificación y la traducción, formas que en su resistencia abren la conciencia "a los vaivenes del viento" (54).

lunes, 15 de junio de 2015

“Las voces que no callan”, por Carolina Bartalini

Aparecida, de Marta Dillon. Buenos Aires, Sudamericana, 2015, 208 págs.


Hay un atributo de Buenos Aires que es inobjetable: las librerías de la calle Corrientes y sus horarios extendidos de atención. Viernes a la noche, local de Callao y Corrientes. Me acerqué esta vez con un objetivo preciso: conseguir el nuevo y esperado libro de Marta Dillon, Aparecida. Apenas entré lo vi en la mesa de novedades, lo agarré con ansiedad, como si fuera un texto buscado hace tiempo, y no apenas una semana. Lo sujeté entusiasmada -la tapa y contratapa perfilan una luminosidad y un encanto estremecedor- y seguí caminando entre los pasillos atiborrados hacia el sector filosofía para revisar, como siempre, la letra B. B de Benjamin, uno de mis blancos predilectos desde que descubrí, un tanto tardíamente, con el Diario de Moscú, que además de ser uno de los pensadores más significativos del siglo XX, es un escritor amigo, un querido compañero. Agarré dos, Calle de mano única, porque no lo tengo en papel, y Cuadros de un pensamiento, que abrí al azar y encontré, debajo de un título sugerente (“Breves malabarismos artísticos”), lo siguiente:


No todos los libros se leen de la misma manera. Las novelas, por ejemplo, están para ser devoradas. Leerlas conlleva el placer de la ingestión. No se trata de identificación. El lector no se pone en el lugar del héroe, sino que incorpora lo que a éste le pasa.

Me suspendí en la lectura unos instantes, eso era nuevo y promisorio, era, además -lo sabría un rato después- un epígrafe para mi lectura apurada y voraz de Aparecida. Fui a la caja con mi pequeña pila de libros, dispuesta a tener que descartar algunos. Todo lo que viene, llega con ventura, todo lo que no, espera su momento. Se compra lo que se lee, nada más. Me resisto, por anacronismo o exceso de religiosidad, al libro como objeto-mercantil, prefiero, en cambio, el libro como objeto-íntimo, cada uno con su aura, su encanto, el vislumbramiento del aquí y ahora, su rito de origen, su historia de lectura. No obstante, la mayoría de los libros de mi biblioteca no recuerda su historia a mi lado, pero otros sí. Y en general, esos son los más trascendentes, quiero decir, los más reveladores, porque de ellos surgieron voces, armaron ideas, movilizaron, me escupieron sus palabras en la cara hasta tener que parar para limpiarme el asco o las lágrimas, la bronca, el amor o el espanto. Un poco es así la historia de Aparecida.
Aparecida, un texto que suena a novela pero no lo es exactamente. Un texto que sugiere crónica en la contratapa, pero el relato está escrupulosamente organizado en pasado, excepto cuando no habla del presente, cuando cae en la nebulosa del recuerdo y la niña habla desde su tono, una cadencia sutilmente diferente a la protagonista, que permite reconocerla y extrañarla. Un texto que se advierte como autobiografía pero se concreta en un tiempo actual, el tiempo del relato del hallazgo de los huesos, los “restos óseos” de la madre de la autora. Un relato que irrumpe conmovedor desde el inicio y potencia sus sentidos de manera abrumante. Un texto que rompe con el leitmotiv de las narraciones de los hijxs de desaparecidos porque no relata una búsqueda sino un cierre, lo cual es decir, que la relata de manera oblicua, atravesada en la vida, constituyente de una vida, ensordeciendo la vida, y desmantelando la lectura hasta el no poder más.
“No puedo más”, pensé cuando llegué a la mitad. Quisiera seguir, quisiera desvanecerme por siempre en el relato, quisiera hacer algo, actuar, formar parte de ese universo, poner mi cuerpo en esas palabras, romperme en pedazos, abrazar, sostenerme en otros brazos. Es una sensación de agobio y de esperanza, agobio porque el ritmo narrativo nos lleva al extremo de la desesperación por arribar al final anunciado desde el inicio, enterrar a la madre, volverla muerta, hacerla aparecer desde su propia ausencia, desde su misma corporeidad, cerrar un espacio y al mismo tiempo abrir otro. Esperanza es la que queda por llegar a esa escena, que inevitablemente no se cuenta, o al menos, no se cuenta como sí se hace el proceso para sí. Es más la espera que el arribo, es más la estela de la madre viva que la imagen de su comenzar a irse en el camino de los muertos. Ésta es una de las potencias del relato: suspender al lector en la experiencia de la espera, hipnotizarlo. Primera potencia de la que se deriva la segunda, sin causas y efectos, la fuerza de una voz sólida, que se busca a sí misma, que grita pero muta hacia el susurro, el silencio, o la incertidumbre, sin perder nunca tampoco la certeza de su poder en todos los sentidos: una literatura de introspección, análisis y reflexión, de denuncia sin caer en la proclama, una prosa poética y política con conciencia de sí.
Poética, tenaz, avasallante, deslumbrada. Aparecida, con sus dobleces, con su espalda y sonrisa de frente. Con ese amor feroz, y una tristeza destemplada. Política, militante, experimental. Aparecida, con sus fotografías descriptas, con los datos de una investigación persistente, con los resabios del caos buscando siempre desentrañar el orden, la completitud. Con sus colores, sus texturas, sus voces. Su embriaguez. Su amor.
Tuve que frenar, tuve que dormir, para despertar al día siguiente deseando retomar una lectura que, sabía, me perturbaría por siempre. Así es como sé que eso, esos papeles compaginados y cosidos, ese objeto con fondo marino, esa cosa que quedó entre mis sábanas ingresaba con dulzura y violencia en el círculo íntimo de los libros que hacen y dejan huella. Porque la literatura es intromisión, es espanto, es deriva y al mismo tiempo compulsión. La literatura que vale la pena, la que arrastra con todo, con el tiempo, con las necesidades inmediatas, con la vida, para la vida. Es por eso, esto, una escritura desde el margen, desde la pulsión. Una escritura inmediata sobre un texto honesto, salvaje y auténtico. Una reseña que no espera a la calma del sosiego para la crítica bien entendida. Porque no quiero hacer eso, no pretendo desmembrar este texto, ni considerarlo como solamente un enunciado, un producto, una consecuencia. Sin embargo, no es sólo enunciación, no es sólo atmosfera, aunque la imagen del presente pise fuerte, con sus climas, con sus escenas del exceso y la preparación. Hay una historia necesaria y urgente. Hay un decir que es político y polémico, una polifonía de discursos que se entremezclan y perturban, que recomponen una historia, la historia desde el plano de esa historia. La que fue y sigue siendo. Hay una actualidad, y un pasado. Un conjunto de sensaciones que invitan a repensar los límites del decir, las fronteras de lo audible. El umbral del dolor. Y la carencia, la ausencia contrastada en un título que desafía el orden del discurso, pero también las estructuras urdidas para soportar las huellas y las búsquedas, la presencia de los padres que no están en la experiencia cotidiana del dolor. Claramente, cada uno es diferente. Aparecida es el relato de un duelo que comienza a terminar con el hallazgo de la madre, más de treinta años después de su secuestro. Pero también, es el relato de la experiencia, es la experiencia de cómo moldear el lenguaje, es el lenguaje trabajado, articulado y desarticulado,  ofrecido y buscado. Un libro que excede su referencia, desafío al orden y la gramática instaurada desde la oficialidad.  
La intransitividad del verbo aparecer retumba, porque se lo retuerce hasta convertirlo en golpe: aparecer la muerte, aparecer la vida, aparecer la comunidad, el amor, el recuerdo, la angustia, el miedo, el desafío, la escritura, la letra, el cuerpo. Aparecer el libro sobre la almohada cuando sube el sol, para despertar y seguir leyendo. Para no poder decir basta, me rompe el cuerpo, me despoja de mí, y me trastoca en ecos, sonidos, el ruido que no se va. Aparecida es y no es una novela, pero de todos modos su efecto es voraz. Como en la cita de Benjamin, todo el resto se detiene para suspenderse, para leer. Es y no es, dialécticamente. Como su título.

jueves, 4 de junio de 2015

“El sueño americano no es lo que se promete”, por Fabián Soberón (Entrevista a Aurora Arias)

La escritora dominicana Aurora Arias estuvo en Córdoba participando como invitada especial del congreso El Caribe en sus Literaturas y Culturas y acompañando la salida de su nuevo libro de relatos, Emoticons (Corregidor, 2015). Grabadora en mano, Fabián Soberón la citó en esa ciudad y, como un guante que se pone al revés -según la misma autora dice-, la puso a hablar.  

En tu trayectoria como escritora, es llamativo el pasaje de un género a otro. Vos te iniciaste con la poesía y luego te pasaste a la narrativa. ¿Hubo algún factor externo o fue simplemente una búsqueda literaria?
Las dos cosas. Primero, el cuento que da título a mi primer libro yo pienso que fue la causa que podría llamar búsqueda literaria que me inclinó a la narrativa pero de una manera muy orgánica, muy natural, muy fluida. No fue consciente ni pensado. Había una razón utilitaria porque hay cosas que yo sentía que no iban con el formato de la poesía, yo necesitaba el formato de un relato. No pensé: “ahora voy a ser narradora.” El primer cuento de mi primer libro me perseguía.

¿Cómo se llama el cuento?
“Invi`s Paradise”. En Santo Domingo hay un barrio que se llama Invi porque es Instituto Nacional de la Vivienda. Un artista que vivía ahí en la misma época que yo creó una canción que se llama “Invi`s Paradise”, que está en el epígrafe. Hay un pequeño fragmento que dice: “Qué bien me siento en mi Invi`s Paradise. “Catching the sun in this caribbean land”. Porque este barrio era bullicioso, todo el mundo sacando su música sin que le importe el vecino; pero estaba a orillas del mar. En ese mar había una cueva y a esa cueva le decíamos “Invi`s Paradise”. Nosotros éramos vecinos y éramos una pequeña cofradía en ese mundo de comadres, éramos como los raros de ahí, los hippies, los alternativos. Por eso le puse ese nombre. El relato habla de esa cueva, de lo que hacíamos allí.

¿Vos dirías que los primeros relatos tienen un parentesco estético con Emoticons?
Buena pregunta… yo no sé si tiene un parentesco estético pero sí hay una franja de tiempo en que yo ya no era la misma y no eran las mismas referencias. Eso hace una diferencia en el estilo. A los primeros libros uno les tiene un cariño especial, porque en esa época a mí nadie me estudiaba. Es una ventaja eso, a mí no me importaba nada.

Los cuentos de Emoticons trabajan diferentes registros del habla, de la lengua oral. El cuento “Parquecito” se desarrolla en una plaza y ahí cada persona habla de distinta manera, con las distintas culturas que lleva encima. ¿Qué es lo que te interesa registrar con este recurso?  
Yo pienso que como en el contexto en que se dan esos cuentos y en el entorno que me rodeaba la oralidad es tan fuerte, que si yo quería retratar no podía obviar ese punto. Además antes de comenzar a trabajar la narrativa yo veía lo siguiente: había una tendencia en muchos narradores que me antecedían que querían europeizarse. Eso me chocaba, yo pensaba que con una realidad tan rica por qué había que remitirse a un contexto que no es el nuestro. Algunos de ellos habían ido por un tiempo, pero no me pongas a un dominicano a hablar como un francés pero en español. Hablaban del tranvía, ¿qué tranvía? Nosotros no tenemos tranvía. Había un deseo de aprovechar esa realidad. Si alguna vez visitas la capital te vas a dar cuenta de que tus sentidos van a estar captando todo el tiempo esas variedades de lenguaje.

¿Vos tenías una voluntad de hablar de eso que te rodeaba?
Sí. Era casi como que otros escritores tenían miedo de no estar a la altura. O quizás porque esta realidad es el tercer mundo, es gente que no sabe hablar un español.

Los haitianos aparecen estigmatizados en algunos cuentos. Y los dominicanos son excluidos en otros territorios. En el primer cuento, “Derrumbes”, se habla de los haitianos como excluidos. Y los dominicanos también se sienten excluidos. Por ejemplo, Rosa, esa mujer que trató de irse lo más pronto posible a Nueva York y que no encaja del todo en Nueva York. Entonces ambos, los haitianos y los dominicanos, al menos en esos cuentos, no encajan muy bien, no están del todo cómodos. Algunos relatos proponen una reflexión sobre la exclusión.
En el caso de “Derrumbes”, ese fue un cuento que me costó mucho escribir porque la inspiración, la fuente que me llevó a querer reconstruir esa realidad fue que en el barrio donde yo me crié, que es un barrio de clase media, cuando yo llegué ahí tenía siete años y era como un campo. Era uno de esos barrios que construyen en las afueras cuando ya la ciudad está congestionada. Yo recuerdo que cuando llegamos ahí a mi hermano y a una prima, que también vivía allí con nosotros y era una niña, mis padres decían “cuidado con los haitianos” porque estaba lleno de obreros haitianos. Ellos eran los que estaban construyendo ese barrio porque la mano de obra es más barata y ellos están ilegales y no tienen sindicato ni nada que les permita exigir derechos. Eso estaba lleno de haitianos y fue la primera vez en mi vida que la presencia haitiana ante mis ojos era una cosa visible. Estamos hablando de principios de los años sesenta. Entonces luego se construyó el barrio tal como dice ahí, los haitianos desaparecieron porque ya no había un porqué de su presencia ahí. Pasaron las décadas y cuando yo era ya adulta esas casas que los haitianos habían construido comenzaron a derrumbarlas para hacer edificios; porque mientras en una casa vive una familia, en un edificio viven diez familias. La ciudad empezó a construirse hacia arriba, aún en la periferia. Entonces se derrumban las casas y vuelven los haitianos a construir los edificios. No sé dentro de veinte años qué será lo que van a hacer. Entonces donde yo vivía, al lado, derrumbaron la casa y empezaron a hacer un edificio. Un día yo estaba en el patio y veo a un muchacho muy joven que no debía pasar los 17 años, obrero. Como ellos trabajan, sin camisa, sin casco protector, es casi un suicidio porque si te caes te llevó el diablo y ya se acabó. Él parece que tenía hambre (esto es una suposición mía), era como mediodía. En mi casa, en el patio, había una planta que estaba llena de mangos. Y él con una varilla de hierro desde un hueco de una ventana que estaban construyendo intentó alcanzar la planta e hizo contacto con un cable de electricidad que pasaba por ahí y se electrocutó. Yo vi cómo se fue poniendo su cuerpo. Él era negro, pero ese contacto con la electricidad… Y yo vi que el capataz de la obra, dominicano, les dijo a los otros “¡Sigan trabajando!” cuando los otros, en una reacción natural y humana, iban a ayudarlo. “¡Sigan trabajando! ¡Sigan trabajando! …” yo pensé que eso era un extremo de la humanidad porque es verdad que si eres responsable de la obra hay que hacer que avance, pero no hasta el punto de que se electrocute uno de los obreros y tú les órdenes a los otros que sigan trabajando como si nada hubiera pasado. A mí me tomó como un año tratar de asimilar eso y nunca he quedado satisfecha. Yo quería que la cosa comenzara, pero entonces me remonté al barrio. Doña Clarita es un poco mi abuela que fue fundadora, de las que iban a la iglesia y no sé qué. Mi abuela estaba en ese momento perdiendo un poco la concentración. Ella murió a los 98 años. Ella estaba un poco aturdida ante la rapidez con la que el mundo estaba avanzando. A veces ella veía un avión y decía “¿Qué es eso?”. Ella no sabía que un avión era un avión. Tú hablas de la estigmatización, ¿por qué estigmatización?

Porque es una forma de exclusión. El haitiano es visto casi como un animal.
Es un poco lo que el capataz hizo. Porque a mí no me gusta empezar a moralizar y pensar si hizo mal o bien sino retratar esa actitud.

El cuento retrata una actitud inhumana. Y eso le pasa a Rosa en “Travesía”. Los dominicanos son bullangueros pero esta mujer no está feliz con su recuerdo de cómo se tuvo que ir del país y de cómo la engañaron. Entonces yo veo ahí también una forma de exclusión social. No estar cómodo en tu país pero tampoco estar cómodo en el otro. No es lo mismo irse por voluntad propia a ese personaje que no está del todo a gusto ahí y encima habla con alguien que apenas la escucha.
Yo creo que hay una fantasía respecto a ir a Estados Unidos y vivir en Estados Unidos. Una vez allí, que se vive realmente, la gente se da cuenta de que no es el paraíso. El sueño americano no es lo que se promete. En ese caso se trata de alguien cuya familia ha tenido tierras que bien pudieron haber conservado; tierras que producen. Pero es como que quedarse siendo campesino fuera un atraso; entonces las nuevas generaciones que tienen más acceso a la televisión y al ruido publicitario y hay gente que viene de Nueva York y durante su breve estadía allí luego quieren aparentar. Los dominicanos que van allí de vacaciones vuelven y quieren aparentar y los otros piensan que quieren esos tennis, esas cadenas y se les llenan los ojos de fantasías. Y no quieren quedarse y producir esa tierra para que siga evolucionando. Sueñan con irse y ahí es donde si aparece un tipo que se aprovecha sexualmente, se aprovecha de su ignorancia, de esta fantasía, terminan vendiendo lo poco que tienen; lo que sus bisabuelos hicieron para que esa familia creciera, terminan vendiéndolo todo para llegar en yola, que es una embarcación frágil y peligrosa, a Puerto Rico y brincar al gran Nueva York. En esa Rosa hay muchas historias que yo he ido escuchando y que las sinteticé porque los cuentos no pueden ser como una novela. También tiene que ver con que en un país donde los políticos acaban con el tesoro nacional la gente termina con desesperanza y creyendo que afuera siempre será mejor y como no somos un continente no hay frontera, lo que hay es agua. Pagas a alguien y meten hasta cien personas en una embarcación pequeña. La gente lo hace y lo hace no una vez; si fracasa el primer viaje intentan otra vez. Venden casas, dejan empleos, dejan familias, ¿cómo se explica eso?

En el cuento “Clic” hay un personaje que es una  mujer intelectual y política. Una especie de mujer faro que avanza y quiere sacar a las mujeres de su letargo espiritualista. Pero a la profesora Guerrero la consideran una desquiciada, una loca. ¿Son los locos los que pueden ayudar a encontrar la verdad o el rumbo del país? La estética del cuento se conecta con los libros de Roberto Arlt. Arlt trabaja las relaciones entre verdad y locura, entre delirio y realidad. Creo que tu cuento trabaja el delirio en el centro de la racionalidad y a la inversa, la racionalidad, una supuesta racionalidad extraña, en el centro del delirio.
Tú acabas de dar en el clavo. Yo pienso que son personas que hacen la diferencia dentro de un contexto donde la gente quiere ser y estar metida para ser aceptada. Y los que a mí me resaltan son esos personajes que llegan a ser como rupturas pero a veces ni siquiera es una cosa consciente. La profesora Guerrero es una persona de la vida real. Te doy un ejemplo: el Ministerio de cultura hizo un congreso de esos que tienen un título largo y pomposo, seminario de la comunicación o del periodismo o algo así y todos vamos como borregos a escuchar a un tipo que se tira una hora hablando pendejadas; que es más un discurso egocéntrico porque primero habla de él y al último del tema. De repente aparece la profesora Guerrero que siempre llegaba al último con unos taquitos que retumban, flaquísima, de baja estatura, entra, mira a ambos lados y dice “Ecúcheme” y hace lo que probablemente todo el mundo está pensando y dice todo, “Usted es un aburrido…” y la gente estallaba en aplausos. Entonces la profesora Guerrero se convertía en la protagonista y el tipo la miraba con odio.

La profesora Guerrero es un personaje notable, un personaje contradictorio, como tiene que ser los personajes; la acusan de loca pero a la vez es el faro intelectual.
Y lo que dice da en el clavo de y era así. Cuando los estamentos oficiales le enviaban invitaciones ella no quería pero iba igual. ¿Por qué iba? No se sabía. Cuando esa mujer levantaba la mano los organizadores temblaban.

Este cuento es una especie de homenaje.
Sí, es un homenaje. Aunque mucha gente lo vio como una burla pero es un homenaje a su coraje y a su sinceridad.

Yo sentí que era una apología de una forma de pensar y de actuar. Sentí que era alguien que iluminaba y daba en la tecla con lo que interpretaba.
Exactamente. Y sin embargo, incomoda.

No es un personaje llano, chato, que tiene un solo perfil y es perfecto, sino que es complejo.
Y fue toda una tarea para lograr en el contexto del cuento que esa contradicción se sintiera a fondo, que se palpara.

Después está el personaje de James Gato, alguien que circula y deambula, una especie de flaneur del Caribe. Es un flaneur desquiciado, un  viajante en busca de experiencias extremas. Hay intensidad en la vida de James.
Eso es lo que él busca en la isla.

En esos cuentos se rozan los escenarios del policial negro. ¿A vos te interesa el género policial? ¿Creés que esos escenarios sórdidos tienen que ver con tus cuentos, que hablan de una realidad cruda y oscura de la noche, de los bordes?
Eso pensé. Pero no era la intención de lo policial. Yo le temo de alguna manera al género policial porque me encantaría abordarlo alguna vez pero no me siento capaz. Tal vez sea un complejo de inferioridad mío pero ahí por lo menos conscientemente no era la intención.
  
Tanto en el cuento de la profesora Guerrero como en el cuento “El despojo” te referís a los clubes de espiritualidad. En el caso de “El despojo” hay un contraste entre la voluntad de la espiritualidad y la pobreza de la gente. El club está formado por gente rica que vanamente busca la mejoría de la vida y descuida la pobreza concreta. Porque está buscando realizarse espiritualmente, iluminarse y realizarse y tienen gente a la que podían ayudar y no quieren rozarse ni tocarse. ¿Vos dirías que estos cuentos (sobre todo El despojo) trabajan con lo que se llama de manera muy genérica y a veces injusta el realismo social? ¿Te interesa el realismo?
Con las etiquetas me pasa que  me da igual. Si quieres ponerme una etiqueta ese es tu punto de vista. Al momento de crear yo ya no estoy pensando ni en realismo social ni en etiquetas. Me han dicho que soy cronista y es cierto, hay algo de eso quizá porque soy hija y hermana de periodistas y crecí en ese ambiente del periodismo; pero si el realismo social es que yo vea ese contraste entre esa gente que se dice ser sensible espiritualmente e insensible ante la pobreza que la rodea entonces sí, realismo social.

¿A vos te interesa voluntariamente  hacer cuentos que trabajen con los contrastes de la realidad concreta?
Sí. Si esa realidad concreta me provocó algo, o me impactó, y yo siento que tengo que escribirlo para entenderlo aunque sea; si me movió una fibra, entonces sí. Además en el caso de la República Dominicana yo siento que sí importa narrar el entorno, la realidad… Y vuelvo a lo del tranvía y esos personajes y lo que el escritor está viendo.

Hace poco tiempo el escritor Edgardo Rodríguez Julia me dijo que el Caribe es la provincia de la provincia, el tercer mundo del tercer mundo.
Nosotros, los dominicanos, estamos muy cerca de Puerto Rico. Para mí Puerto Rico representó un salto dentro de eso que llamo carrera literaria. Yo siento que los puertorriqueños se subestiman mucho. Sobre todo los intelectuales, los libre pensadores, pero ellos tienen un privilegio. Te doy un ejemplo: los dominicanos tenemos que hacer muchos trámites legales para salir del país. Tienes que ir al consulado americano en Santo Domingo y tienes que demostrar que tienes mucho dinero en el banco. Tienes que tener una entrada de dinero fija. Y qué hacen los dominicanos: engañan, mienten sobre su situación económica. En cambio, los de Puerto Rico, cogen un avión y se van a Nueva York y recorren Estados Unidos y lo recorren completo. Eso es una ventaja pero ellos no lo saben.

Se habla del Caribe como si fuera una entelequia, como si todo fuera igual. Y vos me estás marcando diferencias. ¿Vos crees que el Caribe sigue siendo el tercer mundo del tercer mundo? 
Para nosotros publicar en Puerto Rico es un paso de adelanto, de evolución. Porque nosotros ni editoriales, ni críticos tenemos y en las universidades de allá no hay un espacio de difusión. No se forman críticos. No hay ni talleres literarios y, en cambio, en Puerto Rico, sí los tienen. Lo que pasa es que a veces cuando tienes las cosas no te das cuenta. Ellos piensan sólo en las carencias y en que son un estado libre, asociado. Pero, ¿y nosotros? Si ellos se consideran el tercer mundo del tercer mundo, entonces nosotros ¿qué seríamos?

Esto marca diferencias culturales entre Puerto Rico y Santo Domingo…
Incluso, para ir más lejos, ellos tienen esa lucha por conservar el español como el idioma en contraposición con el inglés. Y nosotros vemos como una ventaja que ellos tengan ese acercamiento al inglés y ese bilingüismo como una apertura. Yo lo entiendo, yo sé de qué se trata eso. Es como una penetración. La primera vez que yo fui a Puerto Rico, porque en Santo Domingo tener una visa americana es la gran cosa, cuando yo llegué allá y vi todos los letreros en inglés me llamó mucho la atención. Eso fue en el ‘92, y luego Santo Domingo se puso igual. En vez de decir Salón de Belleza dice Beauty Palace porque suena más.  

En general, sobre todo en los ámbitos intelectuales, en las universidades, entre los críticos, se opone el oficio del intelectual a la del adivino o astrólogo. El astrólogo es un charlatán. ¿Cómo se conjugan en vos, en tu trabajo, esas dos tareas, esos dos oficios? Me interesa conocer tu perspectiva del asunto, de este prejuicio y de la combinación de escritora y astróloga.
Como para puntualizar algo, debo decir que yo soy una persona muy curiosa. Me interesa todo lo referente a la vida, la naturaleza humana, los comportamientos, cómo el entorno te influye pero también lo que tú traes influye en el entorno y todo eso. Si es realismo social no lo sé. Por eso yo decía que soy un poco como espía. Me fijo mucho en las miradas. Yo tenía una tía abuela que tenía una biblioteca y me motivó mucho con la lectura. Ella era médium, se comunicaba con espíritus y era Rosa Cruz. Ella pertenecía a una sociedad teosófica donde todos eran médiums, que al mismo tiempo era una sociedad caritativa y ellos se reunían y ella se concentraba y veía por ejemplo una mujer pobre rodeada de niños en un campo como a cinco kilómetros de allí y veía que la mujer estaba planchando y se desmayó porque tenía varios días sin comer. Y mi tía decía “en tal campo, en tal sitio, pasa tal cosa” y la gente iba y efectivamente era así. Era cierto. Una semana antes de que esa tía muriera, mi mamá y yo fuimos a visitarla y ella me entregó dos cajas de los libros y los autores que a mí más me gustaban. Entre esas cajas ella agregó unos libros de astrología de Rosa Cruz. Eran textos profundísimos de vidas pasadas. Yo de eso no entendía nada, pero yo veía que eso era algo profundo. Era lo más profundo que había leído en mi vida. Me pasé años leyendo eso. Abría un libro y leía un párrafo y lo cerraba, y así seguí por varios años. Hasta que ya a los veinte años comencé a entender y me alimenté de ahí. Yo empecé a estudiar astrología sola. ¿Qué me llevó a eso? Porque cuando niño lees cosas que no entiendes pero tiene tal riqueza que sabes que ahí hay algo interesante. Entonces yo empecé a comprar esos libros y a estudiar por un asunto literario, los personajes. Por ejemplo, tú sacas una carta austral y lees que esta persona es racional por tal energía planetaria pero también es intuitiva por otra cosa. Ahí está la riqueza humana. Una persona no es sólo racional o sólo intuitiva, es tantas cosas. Fue un apetito de la curiosidad. Una curiosidad por entender la naturaleza humana. Yo soy astróloga por curiosidad y también soy escritora por curiosidad. Por querer comprender cosas a través de la palabra escrita.

¿Te parece que se combinan sin roces sin quiebres y sin rupturas tu ocupación como astróloga y tu dedicación a la escritura literaria?
He dejado el oficio de la astrología como trabajo porque me quitaba mucho tiempo. Ahí sí hay un roce porque o me dedico totalmente a la astrología o a la escritura. Yo tuve una época en la que me dejé embargar solamente por la astrología. Mis clientas, que eran mayormente mujeres, eran muy absorbentes. Yo tuve un consultorio formado, con una secretaria que daba los turnos. Pero entonces algunas de mis clientas me pedían turnos aunque sean las once de la noche porque tenían un problema y necesitaban que yo las ayude. Y yo que me creía la salvadora del mundo, aceptaba. Eso me dio un agotamiento crónico y el médico me dijo que debía dejarlo por lo menos por un año. Lo dejé, ahora lo hago sólo para consumo personal. Ya no tengo un consultorio. Por ejemplo, me gustaría sacar tu carta austral, porque me da curiosidad. Y porque con tanta experiencia ya he aprendido. Por ejemplo, yo sabía que eras Géminis y eso no es tan sorprendente. Porque tienes ese cerebro, conectas. En esto me impresiona tu capacidad de realmente entender. Astrológicamente eso es muy de Géminis. Claro que hay que cultivarlo. Cuando yo te vi, te vi muy geminiano. Eso creo que me aporta.

¿Te permite leer los comportamientos humanos?
Sí. La gente cree que es una manera de encasillar, pero no. Depende de cómo lo enfoques. Tú eres tú y nunca vas a ser completamente igual que otro geminiano. Pero lo bonito es ver cómo esos elementos que la astrología te atribuye te influencian, y los cultivas y los desarrollas y lo llevas por tu propio camino. Cuando yo tenía el consultorio vi tantas cosas. Me gustaba que la gente me contara sus historias.

El escritor es alguien que está escuchando historias. Que está atento a lo que sucede y a lo que le cuentan los otros.
Trabajando todo el tiempo.

Vos describías la situación de tu barrio de cuando tenías mucho ruido, la gente hablaba, interrumpía; y yo pensaba en tu vocación de poeta y en los escritores que mencionaste como poetas, como Alejandra Pizarnik. El temperamento de Pizarnik, no estoy hablando de ella como persona sino de su poesía, es muy melancólico. Sus poemas de refieren a la noche, la oscuridad y la muerte. ¿Cómo se conjugan en vos como poeta o en alguien que trabaja en los cuentos ciertas zonas melancólicas o experiencias de tristeza, como el cuento de Rosa o el de James Gato que no es del todo feliz en algunos de los cuentos, con ese ruido, con esa alegría? ¿En qué medida conviven esos dos estados de ánimo?
Yo creo que de todos modos el dominicano se disfraza para poder sobrevivir, para poder enfrentar desde la alegría. Creo que el clima influye y lo puedo decir ahora que vivo en un clima frío donde hay un invierno muy duro, que la gente ahí es como de hielo; y nunca oyes música en ninguna casa. Entonces ahora yo me doy cuenta de que cuando voy a Santo Domingo ese calor influye en el temperamento. Eso por un lado; por el otro también mi papá era un tipo de pueblo cuya adolescencia transcurrió durante la dictadura de Trujillo y yo siempre pienso mucho en eso: en ser adolescente en medio de una dictadura en un pueblo. Él era un espíritu rebelde, era un hombre triste. Él no era un dominicano bullanguero y se pasaba horas pensando y no le gustaba que lo molestaran y cuando pensaba su cara era triste. Él era escritor. Y yo pienso que todo escritor es inconformista. Yo soy alegre, me gusta bailar y todo pero ese no es el único lado de la vida; también me gusta la soledad y cuando estoy triste me gusta vivir mi tristeza a fondo y eso no tiene que ver con ser dominicana. Es que es mi momento. Cuando yo escribí ese cuento de la novia del atlántico yo lloré. Ahí hay mucha música pero yo lloré porque me duele que las mujeres de mi país no tengan acceso a cosas. Si quieres ser prostituta o trabajadora sexual que sea tu elección luego de haber ido a la escuela… pero no que sea tu única salida. Esa Jennifer de ahí existe y se llama así. Para mí fue duro conocerla y fue duro ver que la llevaran a ese punto. No lo pude superar ni siquiera escribiendo el cuento porque la realidad continúa y a nadie le importe. Ese cuento no lo ha leído nadie ni siquiera en República Dominicana, ese libro no se vende allá. Todos lo ignoraron. No quiero que lo lean para yo ser famosa, yo quiero que sepan que no todo es las palmeras y el mar. Ella está en la novela de James Gato. Hubo un crítico que presentó Emoticons y él comenzó diciendo que es un libro escribible porque te pone a escribir en el aire. En el cuento de Rebeca hay una discoteca donde ella se va a divertir; los tipos la buscan y ella espera que él saque un anillo de compromiso y lo que él saca es un celular. … Es verdad que somos fiesteros. La profesora Guerrero se escapó del sanatorio en Cuba. Ella pidió hablar con el director, después de mucho insistir la llevaron con él y ella le dijo al director: “Mire, usted está más loco que yo. Porque mi cabeza es libre. Entonces yo me voy de aquí”. Ella se paró, se fue y saltó un muro. Cogió un taxi y se fue a su casa, allí bebieron e hizo todo lo que quería. Luego fue al aeropuerto y allí le dijeron que tenía un impedimento para la salida; y ella con su verbo y su inteligencia logró que se lo quitaran y se apareció en mi casa. Cuando yo la vi pensé que era una aparición. Le dije: “¿Tú no estabas…?” Me respondió: “Sí, pero me escapé”. Imagínate un ser así. Los cuerdos opinaban que ella estaba loca porque ella era incómoda. Tú le caerías muy bien a ella. Ahora me doy cuenta: tú me hiciste como un guante que se pone al revés, me pusiste a hablar.