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viernes, 6 de febrero de 2015

“Una puta mierda”, por Jimena Néspolo

Una puta mierda, de Patricio Pron. Buenos Aires, El cuenco de plata, 2007, 123 págs.
Reeditado como: Nosotros caminamos en sueños. Buenos Aires, Mondadori, 2014, 128 págs.

Un escritor tiene varios modos de direccionar lecturas. El más común, y quizá también el más glamoroso o ingenuo, es la performance mediática (en todas sus variantes). Otro camino, quizá más arduo pero al fin de cuentas más eficaz, es el pavoroso ejercicio de la conciencia. De estos modos, Patricio Pron opta –según parece– por el que está plagado de obstáculos. 
En la contratapa de su novela Una puta mierda, encontramos el siguiente texto firmado por el autor: “La sospecha y la incertidumbre son los temas principales de mi generación literaria. Un día alguien escribirá las otras cosas de la guerra de Malvinas de las que yo nada digo aquí: las maestras que nos mentían, los padres asustados que nos mentían, la prensa imbécil que nos  mentía. Quien lo haga, en particular si es de mi edad, sabrá que aquella guerra fue para nosotros una victoria secreta porque trajo a nuestras vidas la mentira y la sospecha, que son las únicas herramientas de un escritor”. Más allá de la ironía furibunda, hay aquí al menos dos peticiones de lectura: por un lado, se hace explícita una referencia velada en el texto (esa guerra absurda que soldados inexpertos llevan a cabo en unas islas perdidas del Atlántico llamadas “Maldivas”, sobre la que se articula la novela, ancla ahora la homonimia en un acontecimiento histórico concreto: la guerra de Malvinas); por el otro, se enarbola el concepto de “generación literaria”, la existencia a priori de un “nosotros”, con lo cual la lectura a todas luces se complica puesto que establece un diálogo directo con el horizonte literario actual.
De todas las clasificaciones risiblemente posibles de las que consta –desde Borges– la enciclopedia china del mundo, la de “generación literaria” es si no la más arbitraria, al menos la más belicosa. Porque “re-conocer” en determinados caracteres idiosincrásicos de época los rasgos identitarios de una “generación” dada implica un posicionamiento complejo: por un lado, una “generación” se posiciona frente a las generaciones que la han precedido, frente al pasado literario y la tradición; se posiciona a su vez en su presente, ese “nosotros” funciona no sólo a modo de escudo protector frente a una realidad que se supone amenazante (léase: la presencia residual de la o las estéticas de las generaciones que la precedieron, etc.) sino también a modo de línea de avanzada de algo nuevo y allí es donde esgrime sus pretensiones de futuro, las proyecciones estéticas a las que como generación aspira.
Insisto: que Patricio Pron mente aquí el concepto de “generación” en la contratapa de una novela que bien podía ser leída como alegoría de todas las guerras absurdas que la humanidad ha padecido y padece, no es accidental ni mucho menos azaroso: Pron sabe muy bien que para Walter Benjamin, el crítico es un estratega en el combate literario. Durante todo el transcurso de Una puta mierda el lector asiste al modo en que flota sobre los personajes de esta guerra extrañada una bomba que nunca estalla ni se retira, tal si fuera un gigantesco zeppelín. Sospecho que, en el proyecto literario que el escritor se ha trazado, esta novela ha pretendido ocupar esa incómoda función.  
Dice el texto: “Ser un soldado no consistía en los hechos más que en esperar como un disciplinado violinista el gran momento que la gran partitura de la guerra te destinaba, el momento en que una bala, una bomba, una nube de gas o cualquier otra calamidad acababa con todos tus problemas. En ese momento comprendí que esa era la verdad primera y última de la guerra y su única justificación, y me pregunté cómo no lo había comprendido desde el principio, cuando buscaba explicaciones acerca de lo que sucedía. Mientras me quitaba la venda sólo podía recordar de todas ellas una, la que nos había dado Wolkowiski la noche que llegamos a las islas mientras tratábamos de dormirnos en nuestras literas. Wolkowiski dijo que íbamos a pelear esa guerra porque nuestro país estaba podrido pero nos advirtió de que la tropa no debía saber nada al respecto. (…) contó que unos meses atrás una empresa encargada de realizar unas excavaciones en el sur del país en busca de minerales preciosos había interrumpido su trabajo al encontrar que en el subsuelo de nuestro país no había oro ni plata ni diamantes sino mierda” (115-116). Sí, sólo mierda –dice el texto–. Y una mierda bien argentina: léase la última dictadura militar con sus treinta mil desaparecidos, la oligarquía terrateniente en connivencia con el poder yanki, o una hipócrita clase media que durante casi una década se dijo ciega y bienpensante: mucha mierda para todos los gustos que una guerra quiso ocultar.
Pero decíamos que el autor peticiona aquí también otra lectura desde el presente. No es casual, en este sentido, que Pron-crítico-estratega se haya dedicado en el último lustro a estudiar los procedimientos transgresivos de la obra de Copi. El resultado de esa investigación es su tesis de doctorado Aquí me río de las modas (Universidad de Göttingen, Alemania) que no sólo echa luz sobre la obra de un autor hasta el momento muy poco estudiado sino también sobre la literatura argentina de las últimas dos décadas. El autor ve en la siguiente afirmación emitida por César Aira en uno de sus ensayos un resumen de su programa, caracterizado –como se sabe– por la publicación incesante y el abandono de toda corrección: “Copi alcanzó la cima, la imperfección, que es la llave para hacerlo todo” porque “el que ha aprendido a dominar la imperfección (…) puede hacerlo todo, nada le está vedado”. A partir de allí, Pron analiza exhaustivamente desde una perspectiva narratológica la obra del escritor argentino fallecido 1987, escrita casi en su totalidad en francés, observando especialmente los procedimientos de la llamada “narración paradójica” y el modo en que ésta transgrede las convenciones creando relatos breves, novelas y cómics altamente innovadores. Con todo,  las apropiaciones de algunos de sus elementos por parte de tres escritores argentinos contemporáneos (César Aira, Alberto Laiseca y Washington Cucurto) resultan, luego de la lectura acabada de esta tesis, meros manierismos de una estética capital de la que serían deudores. Así, reencontrando a Copi, el derrumbe del reinado Aira y su “mala escritura” es casi un hecho.
Pero retomemos la novela, a ver qué dice al respecto: “Un par de soldados nuevos, uno al que llamaban Madame Pignou aunque era un hombre y otro que recibía el nombre ridículo de Copi, discutían acerca de si, al abrir un nuevo agujero, saldrían más militares argentinos u otra cosa y comenzaron a cavar a un costado” (111).
Cavar un pozo… Tomar la pala e intentar abrir un nuevo agujero. De eso se trata y repito: es preciso anoticiarse (algo que las antologías de “nueva narrativa argentina” que pululan frescas y de manera continuista en el mercado literario argentino de los últimos años no han hecho). Reivindicar el concepto de “generación” supone no sólo un posicionamiento complejo frente al presente y la historia, sino también la conciencia soberana de que el futuro vendrá a cobrarse con intereses cada una de nuestras impertinencias. Patricio Pron lo sabe. Yo lo sé. Y el que no lo sepa, es mejor que calle.


[Reseña publicada originalmente en la revista Quimera“Acerca de la mierda: el caso argentino”, Nro. 294, Barcelona, Mayo de 2008.]