Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

miércoles, 17 de diciembre de 2014

“Historias cruzadas”, por Felipe Benegas Lynch

Que paja ir al centro, de Martín Wilson. San Isidro, notanpüan, 2014, 260 págs.

La novela de Wilson se cuenta en caracteres: en el sentido inglés de character, pues el relato se organiza principalmente en fragmentos titulados según el nombre de los distintos personajes (Lucía, Willy, Pita, Chino, Vega, Carola, Carlitos, Diego, etc), pero también en el sentido de signo de escritura o de imprenta, como los caracteres contabilizados de Twitter. Esa es su moneda de cambio. La lengua aparece atravesada por un valor de mercado, atomizada en esa unidad que atraviesa fronteras lingüísticas, cuerpos, plataformas y formatos textuales. Estamos en el mundo de la producción televisiva y la publicidad. Willy se jacta de generar proyectos “Budget Cero”, explayando sus ideas en más o menos de tres mil caracteres. Lo suyo es “fragmentar las estructuras” (212), “contar historias, cuentos fragmentados, desordenados, enquilombados” (249). Pero fragmentos y caracteres están enhebrados por una pertenencia de clase que no deja de marcar el discurso y se aferra a los guiños locales: la Avenida del Libertador es su aleph, y por allí pasan los nombres de colegios privados, clubes, apellidos y la genealogía familiar, que se remonta de norte a sur. Así se puede leer en las memorias de guerra del abuelo Willie en la entrada del 26 de agosto del ´44:

Cuando me fui no había nada en San Isidro. Los Morgan, los Gainza y los Leech tenían fincas, unas chacritas para el fin de semana. Estaba la quinta Pueyrredón, que era linda. La casa de los Ocampo, familia azucarera creo, al igual que Chucky Leech.
Pero la mosca, la de verdad, estaba en el sur. Los ingleses estábamos en Lomas, en Quilmes, en Adrogué, en Temperley. Yo era hincha de Tempali, así lo pronunciábamos los inglesitos. Extrañaba el centro y la estación de Temperley.

La plata y las familias adineradas migran de sur a norte. La historia de Willie, piloto de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial, se va alternando con la de su nieto Willy. De los castillos de Inglaterra se pasa al castillo de Alvear, en Martínez; una catedral en Vermontier “parecía nueva entre tanto escombro, como la de San Isidro” (133). Todo a lo largo de esta sucesión de fragmentos, cartas, e-mails y memorias de la guerra el discurso deja en evidencia las marcas de pertenencia: hasta después de muerto Willy parece imponer la impronta estilística de su clase, que se deja ver en las vacilaciones del policía:

Murió con la boca cerrada y los ojos bien abiertos. Los labios estaban manchados de sangre. Un policía anotó en el expediente que parecía un payaso con los labios rojos. Había escrito colorado pero lo borró con liquid paper y escribió la palabra rojo en su lugar. (186)

Este tipo de banalidades se alternan con el drama de la guerra. El abuelo cae prisionero de los alemanes y padece cautiverio itinerante en territorio francés.
En tiempos de 140 caracteres Wilson se las ingenia para desquiciar la contabilidad y llevar adelante estas historias diversas que no son tan diversas. A fuerza de encerrarse en su territorio –el título marca ese límite– Wilson logra lo que se proponía Willy: escribir la historia de un tipo “que vive en un barrio cerrado y es feliz”.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

“Et in arcadia, ego”, por Leticia Moneta


Distancia de rescate, de Samantha Schweblin. Buenos Aires, Random House, 2014, 124 páginas.

           
La novela de Samanta Schweblin, Distancia de rescate, es quizás perfecta. Schweblin tiene un reconocido arte a la hora de narrar (obtuvo los premios Haroldo Conti, Fondo Nacional de las Artes, Casa de las Américas, Juan Rulfo) y esto puede comprobarse tanto en sus cuentos cortos (como los que componen el volumen Pájaros en la boca) como en el implacable deseo de seguir adelante página tras página en Distancia de rescate, en parte debido a una atmósfera de terror latente que se percibe agazapada a lo largo de la novela. Schweblin logra construir con delicadeza de picaflor los vínculos y sentimientos humanos: el de madre e hija, el de amigas, en este relato en el que las mujeres se apropian de la escena. Nunca cae en lo obvio, no pretende dar fórmulas, explicar aquello inexplicable. El peso narrativo, sin embargo, no está puesto en lo vincular, sino en eventos concretos que organizan una trama impecable.
Amanda se va de vacaciones al campo, a apenas cuatro horas de la ciudad, con su hija Nina. Su vecina, Carla, se hace amiga de ella y le cuenta las penas que sufre a causa de su hijo David. El campo parecería ser aquel espacio utópico de antaño, pero la muerte empieza a rondar y la protagonista explica insistentemente que “Tarde o temprano algo malo va a suceder” (44) y que por eso es necesario tener a su hija siempre a una cierta 'distancia de rescate' para evitar una posible tragedia. Como si eso fuera posible.
La novela insiste con dos elementos que se entrelazan y convergen. Por un lado la insistencia de David con evitar aquello que hace ruido y obstaculiza, “Eso no es importante”, dice una y otra vez, y tratar de dar con aquello que sí lo es y que escapará una y otra vez a la atención de los adultos. Por otro lado y complementándose con lo anterior, encontramos la tendencia a la lectura equivocada y al consecuente prejuicio. Así vemos a Carla malinterpretar la causa de la enfermedad de David, su comportamiento posterior, el malestar de Amanda y Nina, etc.
Y en consonancia con  estas lecturas equivocadas, encontramos que la novela también invita a la lectura precipitada y equivocada. En un principio hace sospechar un género no realista (¿es ciencia ficción? ¿es fantástico? ¿qué hacemos con ese elemento siniestro que nos persigue a lo largo de la obra?) o bien que el personaje está loco o alucinando. Pero nada de lo que suponemos es lo que sucede, así como el campo tampoco es ese espacio natural y sano que creemos. La historia fluye sencilla, con personajes que salen del libro sin necesidad de descripciones, y una atmósfera opresiva y cotidiana, apegándose al realismo más transparente.
Se solapa con esta mirada incisiva, realista y actual, el universo de la curandería o el espiritismo y la transmigración de almas, sin caer en lugares comunes ni opinar sobre el mismo. Schweblin incorpora este aspecto como tema, pero también es lo que habilita la perspectiva alucinada del punto de vista narrativo. Más cercana a Rulfo en esto que al fantástico de Cortázar o Borges, Schweblin elige ese otro lado del campo donde la pobreza, la precariedad y la superstición le abren la puerta a esas voces suspendidas en el umbral de la muerte. 
La estructura de la novela habilitaría con suma facilidad la puesta en escena de la misma. Se trata de un diálogo entre dos personas, como vamos descubriendo a medida que avanzamos con la lectura, pero que se desarrolla de un modo en algo indefinido, con cierta incertidumbre temporal y un modo de ir y venir en el relato que es similar a lo que sucedía en el film Memento (2000).
A esto debemos sumar que la sutileza de Schweblin le permite meterse con temas densos y de compromiso político sin ser densa ni polemizar. Simplemente muestra lo que es. Y en eso el relato gana altura, toca las estrellas y vuelve a traernos a esa tierra nuestra contaminada por pesticidas y poblada de víctimas de estas nuevas y venenosas formas de producción. Como rezaba la frase latina con la que Nicolas Poussin (1594–1665) tituló dos de sus cuadros pastorales, la muerte dice presente aun en la aparente paz del entorno rural: en el agua, en el aire y en los inmensos campos de soja del paraje campestre que Schweblin construye con siniestra precisión.


lunes, 1 de diciembre de 2014

"Los monstruos de Antonio Berni", por Luis Scafati



En el Malba una extraordinaria exposición de Antonio Berni reúne de manera impecable sus grabados, pinturas y objetos sobre las series de Juanito Laguna y Ramona Montiel. 
En esta tarde de domingo lluvioso, recorrimos con Marta la muestra, disfrutando el desborde creativo de este maestro, un genio que alguna vez conocimos personalmente.
Berni es el mas alto exponente de las artes visuales argentinas, y seguramente latinoamericanas. Su presencia en el panorama del arte internacional se destaca de manera notable.
En sus collages usa elementos de chatarra, piezas de autopartes, tarros de aceite aplastados y oxidados, fotos antiguas, ornamentos de madera, imágenes de la iconografía popular. Y todos ellos los incorpora al espacio pictórico como si fueran un color, un color que integra sabiamente a sus pinturas, creando atmósferas rotundas, plenas. Por momentos sus cuadros parecen objetos tridimensionales, un auto de juguete que sale del cuadro, pero atrás un espacio que se aleja, como lo hubiera pintado Bruegel.
Es que el arte de Antonio Berni es atemporal, a pesar que describe esta porción de la historia que nos toca y está incrustado en la problemática social de este lado del mundo.
En algunos grabados también recurre al collage, y podemos ver las planchas o matrices que se exponen casi como una expresión plástica autónoma en si misma.
Los monstruos que realiza de manera escultórica, recurriendo a objetos en desuso variados y heterogéneos, tienen la libertad y el juego que solo los niños conocen.
A lo largo de su vida Berni pasó por diferentes escuelas, pero en todas su oficio de artista se destacaba, desde el uso del color al manejo de las formas que dibujaba. Su gusto por las artes populares, por el kitsch y por el color han marcado su trabajo.
Es así que recomiendo con fervor esta muestra de Antonio Berni, altamente estimulante y reveladora.



Antonio Berni. Juanito y Ramona

Curadores: Maria Carmen Ramírez y Marcelo Pacheco

MALBA, Av. Figueroa Alcorta 3415 (hasta febrero de 2015).