Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

miércoles, 26 de noviembre de 2014

“Una historia sencilla”, por Felipe Benegas Lynch

Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014, 512 p.

Luego de leer las más de 500 páginas de Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero, me sentí como si hubiera terminado de ver Lo que el viento se llevó (1939). Lo digo por el largo, sí, pero también porque rescato un dejo cinematográfico en toda la cuestión, con una profusa banda de sonido incluida: Pink Floyd, Beatles, Led Zeppelin, Charly García, Pappo, Willie Colón, King Crimson, Pescado Rabioso, etc.
Pienso en Forrest Gump (1994), o en El gran pez (2003): el énfasis en el relato oral, la galería de personajes bizarros, los grandes caminantes, el contrapunto de hitos de la historia reciente (Perón, dictadura militar, Malvinas, vuelta de la democracia, diciembre del 2001, etc), la construcción de una geografía y un paisaje, el relato circular. Se trata de relatos extensos y clásicos, concebidos con la impronta de la novela decimonónica. Lo que la literatura le dio al cine (estas tres películas tienen su punto de partida en novelas) ahora vuelve a la literatura transformado.
Si bien Historia de Roque Rey invoca la palabra intemperie en muchas de sus páginas, al mismo tiempo insiste en construir y sostener la interioridad de un personaje: no se sale de la lógica de la clásica novela de personaje. Creo que ahí reside la fuerza y la ambición del gesto de Romero: su apuesta es el relato cuando este ya no parece posible en esos términos en el horizonte de la literatura. Como su personaje, RR se calza los zapatos de un muerto (o un zombie) y se pone a caminar.
La novela como se consagró en el siglo XIX con figuras como Dickens –uno de los pocos autores mencionados a lo largo de las 500 páginas– ha muerto. O, más bien, fue cooptada por la industria del cine o el flujo constante de novelas que repiten esa fórmula narrativa con un criterio puramente comercial, como si el siglo XX no hubiera ocurrido.
No es el caso de Romero, que se despacha con un novelón de personaje a contramano de las modas de la literatura más experimental sin caer en la ingenuidad de las fórmulas comerciales. Ahí hay un gesto: poner la historia en primer plano, dedicarse pura y exclusivamente a contar. Pero está claro que RR no vive en el siglo XIX y en su relato se siente la tensión con los códigos del cine, de la televisión, de la cultura en su versión popular y masiva. Ya en las primeras páginas uno se topa con una cita de “Penny Lane”, un epígrafe de Chesterton y la afirmación –casi una apología del cine– que cierra ese primer apartado: “la perfección es esta: el dolor es tan grande que tiene las dimensiones exactas del paisaje”.
Romero no tiene reparos en escribir después del cine, en retomar la tradición de contar después de que la máquina audiovisual llevara las posibilidades del relato a otro plano. Así le salen fragmentos como este, en el que la codificación cinematográfica de la felicidad hogareña le brinda una fórmula sintética y eficaz:

Para cuando llegó el invierno los tres convivían en una rutina de bienestar que no parecía tener fisuras. Iban juntos a todas partes, paseos, misas, eventos. Desayunaban, almorzaban y cenaban juntos pasándose los utensilios y las fuentes humeantes. Tenían la risa fácil y entusiasta. Nunca les faltaba el apetito y la curiosidad. Miraban la televisión en el living de la casa hasta quedarse dormidos en los sillones. Sobrevivían las noches como podían. (410)

Esa felicidad de fuentes humeantes y sonrisas satisfechas se superpone con el trasfondo, tenso pero no tanto, del triángulo tipo Lolita que se forma entre Roque, Natalia e Inés. No es la intensidad de Nabokov lo que se evoca, sino más bien la adaptación de la adaptación cinematográfica tipo road movie. De nuevo, se escribe después del cine. La literatura pareciera llegar hasta Dickens y Chesterton. En algún lado se habla de alguna novela policial. Lo que aparece hacia el final es CSI (Crime Scene Investigation) anticipando el apogeo de las series. También se infiltra la publicidad:

...continuaron la charla y los brindis en el negocio de Aragone, bebiendo a conciencia una botella de Johnnie Walker Black Label, uno de cada lado de un escritorio estilo inglés en el que sólo había un teléfono, la lámpara encendida, la botella y dos vasos. (449)

A través de todas estas capas discursivas Ricardo Romero narra como Roque Rey: “Eran relatos en tercera persona, recuerdos que volvía ajenos a fuerza de repetirlos, donde el protagonista siempre era otro.” (474) El narrador omnisciente que elabora minuciosamente esconde en la historia de Roque la del escritor con el que el personaje comparte las iniciales y el lugar de origen. Ambos, más que ponerse a decir algo, eligen contar: “...yo no tengo nada para decir, Inés. Pero puedo contarte muchas cosas... Porque por ejemplo, si yo digo ‘Pobres todos los que no están en esta pieza’, ¿estoy diciendo algo?” (493)
En esta pregunta vuelve a latir la intemperie: los que están afuera son los que aparecen dentro del televisor que ilumina a Roque mientras habla con su esposa muerta. Son pobres porque padecen la violencia del desastre del 2001. Roque insiste con su frase misteriosa y compasiva:

–Pobre la gente que no está en esta pieza –decía–. Pobres todos los que no están en esta pieza.
Lo dijo tantas veces que creyó o soñó que aparecía en uno de los sobreimpresos de la televisión, mientras un hombre oriental lloraba frente a las cámaras. (494)

Los de adentro y los de afuera confluyen dentro de esa caja donde todo reverbera. No hay intemperie posible. Roque, como Romero, lo sabe. Sin embargo insiste con retomar el relato y apagar la televisión, aunque más no sea por un rato: “Roque, a su pesar, abandonó el cuarto y se sumó a la triste realidad de los que no estaban ahí. Antes de salir, apagó la televisión”. (494)
Es sobre la “malvada arquitectura” de esa caja donde se juega lo que dice esta extensa reivindicación del relato verbal. El marco de la novela plantea un recorrido que toma el epígrafe de Chesterton como punto de partida: del árbol a la torre al comienzo, de la torre al árbol al final.
¿Es posible regresar al árbol?
¿La intemperie de la que habla la novela es la naturaleza?
¿“Esas islas dolorosas y ese río laberíntico y reverberante” (508)?
Más que la luz de la naturaleza, lo que reverbera de principio a fin en el texto es la luz oblicua de los televisores y del cine. La música, ya sea en tocadiscos, en walkman o en discman, hace las veces de banda de sonido. Se trata de la cultura en su versión masiva y popular, que todo lo alcanza. Y si, como dice en el último párrafo, “un día habrá tanta luz que, por fin, Roque Rey podrá caminar sobre las aguas” (508), será porque alguien adaptó la novela a la pantalla grande y lo están filmando.
Por ahora basta con el libro para entregarnos a una historia, la de alguien que baila con los zapatos de un muerto, pero también la de alguien que no se resigna a dejar de contar y ya desde el título marca ese afán subrayando, como hizo David Lynch en el ámbito del cine con su Historia sencilla allá por 1999 (The straight story, traducida como Una historia sencilla), que se trata de una historia, nada más.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

A sus plantas rendido un león


Texto de Jimena Néspolo
Fotografías de Matías Scafati


No fue por encontrar a Estela de Carlotto en el aeropuerto de Ezeiza. Tampoco por cruzarnos esa misma noche, antes de tomar el avión hacia Madrid, con Adrián Paenza, recientemente galardonado con el Premio Leelavati 2014, la mayor distinción otorgada a los divulgadores de matemática en el mundo. Esta crónica anunciada recién la hallaría en otros encuentros fortuitos y en una noticia leída por azar en un diario de provincia. Hasta entonces, sólo me habían llevado allí un congreso más o menos relevante y una disertación. Pero quiso la fortuna que Inés García Holgado, una de las querellantes en la causa argentina de los crímenes perpetrados por el Régimen Franquista, llegara a León el mismo día que nosotros y que luego la conociera personal y casualmente frente al ayuntamiento de Astorga, minutos después de haberme enterado de las actividades que allí se llevarían gracias a un cartel puesto en la entrada a la biblioteca del poblado por la joven fuerza política que hoy hace temblar al PP y al PSOE.

Detalle de capitel en el Monasterio de San Marcos
La nota publicada en el Diario de León, el 5 de noviembre, anunciaba la llegada de Inés para realizar una serie de actividades en homenaje a su tío abuelo, Luis García Holgado, en el momento en que la jueza argentina María Servini de Cubría dictaba a Interpol, desde Buenos Aires, la orden de detención contra veinte imputados por crímenes del franquismo (imputados entre los que se encuentran los exministros leoneses Rodolfo Martín Villa  y Fernando Suárez González).  
Concejal socialista en el ayuntamiento de la capital maragata entre 1931 y 1934, Luis García Holgado sería fusilado el 21 de septiembre de 1936 en la carretera de los Baños de Montemayor. “Aprendí la trágica historia de mi familia a través de los relatos de mi abuela Mauricia Holgado Barrio. Ella me contó cómo mis dos tíos abuelos (Elías y Luís García Holgado) fueron condenados por su  militancia política de izquierda, mi tío Vicente desaparecido durante la guerra y mi abuelo Vicente sospechosamente por las escaleras del séptimo piso de la Dirección General de Pesca en 1946”, cuenta Inés al rememorar cómo se inició hace quince años su búsqueda por la “memoria, la verdad y la justicia”. Antes de encontrar el expediente de su tío abuelo Luis García Holgado en el Archivo General de Salamanca participó en foros e investigó desde la Argentina todo lo que podía sobre el tema, cuando el juez Baltasar Garzón fue inhabilitado en 2008 se consideró la posibilidad de presentar una querella en Argentina. Inés fue entonces una de las primeras en presentar cargos: “Busco la investigación de la verdad, los nombres de quienes fusilaron y firmaron su sentencia de muerte si la hubiere”, y también “retratarlos ante la sociedad” pues aunque sus asesinos están muertos, “sus nombres quedarán para la historia” –afirma.
Pero yo he venido a León a un congreso sobre literatura fantástica, y antes de que la fe me encamine en la senda que me lleva a Inés y a la legendaria tumba del apóstol Santiago, escucho varias intervenciones que plácidamente se acomodan en la religión borgeana y su libro de oraciones. Un posmodernismo de oficinistas en patines que le enseñan al toro cómo bajar el testuz para que la saeta argentina se clave. Y no.  

Peregrino en el "Camino a Santiago"

La ciudad de Astorga se encuentra a cuarenta y cinco kilómetros de León, siguiendo el “Camino a Santiago”, una ruta que unía el finis terrae hispano con el resto de Europa. Astorga y León crecieron durante la expansión colonial romana durante los primeros siglos de la era cristiana. La victoria militar del César en la zona supuso la inminente pacificación, garantizada por dos legiones y la explotación de los recursos auríferos y humanos; para ello Roma estableció estos dos centros neurálgicos: Asturica Augusta (Astorga), gran ciudad del Noroeste emplazada en una encrucijada de caminos en territorio aurífero, y León, el único acantonamiento militar en Hispania durante todo el imperio (la Legio VII Gemina). Así, la malla administrativa romana encontraba en el oro de la zona un punto estratégico para el sistema monetario de Augusto, de allí que en el resto del territorio astur la presencia romana fuera si no escasa, gradual. Como si se tratara de las cuentas de un rosario, la ruta hacia la legendaria tumba de Santiago Apóstol hizo crecer las ciudades a su vera, estableciendo una red de templos y hospitales que albergaban por igual tanto a los ejércitos cristianos como a los peregrinos llegados de todo el orbe. Las imágenes del santo patrono de España, patrono –además– de la provincia argentina de Mendoza, a quien la Virgen Santísima se le apareció “en un pilar de jade” –según asegura la tradición– para invocar su presencia en Jerusalén, se suceden como íconos, coartadas, estampas: la temible valencia bifronte que impone la moneda del Imperio. Porque el mártir cristiano es también el santo protector de los temibles Caballeros de la Orden de Santiago. La orden a la que perteneció el humorista Quevedo. La orden de Santiago Matamoros. La religión del Cristo enamorado es también, para otros, la religión de la sangre.

Sepulcro en la Catedral de León 

Cuatrocientos años de Inquisición. Cuarenta de franquismo. Pienso, ¿cómo se impone el horror? ¿Cómo se transmite y se inyecta en las nuevas generaciones? Un terror profundo que incluso, a veces, pareciera disfrazarse de cinismo. De vacuidad. De miedo.
La conferencia de David Roas, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, revisa las principales modulaciones del fantástico moderno para detenerse en la categoría del “miedo” y postular la existencia de un fantástico actual que vira hacia el humor pero que no abandona la revulsividad del género. Hebert Benítez, de la Universidad de la República de Uruguay, retruca su intervención: la categoría de “miedo”, si existiera como tal, no puede ser pensada fuera de su imbricación socio-histórica, de su transformación temporal, de su pregnancia política. “Hoy los vampiros –contesta Roas en broma– no despiertan miedo”.  
Hay un filón tragicómico que recorre toda la historia literaria española. El escritor José María Merino, en la conferencia de clausura del congreso, se solaza en él. Dispara el aplauso fácil, tiene don de gentes –se dirá–, aunque sea número activo de la Real Academia Española.
Mi abuelo materno se fue de España a los siete años, con hambre. Acompañó a su padre que venía a trabajar. Luego de un breve regresó, se afincó definitivamente en Argentina. En uno de sus viajes se cambió el apellido. Abandonó el “Pajarín” por un apellido neutro que no llamara la atención ni generara burlas; un “Alvarez” como el de la organizadora del congreso al que asisto. Mi abuelo Luis. Sus manos cuadradas y duras. Esa convicción en la certeza de lo dado: tan española, tan suya.

Palacio Episcopal de Astorga

Entre conferencias y disertaciones, junto a mi compañero recorremos las joyas arquitectónicas del lugar y vislumbramos dos de las tres obras realizadas por Antonio Gaudí fuera de Catalunya: la Casa Botines y el Palacio Episcopal de Astorga. Sin embargo, es la abadía de San Marcos, su fachada plateresca considerada como una perla del Renacimiento Español, su iglesia de gótico hispano tardío y, principalmente su historia la que nos paraliza de miedo. La fachada monumental y los juegos del terror son, en todas las latitudes, atrozmente recurrentes. A partir de 1836, año en que se abandona su uso conventual, el edificio pasa a ser sucesivamente: sede de un instituto de segunda enseñanza, una casa de corrección eclesiástica, una escuela de veterinaria, un hospital penitenciario, una cuadra de sementales y, para redundancia de la absurdidad y el horror de la “Marca España”: campo de concentración y de torturas de prisioneros republicanos entre 1936 y 1940. El poeta Victoriano Crémer (1906-2009), detenido allí por su vinculación con los movimientos sindicales, cuenta esa experiencia en El libro de San Marcos (1981): “Quien no haya muerto alguna vez no sabe la enorme presión interior que el hombre es capaz de soportar. No estalla, porque lo que envuelve al ser humano son corazas superpuestas… Para llegar a la sangre hay que cavar hondo… Nosotros sabíamos lo que era morir de noche porque nuestros guardianes jugaban a matarnos con fingimientos espectaculares. Nos fusilaban de mentira contra los tapiales del patio. De esas pruebas volvíamos a nuestras celdas muertos”. 

Monasterio de San Marcos

¿Qué es, hoy, el “miedo”? ¿Qué burbuja de intramuros nos adoctrina en la impermeabilidad del confort y del cinismo?
El Ateneo Republicano de Astorga detalla la muerte de Luis García Holgado. Después de muerto a tiros fue pisoteado y aplastado varias veces por un carro y su cadáver estuvo expuesto durante días en el pueblo de Hervas como ejemplo de “rojo”. Nacido en La Fregeneda, Salamanca, en 1897, llegó a Astorga como funcionario de Correos. En la capital maragata se inició en la militancia política y sindical, y formó familia. Fue concejal socialista hasta que en 1934 es detenido por participar en un levantamiento. Volvió a la militancia política y llegó a ser teniente alcalde del municipio cacereño. El golpe de 1936 lo encuentra en Madrid. Fue detenido y torturado antes de ser fusilado.
Los paseos turísticos que la reivindicación de una memoria histórica de souvenir ha emplazado a lo largo y lo ancho de toda España –tema que articula de fondo la reciente novela de Javier Cercas, El impostor–  no han logrado acallar el corazón de esa apuesta: la demanda de justicia en tiempo presente. Eso que Pablo Iglesias, el líder de PODEMOS, el nuevo movimiento político ciudadano nacido del hartazgo generalizado frente a la corrupción de las castas dirigentes, ha denominado “abrir el candado del 78” para poder iniciar un proceso constituyente capaz de revisar las bases judiciales, políticas y económicas de la Transición.
Que Inés cierre el homenaje a sus antepasados recordando el poema de Luis Cernuda “1936” es, sencillamente, fantástico. 
Yo, la aplaudo.  

Antiguo puente sobre el Río Bernesga

viernes, 14 de noviembre de 2014

“Jimena Néspolo, en pose de combate”, por Ana Gallego Cuiñas

Texto leído en la presentación de Tracción a sangre. Ensayos sobre lectura y escritura (Katatay, 2014) de Jimena Néspolo, el 11 de noviembre de 2014 en el Palacio de la Madraza, Universidad de Granada, España.





“la historia de una mujer y su relación con distintos
hombres en un trasfondo de viajes y patologías exasperadas”
Héctor Libertella. Personas en pose de combate


Empezar una presentación es un instante crucial, como cuando se comienza a escribir una novela. Es el instante de la elección y en él se nos ofrece la posibilidad de decirlo todo, de todos los modos posibles, pero tengo que elegir en esta ocasión un solo motivo significativo que condense y revele la posición (de combate) desde la que lee Jimena Néspolo en su libro de ensayos Tracción a sangre, publicado este mismo año en la editorial Katatay. Y mi elección ha sido comenzar este ensayo con un título “aguerrido” que se apropia de la palabra ajena de Héctor Libertella para hablar de otra gran conquistadora “guerrera” de literaturas extrañadas y foráneas: Jimena Néspolo. Autora que conocí hace justo dos años –causalidades de la vida– en algún lugar de Buenos Aires “gracias (y ahora gloso unas líneas de la novela de Libertella que antecedía este texto) a difusas combinaciones –amigos de amigos, seguramente– que hicieron que pronto sintiera que había complicidad. De qué tono, el tiempo iba a decidir”. Y ha decidido, cristalizado en un tono de incipiente amistad cuyos bemoles “suenan” a Wagner, y a esa pulsión que uno tiene –como decía Woody Allen– de invadir Polonia cada vez que lo escucha. Porque algo parecido sentí cuando terminé de leer Tracción a sangre: ganas de dinamitar el campo argentino de batallas literarias, en el que –como sucede en otras tradicionales nacionales– se disputa el capital simbólico sobre la base de dos principios de jerarquización: el mercado y la academia. Ciertamente, Néspolo enfrenta en estas lecturas bélicas poéticas capitales argentinas (aunque también dedica secciones a otras letras, yo me voy a centrar en las argentinas que aglutinan la mayor parte de estas páginas), dando cuenta a su vez de los enfrentamientos (disputas y polémicas) que se han librado en torno a “campos de lectura” que han prefigurado escritores como Piglia, Aira, Cortázar, Di Benedetto, Bianco, Lamborghini, Copi, Libertella, Bellesi, Cohen, Tabarovsky, Kohan, Pauls, Guillermo Martínez, Gorodisher, Gamerro, Cucurto, Neuman, Matías Néspolo, Pron, etc. (seguro que me he dejado algún cuerpo en el camino) y, por supuesto, el inmortal (y traicionero) Borges.
En rigor, la literatura argentina se ha hecho a sí misma desde sempiternas tensiones en la configuración de un canon –terreno muy disputado– que se ha cimentado sobre binomios de polaridades, como si de ejércitos se tratase: civilización/barbarie (Sarmiento); Florida/Boedo (Arlt, Borges); Populismo/Vanguardia (Piglia, Saer); Babel/Shangai (Fresán, Pauls); malo/bueno (Prieto, Laddaga); legible/ilegible (Garcés, Tabarovsky). Clasificaciones que, como demuestra Jimena Néspolo en este libro, son parciales y superficiales, no operativas en la actualidad, momento en que el objeto literario se ha “fantasmatizado” por la yuxtaposición de criterios que evidencian “el problema de la lectura y la conformación del campo” (y sus apropiaciones) argentino, especialmente combativo y diestro en “el arte de la guerra”. No obstante, estas polaridades siguen teniendo vigor en el presente donde se impone a todas luces la dialéctica de la academia (UBA, que es la gran hacedora del canon literario argentino) frente al mercado. Además hay que recordar que los capitanes generales de estas guarniciones han sido y son en la Argentina los escritores –profesores universitarios como Borges, Piglia, Saer, Kohan, y la propia Jimena Néspolo– que con sus críticas han redefinido la tradición literaria nacional, hasta el punto de que esta “intervención” del escritor en la lectura de sus predecesores es “marca” indeleble y peculiaridad –respecto a sus pares latinoamericanos– de las ficción argentina. Si el gran oficio de los escritores hispánicos hasta el ecuador de la pasada centuria era el periodismo (debido al crecimiento de los mass media), en la segunda mitad ha sido la enseñanza en la universidad. En la Argentina esta realidad es más acuciada que en el resto de países de lengua española, lo que supone un trasvase del ejercicio de la crítica literaria a la ficción y viceversa, que se revela por la vía de la hiperconsciencia de la escritura así como de las dimensiones del campo de batalla (y del número de soldados que integra cada guarnición) donde se legitima un canon: es decir, donde se gana la guerra.
En este punto, la pregunta que se precipita es clara: ¿dónde se sitúa la soldado Jimena Néspolo? La respuesta ya nos la da el título de este cuerpo textual de ensayos sometidos a la tracción “por la acción de dos fuerzas opuestas que tienden a alargarlo” (segunda acepción del DRAE). En verdad, la autora se pone en combate “entre” estos batallones, arriba, abajo, a un lado y a veces a otro. No es baladí que sea escritora, profesora y también periodista: por lo que se escapa del binomio antes descrito. Por ello cabría aplicar igualmente la primera acepción del vocablo “tracción” a los textos reunidos en este libro: “Acción y efecto de tirar de algo para moverlo o arrastrarlo”. Es claro: Jimena tira –sobre o desde un caballo de batalla– del carro bifronte cultural argentino, empleando la (auto)parodia, el sarcasmo y la ironía como principales puntas de lanza de una lectora “escindida” y “disruptiva”. Traccionada y traccionando (si se me permiten los vocablos y el gerundio), Néspolo traiciona la tradición argentina: cito del libro “Se trata de plantear relaciones impertinentes, hacer preguntas incómodas; quebrar el cerco crítico que supone abordar los textos como islas autoformadas en un hedonismo solipsista […] de abrir nuevas ventanas al mundo y sacudir con ahínco los esclerosados pensamientos” (36-37). Y desde luego, lo consigue mediante una capacidad extraordinaria para comunicar y meterse en la piel del lector (también como escritora, productora de sentidos), saliendo y entrando del objeto literario para constatar que su “valor” es hoy más contingente e inaprensible que nunca. Con lo cual, nuestra autora redunda en el cambio de episteme cultural a comienzos del siglo XXI, así como en el hecho de que habríamos de hablar más bien de posiciones de lectura en virtud de que “lo literario” (cuyos contornos hoy están más difuminados que nunca) designa más a una manera de leer que de escribir. Por eso diagnostica síntomas de lecturas que se practican actualmente en el campo argentino, con el horizonte cultural del sincretismo global. O mejor: evidencia la tracción de una suerte de fuerza centrípeta que traza un círculo del no-tiempo, de la repetición de determinadas formas de lectura que luchan por imponerse en la tradición. Cito: “Gauchos matreros, compadritos, cuchilleros, bravucones, bibliófilos, impenitentes, petardistas mesiánicos o falsificadores, enciclopedistas, egocidas y plagiarios conforman la trama discernible de notables precursores que hacen a nuestro panteón nacional […] Con todo, es curioso observar cómo opera en Argentina el no tan discreto engranaje de legitimaciones que conforman aquello que damos en llamar Literatura y la menguada realidad corporal de sus protagonistas” (77). Incluso uno de los capítulos que integra la segunda parte del libro llamada “Sangres” (las otras dos se denominan “Elogios” y “Movimientos”) se titula: “Acerca de la mierda y el ojo del culo argentino”. Y ahí, según Néspolo, el “mal de Aira” (en el sentido de Vila-matas) y sus aires (acumulativos, cínicos, disparatados, balcanizadores de tramas y valores estéticos) ganaría la batalla de la tradición argentina que está por venir. Aunque hay que precisar que esta, como construcción de un patrimonio cultural que permanece –y debe ser conservado– es una fuerza en movimiento intencionada pero también modificable.Tal vez el reguero de sangre que ha dejado tras de sí la combatiente –y camarada– Jimena Néspolo en este libro cambie algunas poses y la marcha triunfal de algunos pasos.  

Ana Gallego Cuiñas, Jimena Néspolo y Juan Varo.