Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

viernes, 13 de junio de 2014

“La justa medida de una obra colosal”, por Enzo Cárcano

Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. Ed. crítica, introducción y notas de Javier de Navascués. Buenos Aires, Corregidor, 2013, 768 páginas.  

En una reseña publicada en la revista Sur en noviembre de 1948, Eduardo González Lanuza despachaba, con descarnada ironía y visible desdén, la primera novela del que había sido uno de sus compañeros en la vanguardia porteña de los años veinte: Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. El autor de Prismas criticaba, entre otras tantas cosas, la falta de originalidad de la novela —a la que consideraba una mala imitación del Ulyses joyceano— y el estilo de la prosa marechaliana, que le resultaba bajo y degradante: “Al lado del [lenguaje] que utilizan los personajes de Adán Buenosayres, el empleado en nuestras canchas de fútbol es digno de una fiesta de fin de curso en un colegio de monjas”. Juicios como estos eran la opinión generalizada en aquellos primeros años de vida del texto. Las tendencias políticas de Marechal, militante peronista, y su enemistad con el grupo que se reunía en torno a las figuras de Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo, fundadora de Sur, hizo que no solo González Lanuza, sino también Emir Rodríguez Monegal —quien ensayaría una tibia rectificación en 1969— y otros tantos reaccionaran negativamente contra el libro. Como bien señala Javier de Navascués: “Solo se levantó una voz discordante: la de Julio Cortázar, quien firmaba un artículo laudatorio en la revista Realidad, dirigida entonces por Franciso Ayala. Esta reseña [...] tuvo el mérito de señalar caminos interpretativos solo encauzados décadas más tarde. Pero su defensa, por muy talentosa que fuera, no pudo impedir que una conspiración de silencio rodease a Adán Buenosayres durante más de quince años” (12).
No obstante el tiempo que transcurrió entre la publicación y el redescubrimiento, la novela de Marechal, como todas las grandes obras, consiguió hacerse un lugar entre las más importantes —las indiscutiblemente canónicas— de la literatura argentina y latinoamericana. La vigencia e importancia de esta obra se comprueba cabalmente en una nueva edición crítica, tercer volumen de la colección Ediciones Académicas de Literatura Argentina Siglos xix y xx (eala) del sello argentino Corregidor, que confió a Javier de Navascués, profesor titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Navarra, la preparación del texto introductorio de Adán Buenosayres. La introducción contempla tanto el análisis de la novela como el de su recepción e influencias, y es acompañada de una selección de bibliografía crítica, cuatro anexos, una detallada bio-cronología preparada por la hija del autor, María de los Ángeles Marechal, y abundantes notas que, además de aportar datos esenciales para la lectura, informan sobre las variaciones entre los distintos manuscritos de la obra.
Pero además de la cuidada elaboración, esta edición de Adán Buenosayres ostenta otros atractivos singulares: es la primera publicada en la Argentina (las otras dos, la de Pedro Luis Barcia y la de Jorge Lafforgue y Fernando Colla, se editaron fuera del país), la primera en la que se contó con todo el material preparatorio de la novela (diez manuscritos de puño y letra del autor proporcionados por la hija de este a Navascués) y la primera que aparece acompañada de algunos documentos de inestimable valor histórico-filológico: fotografías, facsímiles de dibujos, el plan sobre el capítulo i del Libro i (anexo i); la transcripción, hasta ahora inédita, de parte del diálogo que Marechal mantuvo con el público luego de una conferencia pronunciada en 1969 (anexo ii); algunas notas del plan sobre el Infierno de los violentos (anexo iii); y un par de cartas, una de ellas inédita, entre Marechal y Julio Cortázar (anexo iv), en las que se adivina el cariño mutuo de estos dos grandes escritores: “A mi entender —señala el autor de Adán Buenosayres—, La Rayuela y Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, son los dos monumentos de nuestra narrativa que se yerguen, insólitos y ariscos, entre las pequeñeces que dejó ese género literario en nuestra última década” (759).
En aquella reseña de 1948, González Lanuza justificaba la rigurosidad con la que juzgaba la novela de Marechal aduciendo que este mismo había sido quien la había tildado de “novela genial”, y que a él, como crítico, no le quedaba más que colocarse en ese punto de mira: “Así, pues, creo proceder con lealtad si juzgo esta obra por todo lo alto, desde el pináculo de la genialidad en que su autor quiso colocarla” (88). Quizá este haya sido el único juicio crítico acertado de González Lanuza, cuya filosa ironía no hace más que subrayar la grandeza de Adán Buenosayres; grandeza que, en la reciente edición de Navascués para la colección eala de Corregidor, encuentra su versión más propicia.  

viernes, 6 de junio de 2014

“Una novela de iniciación”, por Fabián Soberón

Cuando te vi caer, de Sebastián Basualdo. Buenos Aires, Bajo la luna, 2014 (2°ed.), 196 págs. 

En Cuando te vi caer, la guerra de Malvinas es el río de fondo, la corriente profunda e invisible que corroe la superficie de la realidad. Lautaro es un joven que ha quedado sin padre y que convive con su madre, sus abuelos y con un padre no biológico, el novio de su madre. Ese hecho simple condiciona la estructura de la novela y la mirada de los hechos. La novela no sería la misma si estuviera narrada por la madre de Lautaro o por el abuelo. Parte del logro formal y material de Cuando te vi caer tiene que ver con  la elección del narrador y el punto de vista. El que narra es Lautaro. Y es él el que cuenta cuánta admiración siente por Francisco, el ex combatiente, el héroe de la guerra y de su vida.
La guerra es un mar de fondo, un poderoso explosivo que detona, lentamente, en la compleja superficie de la vida. La punta del iceberg es el cuerpo de la novela y en esa piel propicia y cotidiana sucede la atribulada vida de los personajes. Es impactante la trayectoria de Francisco y, sobre todo, es notable cómo repercute esa existencia anodina y crucial en Lautaro y cómo configura, a partir de ahí, el camino del aprendizaje de Lautaro. Se podría decir que Cuando te vi caer encarna o propone una forma díscola e indirecta de la novela de iniciación. En un barrio violento que se parece a un pueblo (Villa del parque), entre amigos diversos y dispersos, Lautaro aprende la lógica del amor, del valor y de la traición. Eso es la vida para Lautaro: una forma velada de la delación, una montaña empinada que hay que subir y que tiene en la cumbre las formas encubiertas y directas de la mentira, del amor y de la tristeza.
“¿Cuál es el sentido de las cosas?” es una pregunta que recorre, como un fantasma, la novela. Lautaro no sabe (nadie sabe, podríamos decir) cómo son las cosas, en realidad. O peor: nadie quiere ir hasta el fondo de las cosas. Los hechos nunca son lo que parecen. Francisco es el héroe de la guerra pero será otro luego de un giro insospechado. La madre no sólo es una mujer abnegada que atiende a su hijo. Es también la que engaña y la que recurre a la mentira para alcanzar la felicidad. La tía es una mujer que no alcanza su objetivo. El tio Migliolo es un perdedor inquieto y desaforado que nos enseña el costado delirante de las cosas. El abuelo, el Caballero Rojo, es el único, quizás, que permanece inalterable frente a la mirada de Lautaro.
¿Qué es un barrio? ¿Qué es la juventud? ¿Qué es una guerra? ¿Qué es la traición? Estas preguntas estructuran la novela de Sebastián Basualdo. Y las respuestas proponen un rompecabezas artliano y poético sobre los años de formación de los jóvenes en los años 90. Si toda novela narra, en sus pliegues, una forma de la novela familiar, la primera novela de Basualdo es el relato de una familia descolocada por un hecho del pasado (individual y social) en un barrio de Buenos Aires. El narrador no es un héroe ni un perdedor. Es algo peor: es quien recibe los efectos inevitables y perniciosos de la guerra, como un eco difuso  de la guerra. Por eso, su mirada -a la vez cándida y desesperada- encandila y enciende todo lo que toca. Los hechos son vistos desde los destemplados ojos de un joven que descubre la desolación. ¿Es ese el riesgo que implica la madurez? ¿Acaso la madurez supone la irrupción del desencanto del mundo producido por el descubrimiento del sin sentido de las cosas, de las acciones humanas?
Cuando te vi caer es una novela notable que muestra de qué manera se caen los velos en una etapa de la vida. Muestra que el fracaso no es una metáfora sino el resultado material de determinadas condiciones familiares y sociales. La guerra de Malvinas, entonces, no es sólo el brillo opaco en la punta del iceberg sino el trasfondo ciego que descoloca a Lautaro y a toda la familia. ¿Acaso hay mayor desconcierto que el que produce lo que no se puede ver, aquello que condiciona desde las sombras?