Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

miércoles, 17 de diciembre de 2014

“Historias cruzadas”, por Felipe Benegas Lynch

Que paja ir al centro, de Martín Wilson. San Isidro, notanpüan, 2014, 260 págs.

La novela de Wilson se cuenta en caracteres: en el sentido inglés de character, pues el relato se organiza principalmente en fragmentos titulados según el nombre de los distintos personajes (Lucía, Willy, Pita, Chino, Vega, Carola, Carlitos, Diego, etc), pero también en el sentido de signo de escritura o de imprenta, como los caracteres contabilizados de Twitter. Esa es su moneda de cambio. La lengua aparece atravesada por un valor de mercado, atomizada en esa unidad que atraviesa fronteras lingüísticas, cuerpos, plataformas y formatos textuales. Estamos en el mundo de la producción televisiva y la publicidad. Willy se jacta de generar proyectos “Budget Cero”, explayando sus ideas en más o menos de tres mil caracteres. Lo suyo es “fragmentar las estructuras” (212), “contar historias, cuentos fragmentados, desordenados, enquilombados” (249). Pero fragmentos y caracteres están enhebrados por una pertenencia de clase que no deja de marcar el discurso y se aferra a los guiños locales: la Avenida del Libertador es su aleph, y por allí pasan los nombres de colegios privados, clubes, apellidos y la genealogía familiar, que se remonta de norte a sur. Así se puede leer en las memorias de guerra del abuelo Willie en la entrada del 26 de agosto del ´44:

Cuando me fui no había nada en San Isidro. Los Morgan, los Gainza y los Leech tenían fincas, unas chacritas para el fin de semana. Estaba la quinta Pueyrredón, que era linda. La casa de los Ocampo, familia azucarera creo, al igual que Chucky Leech.
Pero la mosca, la de verdad, estaba en el sur. Los ingleses estábamos en Lomas, en Quilmes, en Adrogué, en Temperley. Yo era hincha de Tempali, así lo pronunciábamos los inglesitos. Extrañaba el centro y la estación de Temperley.

La plata y las familias adineradas migran de sur a norte. La historia de Willie, piloto de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial, se va alternando con la de su nieto Willy. De los castillos de Inglaterra se pasa al castillo de Alvear, en Martínez; una catedral en Vermontier “parecía nueva entre tanto escombro, como la de San Isidro” (133). Todo a lo largo de esta sucesión de fragmentos, cartas, e-mails y memorias de la guerra el discurso deja en evidencia las marcas de pertenencia: hasta después de muerto Willy parece imponer la impronta estilística de su clase, que se deja ver en las vacilaciones del policía:

Murió con la boca cerrada y los ojos bien abiertos. Los labios estaban manchados de sangre. Un policía anotó en el expediente que parecía un payaso con los labios rojos. Había escrito colorado pero lo borró con liquid paper y escribió la palabra rojo en su lugar. (186)

Este tipo de banalidades se alternan con el drama de la guerra. El abuelo cae prisionero de los alemanes y padece cautiverio itinerante en territorio francés.
En tiempos de 140 caracteres Wilson se las ingenia para desquiciar la contabilidad y llevar adelante estas historias diversas que no son tan diversas. A fuerza de encerrarse en su territorio –el título marca ese límite– Wilson logra lo que se proponía Willy: escribir la historia de un tipo “que vive en un barrio cerrado y es feliz”.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

“Et in arcadia, ego”, por Leticia Moneta


Distancia de rescate, de Samantha Schweblin. Buenos Aires, Random House, 2014, 124 páginas.

           
La novela de Samanta Schweblin, Distancia de rescate, es quizás perfecta. Schweblin tiene un reconocido arte a la hora de narrar (obtuvo los premios Haroldo Conti, Fondo Nacional de las Artes, Casa de las Américas, Juan Rulfo) y esto puede comprobarse tanto en sus cuentos cortos (como los que componen el volumen Pájaros en la boca) como en el implacable deseo de seguir adelante página tras página en Distancia de rescate, en parte debido a una atmósfera de terror latente que se percibe agazapada a lo largo de la novela. Schweblin logra construir con delicadeza de picaflor los vínculos y sentimientos humanos: el de madre e hija, el de amigas, en este relato en el que las mujeres se apropian de la escena. Nunca cae en lo obvio, no pretende dar fórmulas, explicar aquello inexplicable. El peso narrativo, sin embargo, no está puesto en lo vincular, sino en eventos concretos que organizan una trama impecable.
Amanda se va de vacaciones al campo, a apenas cuatro horas de la ciudad, con su hija Nina. Su vecina, Carla, se hace amiga de ella y le cuenta las penas que sufre a causa de su hijo David. El campo parecería ser aquel espacio utópico de antaño, pero la muerte empieza a rondar y la protagonista explica insistentemente que “Tarde o temprano algo malo va a suceder” (44) y que por eso es necesario tener a su hija siempre a una cierta 'distancia de rescate' para evitar una posible tragedia. Como si eso fuera posible.
La novela insiste con dos elementos que se entrelazan y convergen. Por un lado la insistencia de David con evitar aquello que hace ruido y obstaculiza, “Eso no es importante”, dice una y otra vez, y tratar de dar con aquello que sí lo es y que escapará una y otra vez a la atención de los adultos. Por otro lado y complementándose con lo anterior, encontramos la tendencia a la lectura equivocada y al consecuente prejuicio. Así vemos a Carla malinterpretar la causa de la enfermedad de David, su comportamiento posterior, el malestar de Amanda y Nina, etc.
Y en consonancia con  estas lecturas equivocadas, encontramos que la novela también invita a la lectura precipitada y equivocada. En un principio hace sospechar un género no realista (¿es ciencia ficción? ¿es fantástico? ¿qué hacemos con ese elemento siniestro que nos persigue a lo largo de la obra?) o bien que el personaje está loco o alucinando. Pero nada de lo que suponemos es lo que sucede, así como el campo tampoco es ese espacio natural y sano que creemos. La historia fluye sencilla, con personajes que salen del libro sin necesidad de descripciones, y una atmósfera opresiva y cotidiana, apegándose al realismo más transparente.
Se solapa con esta mirada incisiva, realista y actual, el universo de la curandería o el espiritismo y la transmigración de almas, sin caer en lugares comunes ni opinar sobre el mismo. Schweblin incorpora este aspecto como tema, pero también es lo que habilita la perspectiva alucinada del punto de vista narrativo. Más cercana a Rulfo en esto que al fantástico de Cortázar o Borges, Schweblin elige ese otro lado del campo donde la pobreza, la precariedad y la superstición le abren la puerta a esas voces suspendidas en el umbral de la muerte. 
La estructura de la novela habilitaría con suma facilidad la puesta en escena de la misma. Se trata de un diálogo entre dos personas, como vamos descubriendo a medida que avanzamos con la lectura, pero que se desarrolla de un modo en algo indefinido, con cierta incertidumbre temporal y un modo de ir y venir en el relato que es similar a lo que sucedía en el film Memento (2000).
A esto debemos sumar que la sutileza de Schweblin le permite meterse con temas densos y de compromiso político sin ser densa ni polemizar. Simplemente muestra lo que es. Y en eso el relato gana altura, toca las estrellas y vuelve a traernos a esa tierra nuestra contaminada por pesticidas y poblada de víctimas de estas nuevas y venenosas formas de producción. Como rezaba la frase latina con la que Nicolas Poussin (1594–1665) tituló dos de sus cuadros pastorales, la muerte dice presente aun en la aparente paz del entorno rural: en el agua, en el aire y en los inmensos campos de soja del paraje campestre que Schweblin construye con siniestra precisión.


lunes, 1 de diciembre de 2014

"Los monstruos de Antonio Berni", por Luis Scafati



En el Malba una extraordinaria exposición de Antonio Berni reúne de manera impecable sus grabados, pinturas y objetos sobre las series de Juanito Laguna y Ramona Montiel. 
En esta tarde de domingo lluvioso, recorrimos con Marta la muestra, disfrutando el desborde creativo de este maestro, un genio que alguna vez conocimos personalmente.
Berni es el mas alto exponente de las artes visuales argentinas, y seguramente latinoamericanas. Su presencia en el panorama del arte internacional se destaca de manera notable.
En sus collages usa elementos de chatarra, piezas de autopartes, tarros de aceite aplastados y oxidados, fotos antiguas, ornamentos de madera, imágenes de la iconografía popular. Y todos ellos los incorpora al espacio pictórico como si fueran un color, un color que integra sabiamente a sus pinturas, creando atmósferas rotundas, plenas. Por momentos sus cuadros parecen objetos tridimensionales, un auto de juguete que sale del cuadro, pero atrás un espacio que se aleja, como lo hubiera pintado Bruegel.
Es que el arte de Antonio Berni es atemporal, a pesar que describe esta porción de la historia que nos toca y está incrustado en la problemática social de este lado del mundo.
En algunos grabados también recurre al collage, y podemos ver las planchas o matrices que se exponen casi como una expresión plástica autónoma en si misma.
Los monstruos que realiza de manera escultórica, recurriendo a objetos en desuso variados y heterogéneos, tienen la libertad y el juego que solo los niños conocen.
A lo largo de su vida Berni pasó por diferentes escuelas, pero en todas su oficio de artista se destacaba, desde el uso del color al manejo de las formas que dibujaba. Su gusto por las artes populares, por el kitsch y por el color han marcado su trabajo.
Es así que recomiendo con fervor esta muestra de Antonio Berni, altamente estimulante y reveladora.



Antonio Berni. Juanito y Ramona

Curadores: Maria Carmen Ramírez y Marcelo Pacheco

MALBA, Av. Figueroa Alcorta 3415 (hasta febrero de 2015).


miércoles, 26 de noviembre de 2014

“Una historia sencilla”, por Felipe Benegas Lynch

Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014, 512 p.

Luego de leer las más de 500 páginas de Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero, me sentí como si hubiera terminado de ver Lo que el viento se llevó (1939). Lo digo por el largo, sí, pero también porque rescato un dejo cinematográfico en toda la cuestión, con una profusa banda de sonido incluida: Pink Floyd, Beatles, Led Zeppelin, Charly García, Pappo, Willie Colón, King Crimson, Pescado Rabioso, etc.
Pienso en Forrest Gump (1994), o en El gran pez (2003): el énfasis en el relato oral, la galería de personajes bizarros, los grandes caminantes, el contrapunto de hitos de la historia reciente (Perón, dictadura militar, Malvinas, vuelta de la democracia, diciembre del 2001, etc), la construcción de una geografía y un paisaje, el relato circular. Se trata de relatos extensos y clásicos, concebidos con la impronta de la novela decimonónica. Lo que la literatura le dio al cine (estas tres películas tienen su punto de partida en novelas) ahora vuelve a la literatura transformado.
Si bien Historia de Roque Rey invoca la palabra intemperie en muchas de sus páginas, al mismo tiempo insiste en construir y sostener la interioridad de un personaje: no se sale de la lógica de la clásica novela de personaje. Creo que ahí reside la fuerza y la ambición del gesto de Romero: su apuesta es el relato cuando este ya no parece posible en esos términos en el horizonte de la literatura. Como su personaje, RR se calza los zapatos de un muerto (o un zombie) y se pone a caminar.
La novela como se consagró en el siglo XIX con figuras como Dickens –uno de los pocos autores mencionados a lo largo de las 500 páginas– ha muerto. O, más bien, fue cooptada por la industria del cine o el flujo constante de novelas que repiten esa fórmula narrativa con un criterio puramente comercial, como si el siglo XX no hubiera ocurrido.
No es el caso de Romero, que se despacha con un novelón de personaje a contramano de las modas de la literatura más experimental sin caer en la ingenuidad de las fórmulas comerciales. Ahí hay un gesto: poner la historia en primer plano, dedicarse pura y exclusivamente a contar. Pero está claro que RR no vive en el siglo XIX y en su relato se siente la tensión con los códigos del cine, de la televisión, de la cultura en su versión popular y masiva. Ya en las primeras páginas uno se topa con una cita de “Penny Lane”, un epígrafe de Chesterton y la afirmación –casi una apología del cine– que cierra ese primer apartado: “la perfección es esta: el dolor es tan grande que tiene las dimensiones exactas del paisaje”.
Romero no tiene reparos en escribir después del cine, en retomar la tradición de contar después de que la máquina audiovisual llevara las posibilidades del relato a otro plano. Así le salen fragmentos como este, en el que la codificación cinematográfica de la felicidad hogareña le brinda una fórmula sintética y eficaz:

Para cuando llegó el invierno los tres convivían en una rutina de bienestar que no parecía tener fisuras. Iban juntos a todas partes, paseos, misas, eventos. Desayunaban, almorzaban y cenaban juntos pasándose los utensilios y las fuentes humeantes. Tenían la risa fácil y entusiasta. Nunca les faltaba el apetito y la curiosidad. Miraban la televisión en el living de la casa hasta quedarse dormidos en los sillones. Sobrevivían las noches como podían. (410)

Esa felicidad de fuentes humeantes y sonrisas satisfechas se superpone con el trasfondo, tenso pero no tanto, del triángulo tipo Lolita que se forma entre Roque, Natalia e Inés. No es la intensidad de Nabokov lo que se evoca, sino más bien la adaptación de la adaptación cinematográfica tipo road movie. De nuevo, se escribe después del cine. La literatura pareciera llegar hasta Dickens y Chesterton. En algún lado se habla de alguna novela policial. Lo que aparece hacia el final es CSI (Crime Scene Investigation) anticipando el apogeo de las series. También se infiltra la publicidad:

...continuaron la charla y los brindis en el negocio de Aragone, bebiendo a conciencia una botella de Johnnie Walker Black Label, uno de cada lado de un escritorio estilo inglés en el que sólo había un teléfono, la lámpara encendida, la botella y dos vasos. (449)

A través de todas estas capas discursivas Ricardo Romero narra como Roque Rey: “Eran relatos en tercera persona, recuerdos que volvía ajenos a fuerza de repetirlos, donde el protagonista siempre era otro.” (474) El narrador omnisciente que elabora minuciosamente esconde en la historia de Roque la del escritor con el que el personaje comparte las iniciales y el lugar de origen. Ambos, más que ponerse a decir algo, eligen contar: “...yo no tengo nada para decir, Inés. Pero puedo contarte muchas cosas... Porque por ejemplo, si yo digo ‘Pobres todos los que no están en esta pieza’, ¿estoy diciendo algo?” (493)
En esta pregunta vuelve a latir la intemperie: los que están afuera son los que aparecen dentro del televisor que ilumina a Roque mientras habla con su esposa muerta. Son pobres porque padecen la violencia del desastre del 2001. Roque insiste con su frase misteriosa y compasiva:

–Pobre la gente que no está en esta pieza –decía–. Pobres todos los que no están en esta pieza.
Lo dijo tantas veces que creyó o soñó que aparecía en uno de los sobreimpresos de la televisión, mientras un hombre oriental lloraba frente a las cámaras. (494)

Los de adentro y los de afuera confluyen dentro de esa caja donde todo reverbera. No hay intemperie posible. Roque, como Romero, lo sabe. Sin embargo insiste con retomar el relato y apagar la televisión, aunque más no sea por un rato: “Roque, a su pesar, abandonó el cuarto y se sumó a la triste realidad de los que no estaban ahí. Antes de salir, apagó la televisión”. (494)
Es sobre la “malvada arquitectura” de esa caja donde se juega lo que dice esta extensa reivindicación del relato verbal. El marco de la novela plantea un recorrido que toma el epígrafe de Chesterton como punto de partida: del árbol a la torre al comienzo, de la torre al árbol al final.
¿Es posible regresar al árbol?
¿La intemperie de la que habla la novela es la naturaleza?
¿“Esas islas dolorosas y ese río laberíntico y reverberante” (508)?
Más que la luz de la naturaleza, lo que reverbera de principio a fin en el texto es la luz oblicua de los televisores y del cine. La música, ya sea en tocadiscos, en walkman o en discman, hace las veces de banda de sonido. Se trata de la cultura en su versión masiva y popular, que todo lo alcanza. Y si, como dice en el último párrafo, “un día habrá tanta luz que, por fin, Roque Rey podrá caminar sobre las aguas” (508), será porque alguien adaptó la novela a la pantalla grande y lo están filmando.
Por ahora basta con el libro para entregarnos a una historia, la de alguien que baila con los zapatos de un muerto, pero también la de alguien que no se resigna a dejar de contar y ya desde el título marca ese afán subrayando, como hizo David Lynch en el ámbito del cine con su Historia sencilla allá por 1999 (The straight story, traducida como Una historia sencilla), que se trata de una historia, nada más.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

A sus plantas rendido un león


Texto de Jimena Néspolo
Fotografías de Matías Scafati


No fue por encontrar a Estela de Carlotto en el aeropuerto de Ezeiza. Tampoco por cruzarnos esa misma noche, antes de tomar el avión hacia Madrid, con Adrián Paenza, recientemente galardonado con el Premio Leelavati 2014, la mayor distinción otorgada a los divulgadores de matemática en el mundo. Esta crónica anunciada recién la hallaría en otros encuentros fortuitos y en una noticia leída por azar en un diario de provincia. Hasta entonces, sólo me habían llevado allí un congreso más o menos relevante y una disertación. Pero quiso la fortuna que Inés García Holgado, una de las querellantes en la causa argentina de los crímenes perpetrados por el Régimen Franquista, llegara a León el mismo día que nosotros y que luego la conociera personal y casualmente frente al ayuntamiento de Astorga, minutos después de haberme enterado de las actividades que allí se llevarían gracias a un cartel puesto en la entrada a la biblioteca del poblado por la joven fuerza política que hoy hace temblar al PP y al PSOE.

Detalle de capitel en el Monasterio de San Marcos
La nota publicada en el Diario de León, el 5 de noviembre, anunciaba la llegada de Inés para realizar una serie de actividades en homenaje a su tío abuelo, Luis García Holgado, en el momento en que la jueza argentina María Servini de Cubría dictaba a Interpol, desde Buenos Aires, la orden de detención contra veinte imputados por crímenes del franquismo (imputados entre los que se encuentran los exministros leoneses Rodolfo Martín Villa  y Fernando Suárez González).  
Concejal socialista en el ayuntamiento de la capital maragata entre 1931 y 1934, Luis García Holgado sería fusilado el 21 de septiembre de 1936 en la carretera de los Baños de Montemayor. “Aprendí la trágica historia de mi familia a través de los relatos de mi abuela Mauricia Holgado Barrio. Ella me contó cómo mis dos tíos abuelos (Elías y Luís García Holgado) fueron condenados por su  militancia política de izquierda, mi tío Vicente desaparecido durante la guerra y mi abuelo Vicente sospechosamente por las escaleras del séptimo piso de la Dirección General de Pesca en 1946”, cuenta Inés al rememorar cómo se inició hace quince años su búsqueda por la “memoria, la verdad y la justicia”. Antes de encontrar el expediente de su tío abuelo Luis García Holgado en el Archivo General de Salamanca participó en foros e investigó desde la Argentina todo lo que podía sobre el tema, cuando el juez Baltasar Garzón fue inhabilitado en 2008 se consideró la posibilidad de presentar una querella en Argentina. Inés fue entonces una de las primeras en presentar cargos: “Busco la investigación de la verdad, los nombres de quienes fusilaron y firmaron su sentencia de muerte si la hubiere”, y también “retratarlos ante la sociedad” pues aunque sus asesinos están muertos, “sus nombres quedarán para la historia” –afirma.
Pero yo he venido a León a un congreso sobre literatura fantástica, y antes de que la fe me encamine en la senda que me lleva a Inés y a la legendaria tumba del apóstol Santiago, escucho varias intervenciones que plácidamente se acomodan en la religión borgeana y su libro de oraciones. Un posmodernismo de oficinistas en patines que le enseñan al toro cómo bajar el testuz para que la saeta argentina se clave. Y no.  

Peregrino en el "Camino a Santiago"

La ciudad de Astorga se encuentra a cuarenta y cinco kilómetros de León, siguiendo el “Camino a Santiago”, una ruta que unía el finis terrae hispano con el resto de Europa. Astorga y León crecieron durante la expansión colonial romana durante los primeros siglos de la era cristiana. La victoria militar del César en la zona supuso la inminente pacificación, garantizada por dos legiones y la explotación de los recursos auríferos y humanos; para ello Roma estableció estos dos centros neurálgicos: Asturica Augusta (Astorga), gran ciudad del Noroeste emplazada en una encrucijada de caminos en territorio aurífero, y León, el único acantonamiento militar en Hispania durante todo el imperio (la Legio VII Gemina). Así, la malla administrativa romana encontraba en el oro de la zona un punto estratégico para el sistema monetario de Augusto, de allí que en el resto del territorio astur la presencia romana fuera si no escasa, gradual. Como si se tratara de las cuentas de un rosario, la ruta hacia la legendaria tumba de Santiago Apóstol hizo crecer las ciudades a su vera, estableciendo una red de templos y hospitales que albergaban por igual tanto a los ejércitos cristianos como a los peregrinos llegados de todo el orbe. Las imágenes del santo patrono de España, patrono –además– de la provincia argentina de Mendoza, a quien la Virgen Santísima se le apareció “en un pilar de jade” –según asegura la tradición– para invocar su presencia en Jerusalén, se suceden como íconos, coartadas, estampas: la temible valencia bifronte que impone la moneda del Imperio. Porque el mártir cristiano es también el santo protector de los temibles Caballeros de la Orden de Santiago. La orden a la que perteneció el humorista Quevedo. La orden de Santiago Matamoros. La religión del Cristo enamorado es también, para otros, la religión de la sangre.

Sepulcro en la Catedral de León 

Cuatrocientos años de Inquisición. Cuarenta de franquismo. Pienso, ¿cómo se impone el horror? ¿Cómo se transmite y se inyecta en las nuevas generaciones? Un terror profundo que incluso, a veces, pareciera disfrazarse de cinismo. De vacuidad. De miedo.
La conferencia de David Roas, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, revisa las principales modulaciones del fantástico moderno para detenerse en la categoría del “miedo” y postular la existencia de un fantástico actual que vira hacia el humor pero que no abandona la revulsividad del género. Hebert Benítez, de la Universidad de la República de Uruguay, retruca su intervención: la categoría de “miedo”, si existiera como tal, no puede ser pensada fuera de su imbricación socio-histórica, de su transformación temporal, de su pregnancia política. “Hoy los vampiros –contesta Roas en broma– no despiertan miedo”.  
Hay un filón tragicómico que recorre toda la historia literaria española. El escritor José María Merino, en la conferencia de clausura del congreso, se solaza en él. Dispara el aplauso fácil, tiene don de gentes –se dirá–, aunque sea número activo de la Real Academia Española.
Mi abuelo materno se fue de España a los siete años, con hambre. Acompañó a su padre que venía a trabajar. Luego de un breve regresó, se afincó definitivamente en Argentina. En uno de sus viajes se cambió el apellido. Abandonó el “Pajarín” por un apellido neutro que no llamara la atención ni generara burlas; un “Alvarez” como el de la organizadora del congreso al que asisto. Mi abuelo Luis. Sus manos cuadradas y duras. Esa convicción en la certeza de lo dado: tan española, tan suya.

Palacio Episcopal de Astorga

Entre conferencias y disertaciones, junto a mi compañero recorremos las joyas arquitectónicas del lugar y vislumbramos dos de las tres obras realizadas por Antonio Gaudí fuera de Catalunya: la Casa Botines y el Palacio Episcopal de Astorga. Sin embargo, es la abadía de San Marcos, su fachada plateresca considerada como una perla del Renacimiento Español, su iglesia de gótico hispano tardío y, principalmente su historia la que nos paraliza de miedo. La fachada monumental y los juegos del terror son, en todas las latitudes, atrozmente recurrentes. A partir de 1836, año en que se abandona su uso conventual, el edificio pasa a ser sucesivamente: sede de un instituto de segunda enseñanza, una casa de corrección eclesiástica, una escuela de veterinaria, un hospital penitenciario, una cuadra de sementales y, para redundancia de la absurdidad y el horror de la “Marca España”: campo de concentración y de torturas de prisioneros republicanos entre 1936 y 1940. El poeta Victoriano Crémer (1906-2009), detenido allí por su vinculación con los movimientos sindicales, cuenta esa experiencia en El libro de San Marcos (1981): “Quien no haya muerto alguna vez no sabe la enorme presión interior que el hombre es capaz de soportar. No estalla, porque lo que envuelve al ser humano son corazas superpuestas… Para llegar a la sangre hay que cavar hondo… Nosotros sabíamos lo que era morir de noche porque nuestros guardianes jugaban a matarnos con fingimientos espectaculares. Nos fusilaban de mentira contra los tapiales del patio. De esas pruebas volvíamos a nuestras celdas muertos”. 

Monasterio de San Marcos

¿Qué es, hoy, el “miedo”? ¿Qué burbuja de intramuros nos adoctrina en la impermeabilidad del confort y del cinismo?
El Ateneo Republicano de Astorga detalla la muerte de Luis García Holgado. Después de muerto a tiros fue pisoteado y aplastado varias veces por un carro y su cadáver estuvo expuesto durante días en el pueblo de Hervas como ejemplo de “rojo”. Nacido en La Fregeneda, Salamanca, en 1897, llegó a Astorga como funcionario de Correos. En la capital maragata se inició en la militancia política y sindical, y formó familia. Fue concejal socialista hasta que en 1934 es detenido por participar en un levantamiento. Volvió a la militancia política y llegó a ser teniente alcalde del municipio cacereño. El golpe de 1936 lo encuentra en Madrid. Fue detenido y torturado antes de ser fusilado.
Los paseos turísticos que la reivindicación de una memoria histórica de souvenir ha emplazado a lo largo y lo ancho de toda España –tema que articula de fondo la reciente novela de Javier Cercas, El impostor–  no han logrado acallar el corazón de esa apuesta: la demanda de justicia en tiempo presente. Eso que Pablo Iglesias, el líder de PODEMOS, el nuevo movimiento político ciudadano nacido del hartazgo generalizado frente a la corrupción de las castas dirigentes, ha denominado “abrir el candado del 78” para poder iniciar un proceso constituyente capaz de revisar las bases judiciales, políticas y económicas de la Transición.
Que Inés cierre el homenaje a sus antepasados recordando el poema de Luis Cernuda “1936” es, sencillamente, fantástico. 
Yo, la aplaudo.  

Antiguo puente sobre el Río Bernesga

viernes, 14 de noviembre de 2014

“Jimena Néspolo, en pose de combate”, por Ana Gallego Cuiñas

Texto leído en la presentación de Tracción a sangre. Ensayos sobre lectura y escritura (Katatay, 2014) de Jimena Néspolo, el 11 de noviembre de 2014 en el Palacio de la Madraza, Universidad de Granada, España.





“la historia de una mujer y su relación con distintos
hombres en un trasfondo de viajes y patologías exasperadas”
Héctor Libertella. Personas en pose de combate


Empezar una presentación es un instante crucial, como cuando se comienza a escribir una novela. Es el instante de la elección y en él se nos ofrece la posibilidad de decirlo todo, de todos los modos posibles, pero tengo que elegir en esta ocasión un solo motivo significativo que condense y revele la posición (de combate) desde la que lee Jimena Néspolo en su libro de ensayos Tracción a sangre, publicado este mismo año en la editorial Katatay. Y mi elección ha sido comenzar este ensayo con un título “aguerrido” que se apropia de la palabra ajena de Héctor Libertella para hablar de otra gran conquistadora “guerrera” de literaturas extrañadas y foráneas: Jimena Néspolo. Autora que conocí hace justo dos años –causalidades de la vida– en algún lugar de Buenos Aires “gracias (y ahora gloso unas líneas de la novela de Libertella que antecedía este texto) a difusas combinaciones –amigos de amigos, seguramente– que hicieron que pronto sintiera que había complicidad. De qué tono, el tiempo iba a decidir”. Y ha decidido, cristalizado en un tono de incipiente amistad cuyos bemoles “suenan” a Wagner, y a esa pulsión que uno tiene –como decía Woody Allen– de invadir Polonia cada vez que lo escucha. Porque algo parecido sentí cuando terminé de leer Tracción a sangre: ganas de dinamitar el campo argentino de batallas literarias, en el que –como sucede en otras tradicionales nacionales– se disputa el capital simbólico sobre la base de dos principios de jerarquización: el mercado y la academia. Ciertamente, Néspolo enfrenta en estas lecturas bélicas poéticas capitales argentinas (aunque también dedica secciones a otras letras, yo me voy a centrar en las argentinas que aglutinan la mayor parte de estas páginas), dando cuenta a su vez de los enfrentamientos (disputas y polémicas) que se han librado en torno a “campos de lectura” que han prefigurado escritores como Piglia, Aira, Cortázar, Di Benedetto, Bianco, Lamborghini, Copi, Libertella, Bellesi, Cohen, Tabarovsky, Kohan, Pauls, Guillermo Martínez, Gorodisher, Gamerro, Cucurto, Neuman, Matías Néspolo, Pron, etc. (seguro que me he dejado algún cuerpo en el camino) y, por supuesto, el inmortal (y traicionero) Borges.
En rigor, la literatura argentina se ha hecho a sí misma desde sempiternas tensiones en la configuración de un canon –terreno muy disputado– que se ha cimentado sobre binomios de polaridades, como si de ejércitos se tratase: civilización/barbarie (Sarmiento); Florida/Boedo (Arlt, Borges); Populismo/Vanguardia (Piglia, Saer); Babel/Shangai (Fresán, Pauls); malo/bueno (Prieto, Laddaga); legible/ilegible (Garcés, Tabarovsky). Clasificaciones que, como demuestra Jimena Néspolo en este libro, son parciales y superficiales, no operativas en la actualidad, momento en que el objeto literario se ha “fantasmatizado” por la yuxtaposición de criterios que evidencian “el problema de la lectura y la conformación del campo” (y sus apropiaciones) argentino, especialmente combativo y diestro en “el arte de la guerra”. No obstante, estas polaridades siguen teniendo vigor en el presente donde se impone a todas luces la dialéctica de la academia (UBA, que es la gran hacedora del canon literario argentino) frente al mercado. Además hay que recordar que los capitanes generales de estas guarniciones han sido y son en la Argentina los escritores –profesores universitarios como Borges, Piglia, Saer, Kohan, y la propia Jimena Néspolo– que con sus críticas han redefinido la tradición literaria nacional, hasta el punto de que esta “intervención” del escritor en la lectura de sus predecesores es “marca” indeleble y peculiaridad –respecto a sus pares latinoamericanos– de las ficción argentina. Si el gran oficio de los escritores hispánicos hasta el ecuador de la pasada centuria era el periodismo (debido al crecimiento de los mass media), en la segunda mitad ha sido la enseñanza en la universidad. En la Argentina esta realidad es más acuciada que en el resto de países de lengua española, lo que supone un trasvase del ejercicio de la crítica literaria a la ficción y viceversa, que se revela por la vía de la hiperconsciencia de la escritura así como de las dimensiones del campo de batalla (y del número de soldados que integra cada guarnición) donde se legitima un canon: es decir, donde se gana la guerra.
En este punto, la pregunta que se precipita es clara: ¿dónde se sitúa la soldado Jimena Néspolo? La respuesta ya nos la da el título de este cuerpo textual de ensayos sometidos a la tracción “por la acción de dos fuerzas opuestas que tienden a alargarlo” (segunda acepción del DRAE). En verdad, la autora se pone en combate “entre” estos batallones, arriba, abajo, a un lado y a veces a otro. No es baladí que sea escritora, profesora y también periodista: por lo que se escapa del binomio antes descrito. Por ello cabría aplicar igualmente la primera acepción del vocablo “tracción” a los textos reunidos en este libro: “Acción y efecto de tirar de algo para moverlo o arrastrarlo”. Es claro: Jimena tira –sobre o desde un caballo de batalla– del carro bifronte cultural argentino, empleando la (auto)parodia, el sarcasmo y la ironía como principales puntas de lanza de una lectora “escindida” y “disruptiva”. Traccionada y traccionando (si se me permiten los vocablos y el gerundio), Néspolo traiciona la tradición argentina: cito del libro “Se trata de plantear relaciones impertinentes, hacer preguntas incómodas; quebrar el cerco crítico que supone abordar los textos como islas autoformadas en un hedonismo solipsista […] de abrir nuevas ventanas al mundo y sacudir con ahínco los esclerosados pensamientos” (36-37). Y desde luego, lo consigue mediante una capacidad extraordinaria para comunicar y meterse en la piel del lector (también como escritora, productora de sentidos), saliendo y entrando del objeto literario para constatar que su “valor” es hoy más contingente e inaprensible que nunca. Con lo cual, nuestra autora redunda en el cambio de episteme cultural a comienzos del siglo XXI, así como en el hecho de que habríamos de hablar más bien de posiciones de lectura en virtud de que “lo literario” (cuyos contornos hoy están más difuminados que nunca) designa más a una manera de leer que de escribir. Por eso diagnostica síntomas de lecturas que se practican actualmente en el campo argentino, con el horizonte cultural del sincretismo global. O mejor: evidencia la tracción de una suerte de fuerza centrípeta que traza un círculo del no-tiempo, de la repetición de determinadas formas de lectura que luchan por imponerse en la tradición. Cito: “Gauchos matreros, compadritos, cuchilleros, bravucones, bibliófilos, impenitentes, petardistas mesiánicos o falsificadores, enciclopedistas, egocidas y plagiarios conforman la trama discernible de notables precursores que hacen a nuestro panteón nacional […] Con todo, es curioso observar cómo opera en Argentina el no tan discreto engranaje de legitimaciones que conforman aquello que damos en llamar Literatura y la menguada realidad corporal de sus protagonistas” (77). Incluso uno de los capítulos que integra la segunda parte del libro llamada “Sangres” (las otras dos se denominan “Elogios” y “Movimientos”) se titula: “Acerca de la mierda y el ojo del culo argentino”. Y ahí, según Néspolo, el “mal de Aira” (en el sentido de Vila-matas) y sus aires (acumulativos, cínicos, disparatados, balcanizadores de tramas y valores estéticos) ganaría la batalla de la tradición argentina que está por venir. Aunque hay que precisar que esta, como construcción de un patrimonio cultural que permanece –y debe ser conservado– es una fuerza en movimiento intencionada pero también modificable.Tal vez el reguero de sangre que ha dejado tras de sí la combatiente –y camarada– Jimena Néspolo en este libro cambie algunas poses y la marcha triunfal de algunos pasos.  

Ana Gallego Cuiñas, Jimena Néspolo y Juan Varo.



lunes, 27 de octubre de 2014

“Un taller para la mujer mecánica”, por Daniel Jorge Fernández


Sobre las mecánicas teatrales de las últimas décadas, el ardid ante el espectador en cuanto al montaje ha ido buscando/necesitando nuevos espacios de representación.
Los escenarios clásicos (salas teatrales) fueron mutando notablemente. Hoy podemos afirmar que el teatro puede existir como tal sin necesidad de un espacio único de uso específico. Zaguanes, plazas, terrazas, baños, vestuarios, andenes, escalinatas, etcéteras y etcéteras se prestan sin adversidad para el desarrollo de un espectáculo.
Se trata de potenciar el impacto y el atractivo frente al espectador del hecho teatral.
MECANICAS transcurre dentro de un taller mecánico para automóviles “real” (con piso engrasado y todo) sito en el barrio porteño de Palermo.
La apuesta se duplica ya que quienes están a cargo de ese predio rompen con una tradición de género-oficio: son mujeres.
Cuatro actrices en formato de “mecánicas” deambulan entre carburadores, llaves fijas y estriadas, fosa, autos en reparación: todo real-real y el público acomodado ahí, entregando su habitáculo mental y emocional a la hora y pico que dura el recorrido.
Cuatro mecánicas que convierten un espacio de reparación en uno de representación con movilidad de alto impacto, con un motor teatral que no deja de avanzar a toda velocidad, aun en los tres apagones técnicos que se producen en su recorrido.
Perla al volante del establecimiento, con heredada y gravosa ignición económica tras la muerte de su padre, junto a Susana e Iris, conforman el equipo estable en chisporroteo permanente. Se suma finalmente Rola, quien no podrá adaptarse a los mandatos de la fosa, pero sí a los de su potencia social. Será ella quien generará la combustión necesaria para que todo entre en estado de explosión.
La historia cuadra dentro de los cánones generales de la dramaturgia que hoy se ha convenido en llamar “realismo contemporáneo”, con algunos posibles chirridos y un final que puede aparecer como la parte de la pieza que se coloca a fuerza de palanca, poniendo en riesgo la integridad total del mecanismo.
Pero no, esto es menor, todo sigue en funcionamiento y se disfruta mucho la velocidad, la prestancia y el dinamismo de las cuatro integrantes del “taller de Perla”. Uno termina gustosamente reparado.

MECÁNICAS
Ficha técnico-artística
DRAMATURGIACelina Rozenwurcel
ACTÚAN: Mariana Cavilli, Laila Duschatzky, Marcela Peidro, Celina Rozenwurcel
VESTUARIOJam Monti
ILUMINACIONSantiago Badillo
DISEÑO SONOROFederico Buso, Gerardo Maleh
FOTOGRAFÍANicolás Oviedo
ARTENatalia Byrne, Aureliano Gentile
DISEÑO GRÁFICOSergio Calvo
ASESORAMIENTO DRAMATÚRGICOWalter Jakob
ASISTENCIA DE DIRECCIÓNAgustín Daulte, Nicolás Oviedo
PRENSABlablabla Prod&com De Arte
COLABORACIÓN AUTORALLucía Caleta, Daniela Faiella, Mijal Katzowicz, Maria Soledad Manes
DIRECCIÓNFederico Buso

MECÁNICA BARRAGÁN
calle Darregueyra 
(mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Entrada: $ 80,00 / $ 70,00 - Domingo - 17:00 hs y 19:00 hs - Hasta el 30/11/2014
Reservas solamente por mail a: mecanicasteatro@gmail.com


miércoles, 1 de octubre de 2014

“La vida es políticamente incorrecta (notas de un congreso políticamente correcto)”, por Miryam Pirsch


México es la ciudad en donde lo insólito sería que un acto, el que fuera, fracasase por inasistencia.
Público es lo que abunda, y en la capital, a falta de cielos límpidos, se tienen, 
y a raudales, habitantes, espectadores, automovilistas, peatones.
Carlos Monsivais, "De los orgullos que dan (o deberían dar) escalofríos"


Pisar Ciudad de México es un desafío para todo viajero. La inmensidad se anuncia desde el mismo aeropuerto. Pero hablar del DF y de la amplitud, la multitud y el tránsito ya resulta un lugar común, sobre todo cuando cronistas como Monsivais lo han hecho desde las entrañas de la mexicanidad. Prefiero la excepción, los acontecimientos únicos pero suficientes en sí mismos para ganarse un lugar en la agenda de los sucesos interesantes.
La "ciudad interminable" fue la elegida esta vez como sede del 34° Congreso Internacional de IBBY [1] y el congreso, como era de esperarse, fue el más grande de la historia. Cuenta una casi fundadora de IBBY que el único más o menos similar en dimensiones o que haya rondado los mil asistentes fue China 2006 (¿qué otro sino China?). "Que todos signifique todos"  fue el lema de este año, con la inclusión como eje de cada mesa al punto que las actividades se desarrollaban simultáneamente en castellano, inglés y lengua de señas mexicana.
Sesión de mesas paralelas. No tengo ganas de concentrarme para escuchar las exposiciones mayoritariamente en inglés y entro en la presentación de la colección Kipatla en un salón poblado por todos los maestros mexicanos no bilingües. El proyecto ha sido dirigido por una especialista mexicana en temas de integración y será distribuido en las escuelas públicas del país. Realizados sin demasiado tiempo, editora y autores recibieron el asesoramiento de la CONAPRED (el INADI mexicano) que advirtió cualquier esbozo de estereotipo o expresión discriminatoria. Cuentan entre risas que ante el hipermexicano "Padrísimo" fueron advertidas de que se trataba de una expresión asociada al patriarcado y hubo que buscar otra no sexista. ¿No será mucho? me pregunto, pero mi teléfono no funciona y no puedo consultar a María Rachid para que me asesore. Mejor me voy a mirar libros.


En la librería del congreso la diversidad se hace realidad: literatura infantil de todas las editoriales inalcanzables para el lector argentino, todos los formatos, todos los autores, todos los ilustradores, las estrellas de la LIJ [2] desplegadas a lo grande y, además, está Arnoldo, el mejor librero del mundo. ¿Acaso alguien recuerda a un librero que haya leído cada uno de los libros que vende y que además dé una opinión crítica sobre él? También se ocupa de averiguar dónde firmará ejemplares tal o cual autor/a o ilustrador/a con la precisión de un agente de prensa. Reserva libros, recuerda cada cara, da la bienvenida a los clientes que pasan a ver las novedades diarias con precisiones que no dejan duda de que sabe quiénes somos, qué compramos ayer y qué libro tiene que ofrecernos; si no tiene el libro (porque no es infantil, no porque no esté en stock) te dará la dirección precisa de la librería donde lo encontrarás. Y por si todo esto fuera poco, la noche de cierre encabezó el reparto de tequila, el baile y la comitiva que continuaría la pachanga en Plaza Garibaldi. ¿¡Cómo no dedicarle un párrafo a  Arnoldo!?

Bajo la extraña categoría de "Espectáculos" asisto a la presentación de Mardonio Carballo, poeta que con solo presentarse empieza a dinamitar los mitos de lo políticamente correcto. Rechaza el estrado, se sienta en los sillones del escenario, pide agua y recita en náhuatl mientras mira con picardía cómo la intérprete de señas permanece cruzada de brazos. La lengua de su poesía está más allá de todo, nos incluye y nos excluye a todos los presentes, nos envuelve en la fascinación de lo que no conocemos pero sospechamos apasionante. Pero cuando traduce, la cosa no cambia; en este ámbito de la corrección, lo primero que nos compartió fue un albur, poema erótico cargado de dobles sentidos que con sus miradas y gestos pícaros arrancan las risas más estruendosas y los gritos y aplausos más enfáticos que este congreso haya escuchado. Gracias, Mardonio, cómo no enamorarme de tu presentación, de tu poesía… Soy tu fan argentina.
Sigo buscando espacios donde la inclusión se viva y no se declame. IBBY no puede fallarme y como extensión del congreso visito el último día la biblioteca BS ¡A leer! IBBY México. Ese era el sitio: el paraíso existe y nos recibe con la sonrisa de Felipe, nuestro guía por esa casa centenaria que un millonario donó y que poco a poco van reciclando. Hay espacios para investigadores, para niños, para profesores, parque, talleres…y la frutilla del postre, el laboratorio de audio de Carlos Matamoros, que es parte del programa de inclusión, donde conviven libros traducidos a braille, computadoras especiales para leer y escribir en braille y los audiolibros: CDs con cuentos leídos maravillosamente y DVDs donde la voz y las ilustraciones del libro original acompañan a un narrador de lengua de señas mexicana en imágenes que encantan aun a quienes puedan escuchar.
Aquí termino el recorrido. ¿Por qué en esta biblioteca? Porque aquí, como en la literatura, la inclusión fluye naturalmente. Porque aquí, como en la vida, no todo tiene que ser políticamente correcto.




[1] IBBY es la sigla de International Board on Books for Young People, organización fundada en 1953 por Jella Lepman en Zurich (Suiza) donde tiene su sede. Realiza su congreso cada dos años y en ellos, entre otras actividades, se entrega el Premio Hans Christian Anderson a escritor e ilustrador y se presenta la Lista de Honor, selección de libros destacados de sus filiales de todo el mundo. En la Argentina, la filial de IBBY es ALIJA
[2] Literatura infantil y juvenil.

jueves, 25 de septiembre de 2014

“Arde el mundo en femenino”, por Daniel Jorge Fernández


Un escenario complejo para los complejos de la clase media de Buenos Aires, vapuleada por el miedo y la inseguridad. Relato en tono mayoritariamente irónico conformado por una sucesiva trama de historias privadas en las que se entrecruzan desde el patetismo de uso “electrodoméstico” hasta la reflexión filosófica espiritual. Una historia puesta sobre un disparador externo –el terrible atentado de las “torres gemelas”– para poner en funcionamiento la vida privada de nueve mujeres que se intercalan sobre la escena bajo la efectiva puesta y dirección de Alejandro Tantanián y la ya reconocida y exitosa escritura de Santiago Loza.
El resultado es una aproximación muy lúdica, muy animada, de estas nueve historias, unidas en un taller de literatura patético. Son nueve almas ardientes, mujeres casi al borde del estallido total, como el de los aviones contra los edificios neoyorquinos y sus derivaciones, que van del orden social a lo individual, de la explosión externa a la implosión interna.
Un texto contundente, aunque, por momentos, un tanto recargado de lirismo. ¿Acaso existirá –finalmente– un texto para hacerse actuación y otro para hacerse lectura?
Maratón de teatro, duelo de actrices, todas sobresalientes. Se destaca especialmente Maricel Álvarez en esta exquisita visión del universo de lo femenino, traspasado por la “visión” angelical del hombre (único actor masculino, Santiago Gamardo, en ajustada labor), macho bien dotado, macho bien soñado, macho bien codiciado, macho que abre y cierra como el ángel (¿será el ángel caído del Cielo, del Infierno o de las Torres Gemelas?). Ángel bien dotado en belleza, fortaleza, y sin palabras, como toda deidad para ser venerada.
Tantanián y Loza hacen buena yunta. Cabe preguntarnos también: ¿Es necesario el discurso y recurso estético de las proyecciones de imágenes que hoy pululan en casi todas las puestas del territorio porteño, como así también la inclusión de músicos en vivo?
Son alrededor de noventa minutos que se pasan bien, muy bien, sólo en algunos pasajes se demora un tanto ese tiempo, pero que en nada atentan contra semejante máquina teatral.


INFORMACIÓN DE LA OBRA

ALMAS ARDIENTES, de Santiago Loza.  
Dirección: Alejandro Tantanián. 
En escena: 
Mirta BusnelliMaría OnettoAnalía Couceyro, Stella Galazzi, Maricel Álvarez, Gaby Ferrero, María Inés Sancerni, Eugenia Alonso, Paula Kohan y Santiago Gamardo. 

Funciones: de miércoles a sábado a las 21 hs. y domingos a las 19 hs.
Platea: $115.- Miércoles, día popular: $50.-
Sala Casacuberta | Teatro San Martín
Av. Corrientes 1530. CABA 

martes, 16 de septiembre de 2014

“Enamoramientos por contagio”, por Jimena Néspolo (Entrevista a Adriana Mancini)

Entrevista pública realizada el sábado 13 de septiembre, en la librería Ganghi de la ciudad de Buenos Aires, a propósito de la presentación de Bioy Casares va al cine, de Adriana Mancini (Buenos Aires, Libraria, Colección Los escritores van al cine, 2014).


Podría decirse que hay tantos modos de leer como libros en el estante global de las ofertas culturales. Pero tal infinitud, quizá, se volvería cero si no lograra decantar esas líneas de fuga en recurrencias o singularidades de época, de nicho de mercado o de gueto. En el terreno de la crítica literaria, sabemos que nuestro hacer nunca es ingenuo, que crítica y poética friccionan, o bien se mimetizan en pastiches iluminadores o confusos, confabulan complicidades o se trenzan a contrapelo, generando extraños peinados que desentonan.
Adriana Mancini ha escrito un apasionado ensayo sobre la obra de Silvina Ocampo y numerosos artículos académicos. Bioy Casares va al cine es, en rigor, su segundo libro; analizado en serie con su producción es pasible observar algunos rasgos de su ejercicio crítico. Aun más que en su lectura de la obra de Silvina, Mancini explora aquí el vínculo entre vida y literatura para observar el estatuto distintivo que adquiere el cine en la obra de Bioy Casares. Intercalando reflexión e imágenes de afiches publicitarios del cine de distintas épocas, fotogramas y diversos retratos de estrellas, su textualidad se vuelve más que amena, curiosamente actual. Así, en una de sus páginas, vemos –por ejemplo– a uno de los personajes de la exitosa serie televisiva Lost (creada por Abrams, Lieber y Lindelof y emitida entre 2004 y 2010) leyendo impávido La invención de Morel.
Usina de elucubraciones tecno-científicas, de fantasías de un erotismo velado, de videncia auto-reflexiva de la propia cotidianidad, la lectura de este ensayo devela que el cine fue mucho más que un “plan de evasión” para el autor de Dormir al sol. La investigación asalta con documentada voracidad los cuentos y las novelas de Bioy, su memorística, sus cartas no para señalizar la influencia, pregnancia o mutua contaminación entre el devenir de esta poética y el devenir de la estética cinematográfica a lo largo del siglo XX, sino más bien para auscultar esta relación en su más profunda intimidad. Se diría que crítica y autor, autor y crítica, urden aquí una intimidad obscena (erótica). ¿Por qué? ¿Para qué? –es la pregunta que cualquiera podría hacerse.
Cito: “Hay que detenerse en esta reflexión acerca del personaje de la mujer y el amor en La invención de Morel, porque abre la fisura para señalar cómo la literatura supera la intención del autor y amplía el espectro del saber sobre su propia obra” (79).
La escritura detectivesca de Adriana Mancini avanza entonces allí donde Bioy olvida, voluntaria o involutariamente. Une escenas de infancia, amores de fantasía y de juventud por vamps hollywoodenses, tibias cotidianidades vividas dentro de una abulia de clase que lo trasunta o empuja a la sala de cine, escudriña deseos íntimos ya ficcionales o autobiográficos para certeramente observar que el cine es, para Bioy, “un oráculo privado” que “moldea su capacidad de percibir la realidad”.
Podría decirse que el ejercicio crítico de Adriana Mancini busca expandir operativamente todas las posibilidades de la lectura enamorada (olvido deliberadamente a Barthes) a fin de  develar la “racionalidad emotiva” –si se me permite el oxímoron– que guía su escritura autoral. Y, como toda gran pasión, logra que su ímpetu nos subyugue y nos contagie.
Para comenzar el diálogo, quisiera remitirme a algunas zonas del ensayo que son –a mi parecer– las más biográficamente luminosas, en tanto logran articular esta relación cine, vida y literatura de manera muy lograda: la primera, nos remite a la película Psicosis (Hitchcock, 1960), para abordar la relación de Bioy con su madre; la segunda, refiere un episodio cotidiano en que Bioy va al encuentro de una cita sentimental antes o después de ir al cine y es testigo mudo de una corrida parapolicial de los años ´70; y como escena final, podemos retener esas páginas del ensayo en que acompañamos a ese Bioy viejo que mira la tv en sus horas de insomnio y, perplejo, proyecta sus recuerdos como si se tratara de la vida de un galán de la pantalla grande.

Patricio Fontana, Adriana Mancini y Jimena Néspolo en la
presentación de Bioy Casares va al cine.

Quiero preguntarte, entonces, Adriana, ¿cómo encontraste esas escenas a lo largo de tu investigación? ¿Llegaron casualmente a vos o surgieron antes como hipótesis de lectura?
Yo había trabajado bastante Bioy pero en relación a los textos tardíos, reflexiones, sobre su propia vejez y sobre el tiempo, los de Descanso de caminantes... Indagando sobre la vejez encontré además en su última compilación de escritos una serie de textos autobiográficos en los que él se colocaba como espectador de sí mismo, reflexiones incluso sobre sueños en que reflexionaba sobre sí a partir de una tercera persona. Cuando Gonzalo Aguilar me propuso realizar para la colección la investigación sobre Bioy tuve cierto temor porque no había encontrado hasta ese momento reflexiones teóricas de Bioy sobre el cine y pensé que esto podía ser un desafío: ¿Qué hacer? No era como Borges, no era como Arlt, trabajados ya en libros de la colección que había leído y me habían encantado… Yo pensaba, no sé si Bioy me va a dar material como para trabajar holgadamente sobre el cine. Y efectivamente era así, a medida que indagaba no tenía muchos elementos teóricos concretos. Era una especie de necesidad entonces encontrar un hilo conductor… Sí, creo que con Silvina Ocampo también trabajé así. Me gusta entrar y salir, sin pensar –por supuesto– que hay una relación unívoca entre vida y literatura, pero sí cotejar que el sujeto que escribe es un sujeto que también tiene vida y que ésta se proyecta de alguna manera como una “sombra en un vidrio esmerilado”, para citar a Saer, o como el “cielo de claraboyas” de Silvina… Entonces empecé a buscar esa relación cine, vida y literatura o: mujeres, cine y muerte, ya que todo está muy  tramado en Bioy.
En relación a la madre, es como una especie de lugar común señalar la tristeza de los niños ricos abandonados por su madre. Pero son escenas muy conmovedoras las que refiere Bioy, esos veranos en Mar del Plata, esas tardes en que la esperaba con ansia y temor a la salida del cine porque a él no lo dejaban asistir. Cuando encontré una anécdota en que Bioy decía que cuando vio Psicosis, al personaje de Norman disfrazado de madre, se espantó porque recordó a su chofer, Joaquín, quien para que él no estuviera triste se aparecía en su cuarto disfrazado de ella… Esa anécdota me pareció muy inquietante y me di cuenta que Bioy no tenía idea de la intensidad del episodio que estaba refiriendo.  Ese fue uno de los primeros núcleos que me empujó a pensar en que era posible ensamblar vida, obra y cine.
 
¿Cómo hiciste para articular ese material tan heterogéneo, una obra tan numerosa con la cantidad de films del que da cuenta el ensayo?
Fueron años de análisis, de prueba y error, de escribir y reescribir… Como todo trabajo de escritura. Pero bueno, finalmente la escritura se articula de alguna manera que va más allá de los primeros objetivos. O por lo menos después de pasado un tiempo pareciera que se independizara a su modo. 

A propósito de lo que planteabas de que no había una reflexión teórica de Bioy sobre el cine, sobre el cine y la banalidad, lo que me parece que está bueno del libro es que no hay siempre una intensidad o una experiencia fuerte relacionada con el cine, sino que a veces se disuelve en una cotidianidad intrascendente al abordar a un Bioy que va al cine, a comer y lava calzoncillos… No mucho más que eso. [Pregunta realizada por Patricio Fontana]  
Pero es que hay algo más que eso. Eso está en las cartas que él le escribe a su hija y a Silvina, de un viaje muy largo que hizo por Europa… A mí me llamaba la atención porque decía “voy a cenar, después voy al cine, tengo que lavar tres calzoncillos”. Al día siguiente, lo mismo. Era insistente el placer, del goce de ir a comer a lugares muy exquisitos a lavar sus calzoncillos. Y un día caminando tuve una especie de intuición, y pensé que era el pudor de todo gentiluomo: Bioy Casares no iba a permitir que sus calzoncillos fueran lavados por alguna mucama o en algún lavadero. Él se preocupaba en lavar sus calzoncillos, y junto al cine era como un verdadero leit motiv

Ahora que podés observar el ensayo a cierta distancia, ¿lo evaluás como una totalidad o distinguís ciertos restos, materiales que quedaron afuera y que podrían ser retomados en otra lectura?     
Para ser totalmente justa, quiero agradecer a las editoras de Libraria y a Gonzalo, que con total respecto a la escritura me fueron acompañando en esta incertidumbre de cómo analizar los materiales. En cuanto a lo que queda afuera, yo creo que salvo algunos calzoncillos [risas], no quedó mucho. Lo que queda afuera, por ahí, es Borges. O volver a leer  toda su obra y entrar por otro lado.

La figura que se presenta y se disuelve a lo largo de las páginas de Bioy Casares va al cine es la figura de Silvina Ocampo. ¿Cómo gestionaste esa pasión lectora que te unió a Silvina en tu investigación anterior con todo ese impudor de la cantidad de calzoncillos que él debe lavar, cómo hiciste para leer esa “lavatina” con tanta piedad?  
Porque pareciera que Bioy es como esos personajes de Silvina que no son conscientes de lo que viven o dicen o lo que les está por suceder y el lector ve el riesgo que corren, genera ternura, más que ella quizá. Se lo ve indefenso, y mucho más en la vejez. Es un hombre que en su juventud fue hermoso, que disfrutaba plenamente y ve disminuir sus facetas de hombre bello, poderoso, amante, jugador de tenis… y se ve cómo se va adaptando a ese devenir. En su literatura esto lo vemos en tres cuentos en los que trabaja el pacto fáustico y en su vida lo va resolviendo con digna resignación. Y eso me parece loable…