Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

miércoles, 12 de diciembre de 2012

“Desenmascarar la conciencia”, por Anna Rossell


El eterno pequeñoburgués. Novela edificante en tres partes, de Ödön von Horváth. Trad. de Isabel García Adanes. Barcelona, Marbot Ediciones, 2012, 218 págs.


Un acierto la publicación de esta novela de Ödön von Horváth (Fiume –hoy Rijeka–, 1901/París, 1938), autor austrohúngaro de expresión alemana. Sobre todo porque es la pieza que le faltaba al lector para disponer al completo de lo que nació como una trilogía, de la que El eterno pequeñoburgués, que vio la luz en 1930, es el primer volumen –el sello Espasa había publicado en 2001 y 2002 los otros dos: Juventud sin Dios y Un hijo de nuestro tiempo-. Horváth, que se dio a conocer en los años veinte del siglo pasado como prolífico dramaturgo, dejó sólo cuatro novelas, escritas en los últimos años de su vida, y nos legó con ellas en clave de ficción un documento del ascenso del nacionalsocialismo al poder.
Horváth nunca se afilió a ningún partido político, pero simpatizaba con la izquierda y supo reconocer como pocos los síntomas sociales que propiciaron el caldo de cultivo en el que iba fraguando el nazismo. Él, que había cursado en Munich estudios en psicología, literatura, teatro y arte, supo captar la psicología de la desclasada clase media emergente, que con su actitud haría posible el proyecto de Hitler. La obra de Horváth, en su conjunto, es una afilada crítica político-social de su tiempo a través de un amplísimo abanico de representantes de la pequeña burguesía. Sus personajes son individuos alienados, casi siempre pobres diablos sin conciencia ellos y seres indefensos ellas, atrapados bajo la opresora mano patriarcal a la que no consiguen sustraerse y a la que a menudo hacen el juego. Horváth, que conocía la obra Die AngestelltenLos asalariados-, del sociólogo Siegfried Kracauer, se propuso retratar a través de sus protagonistas con ojo experto y aguda observación psicológica una sociedad en la que podía medrar y medró cualquier política. A este fin adaptó un subgénero teatral ya existente, especialmente útil a su intención, el Volksstück –pieza de tendencia trivial con protagonistas de raigambre popular–, que él subvirtió, poniendo en boca de sus figuras lo que denominó el Bildungsjargon, una jerga pseudocultivada para desenmascarar la verdadera conciencia de los personajes. Nada de esto se echa en falta en El eterno pequeñoburgués. Ya el título es programático en su intención caracterizadora de un prototipo y el subtítulo, Novela edificante en tres partes, anuncia el registro irónicamente punzante y caricaturesco. Las que en principio estaban concebidas como tres historias independientes –la del señor Kobler, la de la señorita Pollinger y la del señor Reithofer– se nos presentan unidas en una para ofrecer al lector un espectro matizado de caracteres y subrayar el ademán generalizador. Se pierden en la traducción  –como bien señala Isabel García en la introducción– las connotaciones que sugiere el sociolecto en que Horváth hacía hablar a sus personajes –elemento también esencial del Volksstück- y la que contiene la palabra alemana Spießer del título original –Der ewige Spießer–, que alude a una actitud más que a una clase social y que en español pudiera recoger mejor el término filisteo, pero la novela sigue conservando su fuerza y su voluntad de ácida delación. Horváth construye su crónica, que transcurre en 1929, principalmente sobre estos tres caracteres: el bobo y egoísta Kobler, vendedor de coches usados, estafador nato y arribista, que viaja a la exposición universal de Barcelona a la caza de alguna millonaria que lo mantenga, su amiga Pollinger, modista, que siguiendo su consejo se vuelve práctica y se hace prostituta, y el señor Reithofer, quien en un arranque de filantropía la devuelve a la vida honrada consiguiéndole por amiguismo un trabajo de costurera. La novela está escrita en un registro extremadamente hilarante de denuncia, los personajes, de trazo caricaturesco, son con todo a buen seguro más realistas de lo que a primera vista pudieran parecer. Del teatro del autor, que en España llegó a algunos escenarios en los ochenta, se han traducido Historias de los bosques de Viena. El divorcio de Fígaro (Cátedra, 2008), en español, y, en catalán, Amor, fe, esperança (Arola, 2007).

miércoles, 5 de diciembre de 2012

“Pensar en futuro”, por Jimena Néspolo


Futuro, de Marc Augé. Trad. Rodrigo Molina-Zavalía. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2012, 160 págs.
La vida en doble. Etnología, viaje, escritura, de Marc Augé. Trad. Heber Ostroviesky. Buenos Aires, Paidós, 2012, 167 págs.



La vida en doble no es una autobiografía intelectual –dice el etnólogo francés creador del hit del “no lugar” y la “hipermodernidad”, como soplando lo que la negatividad instala– pero… podría serlo. Ha excluido –asegura– todo lo que refiere a su vida privada pero… sin embargo, Augé logra arrastrarnos a lo largo de las páginas con el ímpetu de una subjetividad que encuentra claro anclaje en ese yo autobiográfico que ya se pierde contando la temprana influencia que su tío, oficial de marina y héroe de la Segunda Guerra Mundial, ejerció en su infancia, ya revive sus escaramuzas entre árabes y pied-noirs durante su servicio militar obligatorio en Argelia o reflexiona en cómo aquella experiencia de patrullar una ciudad caótica que bregaba por dejar de ser colonia marcó su vida intelectual futura: “La disciplina militar es antes que nada una cuestión de lenguaje; es lo que le da fuerza; estructura un universo que en la vida corriente tiene límites claros, pero que en los períodos de acción, que son su razón de ser y su fin último, ofrece a cada uno de los que forman parte de él la comodidad inmediata del sentido absoluto.”
Marc Augé cursó estudios literarios y luego se inició en la antropología con un trabajo de campo que desmenuzaba las diferentes formas de poder pergueñadas a través del linaje en la sociedad alladian, en Costa de Marfil; entre 1985 y 1995 dirigió L´Ecole des Autes Études en Sciences Sociales (EHESS) y la Office de la Recherche Scientifique et Technique Outre-Mer (ORSTOM) mientras realizaba más investigaciones en África. Sabe, por tanto, que el hombre es ante todo un animal simbólico que para vivir necesita ordenar el universo a través de las jerarquizaciones que la ritualidad y el lenguaje ofrecen. Por eso Futuro, este ensayo breve y vital, a la vez que denuncia la falsa “transparencia”, el efímero “eterno presente” y el déficit ritual del mundo contemporáneo, intenta ser fiel a sus propios postulados y esbozar un camino posible, porque para Augé pertenecer al propio tiempo supone la capacidad de poder sobrevivirlo: “Ser contemporáneo es poner el acento sobre aquello que en el presente esboza algo de porvenir.” Pensar el futuro, dice el autor de Un ethnologue dans le métro (1986), es una necesidad inherente del hombre, es una construcción que el ser humano realiza desde que vive en la cultura y que sólo es posible en comunidad a través de una puesta en intriga del tiempo.
El proyecto intelectual de Marc Augé está atravesado desde sus comienzos por una fuerte conexión entre etnología, viaje y escritura. Por más que declare que Jacques Le Goff y Jean-Pierre Vernant fueron sus intelectuales faro, su concepción del tiempo como dilatación e intriga supone un conocimiento profundo del estructuralismo y las teorías narratológicas. A su vez, la fascinación ejercida por Lévi-Strauss, en especial por Tristes trópicos, se patentiza en su consideración del etnólogo en tanto sujeto que vive urgido por la necesidad de salir de sí mismo. Se trata de una necesidad –dice en La vida en doble– que puede adoptar distintas facetas, y la escritura en general y no solamente la escritura etnográfica, es una de ellas. “Todo escritor lleva una vida duplicada que nos recuerda el tipo de existencia y de influencia que siempre y en todo lugar se le ha atribuido, más allá del nombre que se le diera, a los espíritus fuertes considerados capaces de agredir, desestabilizar o influenciar a sus semejantes.” En ambos casos se trata de una  etnología de encuentros que impulsa al sujeto a viajar al interior de sí mismo para encontrar al otro: un etnólogo que se desprende de su yo íntimo para ocupar un lugar que no es el del otro, sino un espacio intermedio en el que se encuentra con uno o con varios “informantes” que por decisión propia se acercaron a él. Todos se han desplazado, han salido de sí para estar “fuera de lugar” porque sus posiciones relativizan la noción de lugar y la distancia de la evidencia ordinaria que marca la norma. Ser, por tanto, itinerante es darse la oportunidad de hacer pausas en lugares que quizá puedan ser efímeros, lugares de paso; significa también no descuidar el regreso, el recorrido circular mediante el cual volvemos a nosotros mismos al reconocer la pertenencia. “Los verdaderos lugares –dice Augé– están en nosotros. La necesidad de escribir se parece a esa necesidad de regresar en la que se experimenta al mismo tiempo el recuerdo y la espera, la tentación del pasado y la urgencia del porvenir.”
Futuro y La vida en doble parecen haber nacido de un mismo impulso que es a la vez evocación, ajuste de cuentas con el presente y una apuesta a futuro que se singulariza en la noción de “imagen”:  imágenes que se multiplican en miles de pantallas e invitan a la despersonalización planetaria de la comunicación y que es preciso denunciar, imágenes que regresan del pasado y se instalan en la percepción del presente, imágenes que son recuerdos pero también esquirlas de lo que no sucedió y que por tanto contienen aún la promesa de un mañana.