Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

viernes, 30 de marzo de 2012

"La escanción como dispositivo proliferante", por Silvana López

 El otro Joyce, de Roberto Ferro. Lanús, Colección La orilla parda - Liber Editores, 2011, 269 págs.


Las ficciones narran una experiencia, narran un viaje o narran un crimen. En la de Jorge Cáceres, el narrador-protagonista de El otro Joyce, se entrelazan todos esos posibles relatos; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones o el repliegue dilatorio del porvenir o el parcelamiento de la temporalidad de un devenir fingido.
La novela transcurre entre Buenos Aires y la Toscana, en un período posterior a la era menemista. El protagonista busca por encargo un ejemplar del Finnegans Wake de James Joyce con notas manuscritas de Borges pero encuentra otro original, My testimony de William Joyce, un activista político y locutor de radio, hijo de un rico comerciante irlandés, condenado a muerte por traidor al gobierno británico durante la Segunda Guerra Mundial. Simultáneamente, Cáceres es contratado por un prestigioso estudio de abogados para seguir a un importante empresario, Marcos Almeida, dueño de un holding de dudoso estado financiero, hasta Florencia, con el objetivo de tomarle una serie de fotografías que prueben su infidelidad.
Debido al trascurso de las circunstancias y siguiendo, entre otras, las indicaciones de Dick Tracy, Cáceres se convierte en un detective aficionado en el entramado de una compleja red de configuraciones genéricas en la que el policial es la excusa para la narración o la trama que permite el encuentro, perturbador, entre el relato y el metarrelato, el uso paródico de la escritura y los textos, la crítica y la teoría literaria junto a las obsesiones y formas de la autobiografía. Con un ojo estrábico, “que le permite abarcar la totalidad de la escena”, el personaje, un consumado perdedor devenido buscador de libros y personas para poder subsistir, construye un artificio que da cuenta de una biblioteca en la que no faltan ni los laberintos ni los espejos que duplican las apariencias.
Como todo hombre de esa biblioteca, Cáceres va en busca de un libro y encuentra otro. Es perseguidor y perseguido. Lo involucran en una farsa y arma otra. Mientras se viste y se desviste, escribe y es escrito; encuentra, traduce y narra acerca de un traidor, diferente a Kilpatrick, el otro irlandés, y el mismo es un traidor, un impostor, un contrabandista, que llena su relato de alusiones y desplazamientos convirtiendo el texto en una biblioteca interminable. “Somos todos agentes dobles”, ha afirmado Paolo Fabbri y así se comportan tanto Jorge Cáceres como Roberto Ferro, a su vez, creadores de dobles, autorías apócrifas y heterónimas, que juegan, todos juntos, a la verdad verdadera o a la falsa verdad en las maquinaciones de la conspiración, el engaño, el secreto y las traiciones.
Las alusiones a la literatura de Jorge L. Borges, las figuraciones de Juan Carlos Onetti, las maniobras de Rodolfo Walsh, la poética de James Joyce, entre otros intertextos, y las reflexiones sobre el género policial,  la épica, la traducción, la distinción entre original y copia, por una parte, la captura de una calle porteña o un pasaje florentino así como la demora en la letra al narrar un estado de ánimo, una postura, una presencia, por otra, se tensan en la novela en una erótica de la escritura plasmada en palabras minuciosamente elegidas para dar cuenta de las sinuosidades y vacilaciones del relato y/o cómo la escritura convierte las vicisitudes de la vida de los personajes en una trama de múltiples encastres aparentes.
Aferrado a una lógica inefable, El otro Joyce se inscribe en el desvío, en el contra-bando, contra-la unidad de sentido y el confort de regocijarse en lo unívoco. Desestabilizar, escandir, parcelar, cada uno de las instancias narrativas y al mismo tiempo, novelizar y tematizar los motivos y procedimientos constructivos, se convierten en la interestancia en la que se trama el texto. De ese modo, Roberto Ferro o Erbóreo R.  Frot o Miguel Vieytes o Jorge Cáceres, a veces también, Adelma Badoglio, mortifican el policial  encriptándolo en una retórica del secreto que lo hace estallar en una multiplicidad de galerías hexagonales.


lunes, 26 de marzo de 2012

“El ejercicio de mirar, el desafío de nombrar”, por Natalia Gelós

Los otros, de Josefina Licitra. Buenos Aires, Debate, 2011, 140 páginas.

Hay dos barrios pobres enfrentados. Y hay un riachuelo hediondo. No cualquier riachuelo: El Riachuelo, que se filtra entre los habitantes de esos dos barrios como susurrante, como si fuera él el encargado de narrar sus pasadas derrotas, sus futuras desgracias. Pero, claro, esta historia de oposiciones no tendrá un nudo de amor que dirima las diferencias. Aquí hay odios, odios por los descuidos de un Estado que hace tiempo se olvidó de ellos, odios al vecino, generados por el miedo, odios por el paisaje que entrega la mañana: un muro que divide ambos barrios, basura desgranada que avanza por los rincones, animales moribundos y el olor casi corpóreo de la miseria. Esta es la historia de dos barrios enfrentados: Villa Giardino, por un lado, el territorio de “los tanos”; Acuba, por el otro, el territorio ganado al basural en el que se ubicaron los otros, “los negros”. Esta es la historia de sus diferencias, de pobres contra pobres en el conurbano bonaerense, y es la historia, a su vez, de años y años de políticas de abandono.
“Estoy podrida del periodismo Cáritas”, escribía Josefina Licitra, autora de Los Otros, hace un tiempo. Lo afirmaba luego de que su libro saliera, luego de las repercusiones, de las lecturas y relecturas, y lo decía pensando en la especial atención que había tenido uno de los pasajes del libro que decía así: “Soy una mujer de clase media haciendo un libro sobre pobres, las cosas como son”, y era su manera de sincerar una situación que, de otro modo, quitaría fuerza a la integridad del relato. Porque, en principio, leer Los Otros es un modo de acercarse a una situación de pobreza extrema, desde una comodidad impúdica (la del que lee) frente a las situaciones que se narran. Y la que se acerca a ese territorio es una periodista que tampoco tiene que ver con ese mundo que en los últimos años ha sido abordado hasta el descaro por periodistas que asoman sus pies, muestran la miseria y se van. No es el caso de ella: No sólo porque se incluye en el relato y abre la discusión a estas cuestiones. También, porque llega a conocer a los protagonistas, porque habla con poderosos, porque se sincera ante sus propias flaquezas. En ese mismo artículo, Licitra explicaba el porqué de “soy una mujer de clase media haciendo un libro sobre pobres”. Decía: “ante la posibilidad de sentir lástima, preferí sentir rechazo. Ante el lagrimón con rimel importado, preferí la incomodidad de una frase que me interpelara y me obligara a buscar respuestas. Ante –en síntesis- la propuesta progre de sentar un pobre a mi mesa, preferí decir “no gracias” y sentarme a comer sola”. ¿Cómo narrar la pobreza? ¿Cómo describir la miseria si no se es parte de ella? Licitra da una pista: con sinceridad.
Entonces Los Otros es eso: un libro sólido, que acierta en el rigor periodístico y también en la grandeza literaria. Literatura de la buena para abordar eso que llamamos realidad.
Otra de las necesidades -y por lo general, las faltas- de relatos de este tipo, son las indicaciones claras de cadenas de responsabilidades políticas a lo largo de la historia que llevan a que, finalmente, la mano de uno de los integrantes de un barrio dispare, o no,  contra el cuerpo desnudo de un integrante del otro. Porque la violencia entre pobres es muchas veces una historia de ausencias varias. La historia de olvidos políticos es, tantas veces, la que prepara el gatillo. Esa desidia sistemática es nombrada, interpelada, es casi un olor más que apesta en los márgenes de ese Riachuelo omnipresente.
Y, por su puesto, una historia como ésta no sería igual si no estuviera narrada como lo está: magnífica, atrapante, con un sinfín de descripciones precisas, impregnadas de la desesperanza del entorno, con un lirismo amargo, a tono con los diálogos, con la trama que visten; con un final que vuelve sobre la idea que recorre todo el libro: que a veces hay un límite, que, inteligente, Licitra reconoce y señala: el momento justo en el que, ante tanta realidad, las palabras se apagan.

viernes, 16 de marzo de 2012

“Un curioso club”, por Fabián Soberón


La intromisión, de Muriel Spark. Buenos Aires, La Bestia Equilátera, 2011, 251 págs.

Nada impedirá que recomiende la novela La intromisión, de Muriel Spark. Ni el calor, ni los lectores desganados, ni la abulia de la industria editorial. Cuando se lee a una autora que ha escrito una novela magistral, llena de humor y de inteligencia, lo único que cabe es recomendarla.
La voz de la narradora cuenta la historia en primera persona y lo hace con una naturalidad que produce una comunicación rápida y verosímil. La prosa se ajusta al tono confidencial y el lector siente que está leyendo los secretos de alguien desconocido que, sin embargo, con el correr de las páginas se convierte en una voz amigable y veraz. Fleur, la narradora, se queja, analiza, padece, y ofrece sus apreciaciones sobre la realidad y la ficción con la misma inteligencia (en todos los casos).
La novela narra la difícil vida de Fleur, una curiosa escritora en ciernes que no tiene trabajo y que lo encuentra como secretaria de un delirante club de aspirantes a autobiógrafos. Los miembros selectos del grupo no tienen habilidades literarias y Fleur debe ocuparse de mejorar sus borradores mediocres. El líder y creador del club es Sir Quentin, un atildado caballero venido a menos amante de los títulos nobiliarios y defensor del espíritu místico. Con el paso de los días, Fleur se entera de que sir Quentin tiene propósitos menos inocuos con los miembros del club. Su pasión por la autobiografía y por la idea de un club selecto que deja documentos de nobles ciudadanos para la posteridad tiene componentes no santos. Por contrariar el proyecto secreto de sir Quentin, Fleur se ve envuelta en sus redes paranoicas y místicas. Sir Quentin tiene como aliados a la fea sirviente de la casa, la señorita Tims, quien está enamorada de él, y a los pobres aspirantes a autobiógrafos. Pero ni sir Quentin ni la señorita Tims saben que Fleur se ha hecho amiga de la anciana madre de Quentin, Edwina, quien le ayudará no sólo a descubrir los pérfidos fines del líder del club sino también a recuperar el manuscrito perdido de su primera novela.
Mientras la trama fluye y crece como un río, la voz de Fleur se las arregla para introducir la “discusión” sobre las relaciones entre literatura y vida, o entre ficción y realidad. Y precisamente es el modo de incorporar esa discusión lo que le da un tono peculiar a la novela. Muriel Spark introduce este “problema” y lo resignifica convirtiéndolo en un elemento de la trama.
Una de las gemas que más brillan en el espacio de la novela es el personaje de la anciana Edwina. Ella, al igual que los personajes secundarios, no serán olvidados. La tierna y pícara anciana le ayuda a Fleur a descubrir el sentido de los hechos y de la vida.
Hay en la voz de la narradora cierto tono de melancolía feliz que atraviesa toda la obra. Pero este tono está particularmente logrado cuando Fleur habla de la escritura de su “primera novela”. Estas apreciaciones, lejos de aburrir con sesudas reflexiones literarias, lo que hacen es describir sin ambages y con humor la tensión entre autor y editor de una manera original. Con sobriedad y sentido de la ironía, Spark aborda cuestiones que están en el centro de los debates literarios y dibuja enredos con pericia y encanto.
La construcción de la trama es precisa y calculada. Además de crear personajes inolvidables, Spark es una artista al dibujar el perfil indirecto y breve de los personajes secundarios. Y el sutil sentido del humor palpita en las páginas como un corazón agitado y vital.
Celebro la reedición que hizo La bestia equilátera de esta novela de Muriel Spark. Los que ya la han leído, pueden hacerlo de nuevo. Para los que no se han acercado a Spark, esta es una excelente oportunidad.

miércoles, 7 de marzo de 2012

"El humor como credo", Rosana Koch

Cuidado con el tigre, de Luisa Valenzuela. Buenos Aires, Editorial Seix Barral, 2011, 210 págs.
ABC de las Microfábulas, textos de Luisa Valenzuela, ilustrados por Lorenzo Amengual. Buenos Aires, Ediciones  La Vaca,  2011.

Cuidado con el tigre y ABC de las Microfábulas son las dos obras que Luisa Valenzuela ha presentado a fines de diciembre de 2011.  Cuidado con el tigre es una novela escrita en los años 60, “engavetada” durante largos años para que recién ahora salga a la luz. “Este eslabón perdido” devela un plan de escritura coherente con todos los temas que recorre su obra, especialmente se cuela ese imperativo de cuestionar la autoridad opresiva y comenzar a reflexionar sobre el poder que posteriormente Valenzuela explorará hasta las chispas. La novela recrea una “pseudo organización” que intenta lograr organizarse en su propio poder y se disuelve en ese intento, al estilo de una farsa. El asesinato del Che Guevara, los ecos de una revolución, las primeras agrupaciones guerrilleras, la figura política de Onganía son el escenario donde los personajes, a veces de manera caricaturesca, se aglutinan en “la organuta” en busca del desesperado intento de que la realidad se adecue a sus sueños, para fracasar hasta el ridículo –como los volantes políticos que no llegan a destino porque terminan desparramándose en plena carretera a causa de unas vacas.
El argumento pone en primera escena un triángulo amoroso, sin embargo el amor desaparece para reducirse a una mera y digitalizada lucha por el poder: poder que se cubre con contrastantes máscaras, pero que la autora logra finalmente deconstruir con un tono paródico y humorístico: de la revolución política se pasa a la revolución sexual entre las recámaras privadas de los tres personajes principales de la historia, el tigre Alfredo Navoni, y su cotejo a las dos hermanas, Emanuela, “la capitana”, y Amelia. La interacción de estos tres personajes revela el oscuro secreto del poder, aquel que afirma que la mejor arma para dominar al otro es el sexo: “(…)porque a Navoni la posibilidad de amar a las dos hermanas, o al menos de dejar que se pelearan por él, no le resultaba nada desagradable”; y Emanuela “sospechaba que quería tenerlo para sí y tragárselo en cuerpo y alma y hacer con él lo que no podía hacer con el país, es decir manejarlo. Amelia en cambio era más sutil, y por ende más perversa, porque cuando él se dormía después de hacer el amor se levantaba sigilosamente para lavarle las medias (…). Y a la mañana siguiente le preparaba el desayuno como le gustaba a él y lo mimaba y poco a poco lo iba encerrando en una domesticidad pegajosa como una telaraña”.
ABC de las Microfábulas es un Abecedario Ilustrado que se presenta como un libro de artista con una tirada única de 300 ejemplares numerados y firmados por los autores, además de que consta de 28 láminas de bordes dorados. En la Macromoraleja, especie de prólogo, Valenzuela comienza a barajar esta aventura: “Toda fábula es un mundo, acotado en este caso por exigencias de la minificción pero ampliado hasta el paroxismo (para usar un término lewiscarrolliano) gracias a los geniales dibujos de Lorenzo (Lolo) Amengual, que trascienden el concepto de mera ilustración y nos guían por inesperados caminos de comprensión, sorpresa y juego que requieren su propio tiempo de lectura.”
A cada letra corresponde el nombre de un animal, así la A es la “Astuta Aracné, araña por antonomasia, al atardecer ara las almohadas de ambiciosos andariegos y átalos con autosegregadas amarras afinadas para asegurarlos. Así las alondras, al aterrizar al alba, aguardan la aparición del astro ardiente anidando en las ansias ambulatorias de aquellos alocados audaces que al andar de acá para allá amenazan las áreas de acceso a las alucinaciones. Moraleja: Al llegar la noche entregate nomás al sueño. Si sos un vagabundo de lúcida vigilia podés caer en la red.” Cada risueña moraleja poco tiene que ver con una intencionalidad didáctica, además de que cada microfábula concluye con un glosario a modo de invitación para ensanchar los límites de nuestra lengua. El juego continúa con la M de Mimí, majestuosa mariposa monarca, la J de Jacinta, jirafa de Jaipur, la C de Claudio, caballo coscojero, la Ñ de Ñata, la ñandú ñañosa de Ñuñoa y tantos otros del bestiario fabuloso.
Ambas obras están atravesadas por el humor, porque es la herramienta que le concede a la escritora la cosquilla necesaria para desviarse a un movimiento de libertad. En Cuidado con el tigre hay un humor con el cual sonreímos debido a la contradicción entre los personajes de la “organuta”, y en las Microfábulas el humor es la estrategia para poder liberar al lenguaje “del corsé de su estructura” y jugar experimentando con sus múltiples posibilidades. Y porque la propia Luisa Valenzuela ha sentenciado: “Si tuviera que escribir mi credo, empezaría por el humor: creo en el sentido del humor a ultranza, creo en el humor negro, acérrimo, creo en el absurdo, en el grotesco, en todo lo que nos permita movernos más allá de nuestro limitado pensamiento, más allá de las censuras propias y ajenas, que pueden ser letales.”

viernes, 2 de marzo de 2012

“Haciendas”, por Jimena Néspolo

Sobre Cuadernos LIRICO. Revista de la red interuniversitaria de estudio de las literaturas contemporáneas del Río de la Plata en Francia. "Juan José Saer: archivo, memoria y crítica". Actas del Coloquio internacional, Maison de l´Argentine, Cité Universitaire, 4 y 5 de junio de 2010. Nro.6, Nueva época, diciembre 2011. Director de la publicación: Julio Premat.
  

Djorik estaba demasiado preocupado para disfrutar de aquel día en familia y con amigos que su mujer había cuidadosamente dispuesto ese domingo de otoño. La carne de belcebú de horneada casera se le antojaba dura, de pellejo cansino, y las hortalizas cocidas al agua de manera sencilla a fin de mantener los sabores puros se le deshacían en la boca sin dejar rastro alguno de placer. Las mujeres lidiaban con los niños, trataban de que terminaran de comer antes de que la urgencia del juego los arrebatara de la mesa de tamaño pequeño, improvisada para la ocasión junto al ventanal desde el cual se observaban las nubes y el impetuoso paisaje desértico. Los adultos, tres hombres de edad madura acodados en la grande (la gran mesa oval que coronaba el centro del comedor), mantenían un diálogo acalorado, mientras la pareja de ancianos que se encontraba sentada en la orilla oriental del recinto atendía embelesada. Djorik, sustraído de la escena, observaba el hacer de las cuatro mujeres ante la mesa de los niños y el ventanal y el desierto, sin llegar a participar en la escucha de la discusión que ahora mantenían los hombres. Toda la semana había sufrido esa presión en las sienes, ese dolor sordo y constante cuyo origen no llegaba a identificar y que por tanto persistía como un río de movimiento continuo y descompuesto, extendiéndose ya hacía sus piernas cansadas, ya hacia sus manos nerviosas o hacia su pecho y allí instalaba su agua dura, tal como si fuera una mariposa negra que batiera frenética sus alas, desesperada por salir de su carne. Entonces Djorik se encerraba en los viejos galpones y allí pasaba las tardes, ordenando el caos que por años la producción de su prole había generado. Su tarea, su misión –se decía– era administrar los restos. Ordenarlos. Realizar el certero mapa de las provisiones de su granja en ruinas. Según su cálculo, así abandonada e improductiva como estaba, con todas las reses carneadas y congeladas, con suerte y racionalidad podía darle de comer a él y a su familia durante toda su vida. Djorik era el último eslabón de una estirpe que había ejercido la ganadería de un modo artesanal, contando las cabezas de ganado como si fueran las cuentas de un rosario sagrado. Y como último eslabón también había sido testigo en su juventud de los primeros incendios espontáneos que, por aquel entonces, habían comenzado a diezmar la corteza terrestre liquidando en poco tiempo esa forma de producción cárnica. ¿En qué año había sido aquello? Se preguntaba ahora, mientras observaba cómo Georgiano daba un puñetazo sobre la mesa y luego levantaba hacia Miquel un dedo acusador, con ira contenida. ¿Cuándo se había desatado la debacle? Si mal no recordaba, cuando su padre decidió pasar a cuchillo todas las reses y colocar grandes refrigeradores aislantes en los galpones que otrora habían sido de engorde y ordeñe, tenía apenas unos años más de los que él contaba ahora. Había tomado una medida drástica, única, y gracias a ella no se había fundido como muchos productores de la zona. Una res muerta y congelada –decía siempre cuando algún vecino le pedía consejo– es una res vendible. Y así lo fue. Sin plazo de vencimiento, gracias al nuevo sistema  biorefrigerante, su padre vendía las reses a cuentagotas cuando el bolsillo lo apremiaba.  
Ahora Miquel le contestaba a Georgiano con gestos descompuestos, a todas vistas encendido, al punto que su mujer, Geraldine, colocada tras las espaldas del hombre, le pedía mesura a su marido con muecas silenciosas y gestos abnegados, como llamando a la paz y al orden. Los niños ya se habían retirado de la sala y las demás mujeres terminaban de levantar los últimos trastos. Delgadisa pasó junto a Djorik con una pila de platos en la mano, y le ofreció una sonrisa cómplice a su esposo mientras le decía a Martinia:
–¿Y qué tal el nuevo cultivo de gerontes? Se los ve muy cómodos, muy felices, ¿verdad? 
–¡Ah… son divinos! ¡Y tan cariñosos! –ambas mujeres se dieron vuelta a mirar a la pareja de ancianos que se hacía arrumacos–. Estoy tan feliz con esta nueva adquisición de la familia... Esta semana ocupamos su lugar en el Cocot, por primera vez asistimos al espectáculo del circo central en un palco de lujo. ¿Qué decirte? ¡Fue como tocar el cielo con las manos!
Djorik se acomodó en el sillón azul que lo cobijaba desde hacía media hora. Prendió su pipa de granito siberiano con hierbas aromáticas, ideales para la digestión de carne magra, e intentó prestar atención a la discusión de la que Jote Andreu, el marido de Martinia, ahora oficiaba de árbitro, parapetado tras su rostro de expresión adusta. Si la conversación seguía el curso previsto, era posible que sus amigos lo interpelaran a él en busca de una opinión que dirimiera el conflicto, así que al menos debía enterarse de qué estaban hablando.
–Señores, les pido que mantengamos la cordialidad, el que ustedes sean amigos y socios en los negocios no es excusa para que ofendan con sus comentarios groseros y confianzudos a los nuevos integrantes de mi familia –intervino Jote Andreu, de pie junto a los ancianos que seguían sonriendo tomados de las manos sin manifestar incomodidad alguna.
–Desde ya, desde ya… van mis disculpas. –Contestó Miquel con celeridad. –Es que si vamos a compartir con Georgiano un cultivo de gerontes, al menos debemos ponernos de acuerdo del rubro a cubrir. Claro que lo más saludable sería que cada cual tuviera el suyo, pero ya ves… La economía de nuestra pequeña empresa no nos permite lujos, o compartimos el cultivo, o nada. Así que lo mejor es que tengamos claro si queremos conseguir un pase directo al Polo Club, una banca en el Senado o vía libre al crédito bancario.
Miquel era un hombre práctico, y como tal encontraba siempre el modo exacto de expresar los conflictos. El cultivo de gerontes hoy movía el mundo. Había gerontes de ciento veinte a ciento cincuenta años sin descendencia y con fortuna al cuidado exclusivo de las Ciudades-Estado, para las cuales significaban una responsabilidad y un gasto excesivos así que les ponía un precio y los vendían sin mayor preámbulo. Los gerontes, con su babeante docilidad y con su Historia, eran las llaves del Sistema. Para abrir una puerta, ocupar una plaza pública, subir un escalón en la pirámide social, había que hacerse con uno. Jote Andreu, que era un hombre extremadamente culto y reservado, asintió a todos los dichos de Miquel y los socios volvieron a la arena de la disputa justo cuando Djorik absorbía la última pitada de hierba de su pipa y una somnolencia acogedora de pronto lo envolvía. Qué poco le importaba aquello. Qué afuera que estaba del Sistema con su administración certera de la ruina. En unos minutos más seguramente su mujer vendría a buscarlo y, con el pretexto de que lo veía cansado, le anunciaría a todos que mejor se volvían a casa temprano, que mejor no se andaban de noche por la carretera con tanto pirata suelto por ahí. En su casa, seguramente, comentarían los pormenores de la jornada y se reirían juntos. Djorik tenía una preocupación, un malestar que ahora por suerte había olvidado. Quizá mañana lo recordara, o quizá no. Su padre había tenido la dignidad de encontrar sin miedo una buena muerte. Estaba seguro que, siguiendo sus pasos, su final sería también feliz.