Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

viernes, 30 de diciembre de 2011

“Vivir afuera”, por Marcos Seifert

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, de Patricio Pron. Buenos Aires, Mondadori, 2011, 218 páginas.

El cuento “Los huérfanos” que integra el libro de relatos El magnífico vuelo de la noche de  Patricio Pron (publicado en el 2002) narra la historia de una mujer nacida durante la Campaña del Desierto que comienza a dar a luz hijos que hablan distintas lenguas de regiones y tiempos diversos. Ya aparecen aquí dos características que surcan de par en par su posterior libro de relatos El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan: el desarraigo, una experiencia de orfandad radical y cierta proliferación y condensación de referencias culturales distantes entre sí. Si bien la idea de desajuste entre idioma y territorio, entre lengua y origen familiar es fundamental, Pron explora y exhibe distintos modos de ser extranjero. Formas de “estar afuera”. El desamparo asociado con cierta “lógica alephiana” que concentra imágenes y lugares persiste en un cuento como “Los viajes” donde un anciano doctor Maak divaga e inventa sobre un mapa paisajes inexactos, una geografía falaz que maravilla a la sirvienta que lo atiende. El personaje que posterga constantemente sus desplazamientos reales ofrece representaciones que, a fin de cuentas, se vuelven un viaje en tanto presentan un desplazamiento ficcional, una circulación disparatada de imágenes sin asidero.
Los de Pron son relatos de un provocador. Patricio Pron nacido en Rosario, periodista free lance, premiado como narrador y doctorado en Alemania, se ha autoasignado el rol de la provocación. Su primer embate se nos manifiesta en el título del libro el cual se desprende de uno de los relatos que lo integran. Este escritor argentino que sitúa sus relatos en Alemania e involucra en ellos la cultura y la reciente historia alemana titula su libro con una frase que constituye un ejercicio de imaginación excluyente. Un enunciado, que compromete lo estético pero también lo moral, insinúa un recorte que es base de toda operación política que expulsa o busca, en el caso más extremo, liquidar al otro. Pensemos, entonces, en las resonancias de esa frase en un contexto que busca revisar su pasado nazi y notaremos las implicancias del gesto de Pron.
Otra de sus acometidas apunta hacia “el lado de acá”: el uso de un español despojado de toda marca rioplatense. De alguna manera, su ejercicio de apropiación de “otra lengua”, si bien nos recuerda a los desplazamientos de Rodolfo Wilcock y Héctor Bianciotti, es más sutil, pero no por eso deja de ser provocador. Su lengua, que nos remite al español plano autotraducido del Puig de Maldición eterna a quien lee estas páginas, es una lengua robada del español neutral de las traducciones, una lengua apátrida. Pron cuestiona las relaciones entre lengua y propiedad y busca eliminar toda naturalidad y familiaridad que engendra la cercanía. Lo logra.
Varios cuentos, además de situarse en Alemania, proponen el cruce entre la revisión del pasado histórico alemán e historias de destinos familiares o individuales (“Dos huérfanos, “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre”). Temática que desprende su escritura de una posible filiación con la tradición nacional y la vincula más con la tradición literaria alemana de posguerra. Tampoco está ausente una conciencia crítica de la Alemania contemporánea y su relación con los extranjeros (“Abejas”). Sin embargo, existen lazos que tensionan algunos de sus textos con la imaginación literaria local. Una referencia más relevante que el juego cortazariano de un cuento en que una pareja visita ciudades por separado y trata de que el azar los reúna es el diálogo que establece en “Contribución breve a un diccionario biográfico del expresionismo” con el “Pierre Menard” de Borges. Su exploración real en las vidas de los expresionistas alemanes colocando en el centro una biografía ficticia de un escritor que se propone escribir el Fausto de Goethe palabra por palabra da lugar a nuevas torsiones de la relación entre ficción y realidad. Su sucesión de biografías reescribe y desvía, también, otro texto: La literatura nazi en América de Roberto Bolaño.
Sus personajes, en su mayoría extranjeros, desarraigados y solitarios (con trayectorias cargadas de desplazamientos como la del autor), examinan sus catástrofes íntimas y se tropiezan con microhistorias o anécdotas que resignifican o enrarecen sus situaciones. Pero, también, suelen interponerse con los reveses de la incomunicación, las barreras culturales que dificultan el trato con los demás. (“El corte”)
Si bien están situados en el contexto alemán, los relatos de Pron se internan con precisión en una cotidianeidad que está más allá (o más acá) de las determinaciones nacionales, pero que, sin embargo, acusa en sus rincones más privados el impacto de lo histórico y lo político.


martes, 27 de diciembre de 2011

"La maestría de la sencillez", por Anna Rossell

Retrato de la madre de joven, de Friedrich Christian Delius. Traducción de Lidia Álvarez Grifoll. Barcelona, Sajalín Editores, 2011, 109 págs.


Como es habitual en este autor alemán –galardonado con el prestigioso premio Georg Büchner 2011–, también en esta novela Friedrich Christian Delius (Roma, 1943) aborda un tema de la historia de su país. Ubicada temporalmente en 1943 y geográficamente en Roma, Delius nos introduce, de la mano de una discreta voz conductora, en los pensamientos de una mujer de veintiún años, eje de la narración.  
A partir de una sencilla idea –el paseo a pie de apenas una hora desde su casa hasta la iglesia evangélica de la Via Sicilia, a donde se dirige para asistir a un concierto–, el autor nos permite acompañar a su protagonista. Contada en estilo indirecto libre –lo cual permite a un tiempo empatía y cierta distancia–, Delius consigue un relato magistral en el que retrata a un cierto prototipo de ciudadano alemán –Margarethe–, cuya infancia lleva el sello nacionalsocialista, a la vez que da cuenta del ambiente social y político en Alemania y en Roma y del transcurso de la guerra.
Los pensamientos de Margarethe –nacida en una pequeña ciudad luterana, educada por una familia tradicional en esta religión y casada con un pastor evangélico, que ahora sirve en el norte de África– fluyen casi sin interrupción de principio a fin. Sólo los momentos de descanso, a los que la obliga su avanzado estado de gestación, permiten un alto en el camino. Ello se refleja con originalidad en la estructura de la novela, pues Delius construye el flujo narrativo a base de cortos párrafos separados –que pretenden transmitir las pausas físicas y emocionales de su heroína– sin que ello detenga sus reflexiones, que discurren encadenándose, contenidas sólo por la mesurada intervención de la voz narradora, articuladas con comas y un único punto al final de la novela.
Siguiendo los pasos de Wolfgang Koeppen, que también eligió Roma como escenario de alguna de sus novelas, Delius se confirma como un maestro de la asociación: con extraordinario acierto y sin perder de vista la ascendencia de la protagonista, una humilde muchacha de pocos estudios. El hilo narrativo va tejiendo su entramado asociativo a partir de los monumentos romanos del trayecto, que el pensamiento de la heroína relaciona con otros de su contexto histórico-cultural, o incitado por carteles publicitarios o la visión de militares alemanes. Predispuesta por la añoranza de su marido –reclamado a filas a pesar de su lesión en una pierna precisamente cuando ambos iban a iniciar en la capital italiana su vida en común–, la joven esposa se entrega a sus recuerdos y reflexiones. Arropada en el aislamiento que le proporciona la casa de las Diaconisas Alemanas de Kaiserswerth, donde vive, Margarethe se siente insegura y sola en las calles de una ciudad en la que todo le resulta ajeno y hostil. De su discurrir emerge una mentalidad sencilla pero sensible, que en su sincera religiosidad evoluciona desde el adiestramiento de los lemas inculcados por su educación nazi en la Liga de Muchachas Alemanas hasta encontrar su genuino lugar, acorde con su verdadero sentir. A ello contribuyen las contradicciones que la futura madre percibe entre las enseñanzas de la Biblia y las consignas nacionalsocialistas –magnífico el trabajo asociativo del autor al citar salmos y divisas–, en las que se desenmascara la sutil manipulación ideológico-lingüística del Führer, así como el recuerdo de las lúcidas opiniones de su amiga Ilse, que sirve de contrapunto al personaje. La evolución en el sentir y el pensar de Margarethe culmina en las últimas páginas, que Delius –especialmente afecto al arte y a la música– construye como apoteósico catártico final sin faltar a la verosimilitud: en el propicio ambiente de la iglesia evangélica, que la envuelve en el manto familiar de su religiosidad e impulsada por el cuarteto de cuerda en do menor de Haydn y de la Cantata 56 de Bach, la protagonista da rienda suelta a su emoción. En una pormenorizada y extensa descripción el poder de la música conjura el miedo a la guerra y desencadena un pulso entre la muerte y la vida, que culmina en un vehemente clamor de “todos los generales de todos los frentes, cristianos, paganos, judíos, comunistas” por la paz.
El mismo sello editorial publicó el pasado año, del mismo autor, otra pequeña joya: El paseo de Rostock a Siracusa.

martes, 20 de diciembre de 2011

“El azar de la digresión”, por Marcelo Damiani

A la santidad del jugador de juegos de azar, de Héctor Libertella. Buenos Aires, Mansalva, 2011, 92 págs.

A la santidad del jugador de juegos de azar de Héctor Libertella es una bella apuesta sacro-lúdica. Esa dedicatoria elevada a la categoría de título ya parece aludir a un cierto lugar que la ficción ha ido perdiendo poco a poco. Frente al empobrecimiento de la producción literaria, como sostiene Julio Premat, y a la transformación del libro y la figura misma del escritor en mera mercancía, es quizá el escritor de culto uno de los pocos que aún hoy mantiene viva la esperanza de que sea dicha esa palabra sagrada, que quizá le atribuiría algún sentido al mundo, y renovado valor a nuestro empobrecido lenguaje. Pero esta sacralidad está fuertemente cuestionada por el tono juguetón que atraviesa el libro. Así, Libertella lleva adelante su propuesta por medio de un doble juego de seducción (lúdica) y postergación (infinita) del sentido final, como ese perverso tipo de jugador que no busca ganar, sino mantener un extraño (y acaso aristotélico) equilibrio. También hay, como siempre en Libertella, una necesidad de proyectar la falta fundamental sobre la que se cimenta todo lo real. El libro tiene un capítulo fantasma, “Góngora. Nada de lo humano”, sólo presente en el índice, y que funciona como una suerte de agujero negro que por momentos amenaza con tragarse el libro entero, como si se tratara de una versión literaria del famoso truco de magia (aunque en este caso, por cierto, no habría ningún truco): El acto de desaparición (nada por acá, nada por allá). El único acto que todos, tarde o temprano, estamos obligados a representar.
En este sentido, “Desimone. Fobia y placer”, es un texto emblemático. Allí, con ecos borgeanos y alusiones casi herméticas a cierto líder político nacional (¿Vandor?), Libertella construye en pocas páginas la historia del lobo Desimone, “jefe de gobierno, dueño de la política italiana”, que “ha elegido vivir en una celda” y que cuando “muere de muerte natural en Roma, en 1955, y abren su celda, claro, él ya se ha ido”. El gesto de Desimone (elegir su propia reclusión, desaparecer), como bien sugiere Martín Arias, parece deslizarse del hermetismo a la histeria, porque el encierro, antes que nada, es la sustracción del cuerpo al goce del otro.
A la santidad…, por último, es también una suerte de homenaje a Historia universal de la infamia de Borges, pero curiosamente ideada (o mejor, dictada) por Macedonio Fernández, y acaso transcripta por un amanuense distraído, decidido a arrojarse a los encantadores brazos de la digresión.

martes, 13 de diciembre de 2011

"Lo que da sentido al mundo", por Julieta Tonello

Balada, de Marcelo Cohen. Buenos Aires, Alfaguara, 2011, 136 páginas.

“Esta es una historia de deseo y sacrificio. Ya empieza” se anuncia desde la primera línea de la novela. Sin duda, estas palabras iniciales anticipan acertadamente el núcleo temático de la obra: Balada es, en efecto, una historia de deseo y sacrificio. Pero es, asimismo, mucho más. Se erige tanto en una reflexión sobre la ambición desmedida del hombre y sus consecuencias, como en una travesía hacia un mundo fantástico y en el relato de una búsqueda espiritual.

En una línea que se acerca a la ciencia ficción, aunque no se ciña a ella de manera exclusiva, la novela relata el reencuentro de Suano Botilecue, psicoanalista, y Lerena Dost, su ex paciente, quienes en el pasado sostuvieron una relación amorosa con final nefasto. Luego de dos años de separación, durante los cuales la vida de Suano fue desmoronándose sin pausa en todos sus aspectos, Lerena aparece en su vida para instarle a que la acompañe en una especie de misión espiritual. La ayuda solicitada se encuentra  ligada a la aparición de una misteriosa mujer, Dona Murava, responsable de que Lerena gane una fortuna en la lotería y, a quien, en consecuencia, ésta desea hallar para recompensar con dinero: “Lerena piensa que el mundo se ha descoyuntado, y ella con el mundo, y que no va a componerse hasta que ella haga una ofrenda a la rectitud”. Suano, quien en principio se niega a acompañarla, termina por embarcarse en una aventura que los conducirá al encuentro de los más descabellados personajes. La búsqueda de Dona Murava, una antigua cantante que se ha transformado en líder de una secta, será demorada de  manera sistemática por una serie de situaciones desafortunadas, y es justamente en esa búsqueda frustrada en la que se halla el material más rico de la historia.
Cohen ubica a los protagonistas en el paisaje del Delta Panorámico, espacio que, cabe destacar, fue elegido por el escritor para emplazar sus textos durante los últimos diez años de su carrera literaria. Quien aborde la novela se sentirá transportado a un universo poseedor de un vocabulario propio, cargado de neologismos, en donde rigen reglas muy distintas a las del mundo real. Parece como si el autor, a través de las particulares características del cosmos construido, intentara deliberadamente reforzar la idea de que se trata de un mundo ficcional, pincelado por su escritura.
Uno de los rasgos destacables de la obra es la elección de la voz del narrador, representada por un “nosotros”, por momentos difuso, que corresponde a los habitantes de los alrededores de la fonda Deluxin, un espacio marginal donde desempeña su trabajo el personaje masculino: “Entonces ella nos ve, se diría que realmente por primera vez. Y en cuanto nos ha visto bien entiende de qué se trata en este patio”.
Otra de las particularidades de la novela está constituida por la irrupción en el texto de versos sueltos tomados de diversas fuentes, como así también, en este mismo sentido, la mezcla de voces en otros idiomas que pueblan las páginas. Múltiples onomatopeyas y argumentos de canciones completan el espectro que ofrece como resultado un texto de absoluta libertad formal. 
Hay humor en la novela, pero no el tipo de humor que arranca carcajadas en el lector, sino, en cambio, una ironía sutil y refinada que matiza el dramatismo de ciertas situaciones, y que requiere de una lectura atenta.
Más allá de la agilidad de la odisea narrada y de la acabada construcción de los personajes que aparecen a lo largo de la obra, se llega a la última página con la sensación de que un hilo conductor invisible atraviesa el texto. “Un anochecer se le ocurre, como si en otras épocas no lo hubiera sabido, que lo único que da sentido al mundo es el amor” se relata en el corazón de la historia, y en esta reflexión sobrevuela la idea que parece ser el sentido último de la novela. Idea  que se refuerza por el  final elegido por Cohen, un desenlace abierto que insinúa la posibilidad de una continuidad amorosa entre los protagonistas y que permite, a su vez, que la lectura de Balada se transforme en una aventura interpretativa libre.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

“Ese silencio que grita”, por Rosana Koch

Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector. Buenos Aires, El cuenco del plata, 2011, 206 págs.


Con la relectura, la obra de Clarice Lispector recorre senderos cada vez más amplios. Su escritura rompió en su momento con cierto realismo regionalista imperante e inauguró para las letras brasileñas una narrativa innovadora y experimental, que la sitúa en un lugar privilegiado.
Cerca del corazón salvaje es la primera novela de la escritora. Publicada en 1943,  en sus páginas se proyectan los temas que resultarán la piedra angular de su obra posterior. Esta novela fue escrita con anotaciones sueltas realizadas por Clarice desde los trece a los dieciocho años. Para la recopilación de dichas notas, se recluyó en una pensión y, en soledad, pudo concluir el diario de vida de Joana. En una entrevista fechada en 1974, afirma que escribió “con mucha angustia” y que “ese libro duró lo que un embarazo: nueve meses” puesto que la técnica del registro del instante se esfumaba por la lejanía del tiempo y la imposibilidad de recogerlo.  Del epígrafe del libro, una frase de la novela de James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man (Retrato del artista adolescente), Clarice decide el título de la obra. A finales de 1973 (después de haber sido rechazada por la primera editorial) aparecen mil ejemplares de Perto do coração selvagem. Para dicha publicación Clarice “no pagaría nada, pero tampoco recibiría dinero si la novela se vendía.” Al mes, recibe un premio y una novedosa acogida por los críticos, quienes mencionan una especial sensibilidad y fuerza creadora como también una marcada influencia de James Joyce y Virginia Woolf, por el monólogo interior en donde el lenguaje le fluye sin ordenación lógica. A partir de aquí comienza “el estallido de Clarice” según Héléne Cixous, en La risa de la medusa, porque “se adentra estremeciéndose en el incomprensible espesor tembloroso del mundo, con el oído finísimo, alerta para captar incluso el ruido de las estrellas, incluso el mínimo roce de los átomos, incluso el silencio entre dos latidos del corazón. Vigía del mundo.” El terreno de su escritura lo ilustra con Kafka, Rilke, Rimbaud, Heidegger porque donde respiran los autores de estas obras exigentes, Clarice Lispector avanza.
La novela  se divide en dos partes que alternan el pasado y el presente en la construcción de Joana, la protagonista, como un diario de fragmentos de su vida donde el discurrir de su existencia, que indaga su propio ser, se funde con la voz de la narradora y la propia Clarice Lispector. La narración es un torrente hacia el interior del personaje, repleto sólo de instantes, pinceladas y sensaciones que la conectan con la realidad, mediante el fluir de la conciencia, y que comienza en la infancia (en su dimensión trágica) porque “la infancia para ella es un ‘estado’ de inocencia al que aspira todo su ser, un estado de comunión con la vida (…), algo que se sitúa más en el futuro que en el pasado, o mejor, fuera del tiempo, en la propia eternidad”, hasta la madurez. En esa infancia pierde a su madre muy tempranamente, vive con el padre y debe resignarse, luego, a su muerte; se instala con su tía, quien la cree maldita y la envía rápidamente a un internado; en la plenitud de la adolescencia se enamora de un profesor y se casa con Otávio hasta que finalmente se va, ”de viaje”, para encontrar una historia que no tiene porque, como dice Joana: “Nunca tendré una directriz (…) Resbalo de una verdad a otra, siempre olvidada de la primera, siempre insatisfecha”, extinguiendo su existencia en su propia pequeñez y entendiendo que sólo regresará a la infancia de la mano de la muerte. La narración (como una auténtica autobiografía por la lucha continua entre Clarice Lispector, su narradora y el personaje mismo) se construye desde el silencio de las palabras, porque el intento de explicar la existencia de lo que se resiste a ser dicho, tendrá como único desenlace la renuncia, el vacío y al fin, el propio silencio donde se sitúa lo indecible. Con Joana, no hay una necesidad de contar una historia o los acontecimientos de su vida, la ficción del personaje siempre se pierde: “Por destino tengo que ir a buscar y por destino vengo con las manos vacías. Pero vuelvo con lo indecible que sólo me será dado a través del fracaso de mi lenguaje”,  y  la única posibilidad de existir a partir de la escritura, intentando mirar el  lenguaje desde afuera: “Me siento dispersa en el aire, pensando dentro de los seres, viviendo en las cosas, más allá de mí.” Joana (Clarice) se pierde en la incomprensión porque este personaje estalla en la certeza de su imposibilidad que es lo único que le permite vivir. Saber que está viva y que “basta con callar para ver, debajo de todas las realidades, la única irreductible: la de la existencia”. Clarice y Joana están ahí, en ese silencio que grita y en ese misterio que es más perfecto.

viernes, 2 de diciembre de 2011

"Las tormentas privadas", por Natalia Gelós

De vidas ajenas, de Emmanuel Carrerère. Barcelona, Anagrama, 2011, 260 pág.

Esta es la historia de gente que dice sí, y que se lo repite cada día para enfrentarlo. Un matrimonio al que se le muere una hija, unas hijas a las que se les muere una madre. El autor, Emmanuel Carrerére, lo dice: fue testigo de los miedos más grandes y para hacer algo con ellos, los escribió. Una especie de conjuro en forma de novela. De vidas ajenas es un libro de tormentas feroces. Si el inicio tiene lugar en Sri Lanka, en donde hace unos años un maremoto destruyó todo lo que se le interpuso, con un zarpazo de agua, barro y  viento, lo que le sigue es la descripción de otro tipo de tsunami, el que enfrenta a las personas con la muerte cercana, con la enfermedad, con la inminencia de un final a corto plazo.
El libro se despliega como un puñado de muñecas rusas: primero cuenta el tsunami, que cambia lo que hasta entonces eran unas vacaciones más. Lo hace con descripciones precisas, descarnadas. Luego muestra los modos de sobrevivirlo. Hay un matrimonio joven, cercano, al que se le muere su hija que es apenas una niña. Carrerère narra todo desde una distancia aséptica que funciona justamente por esa lejanía. Y mientras su propia mujer ayuda, corre, pregunta, trata de colaborar con las víctimas, él navega en sentimientos encontrados: siente que debería hacer algo, siente que no quiere involucrarse, aunque sabe que eso es imposible. Y si elegir para un relato las citas adecuadas es una ardua tarea, Carrerère es diestro en estas artes. Para describir su actitud recurre a una de El pez escorpión, del suizo Nicolás Bouvier (Ed. Altair S.A., 2011): “Aquella mañana habría querido que una mano extraña me cerrase los párpados. Como estaba solo, los cerré yo mismo”. El escritor leía ese libro en esas vacaciones. No avanza en esa dirección, pero entorna la puerta a un enigma: ¿cómo funcionan, cómo nos hablan los libros que nos acompañan en diferentes momentos y que a veces se vuelven oráculos involuntarios de nuestros días?
El autor y su esposa vuelven a Francia. Al poco tiempo, Juliette, la hermana de su mujer, muere de un cáncer al que intentó combatir sin éxito. Esto lleva a Carrerère a hablar con un amigo de la muerta, un juez cojo que enfrentó la misma enfermedad. Habla con él para reconstruirla a Juliette, que también era jueza, para homenajearla. Habla también en el viudo, con sus hijas. Y cuenta cómo era su trabajo en el juzgado, por lo que describe el sistema de endeudamiento al que se someten las clases medias para saciar sus ansias de consumo que terminan, por lo general, en una deuda que los lleva a la corte. En esa instancia, el libro es también un tratado sobre el derecho de consumo. Una historia dentro de otra, una idea lleva a la otra.
Es interesante y se agradece el lugar en el que se ubica el autor. Él es testigo directo. Nada más. Nada menos. Él lo sabe y no busca, no cae, en la conmiseración. Prefiere hablar con los protagonistas, escucharlos, reconstruir su historia, abordar esas vidas que, más allá de los lazos afectivos, son vidas ajenas. Lo que logra es una arqueología humana, las distintas maneras con las que diferentes personas lidian con la muerte. De alguna manera, recuerda a El año del pensamiento mágico (Global Rhythm, 2006), de la norteamericana Joan Didion. Allí, la autora realiza una autopsia de su duelo: se murió su marido, su hija está en coma y ella excava con frialdad quirúrgica en su interior para escribir, para describirse. Algo de eso sucede aquí. Carrère elige una mirada similar. Y aunque sea de modo indirecto, también se cuenta a sí mismo.
En catálogos que se multiplican hasta la locura las historias autoreferenciales sobre la muerte, sobre su cercanía, sobre los modos de atravesarla, se acumulan. Se destacan las que eligen esquivar los golpes bajos, la sensiblería. Para roer el hueso no sirven los algodones. Se necesitan armas frías, bien filosas. Son ésas las que producen el corte más certero. Estos, los grandes temas, la enfermedad, las catástrofes, la agonía, Carrére las cuenta escena por escena. Así construye diferentes versiones de eso que hay que atravesar: el otro día. El otro día, cuando el viudo se prepara para darles el desayuno solo a sus niñas. Cuando los padres de la niña muerta se obligan a cenar. El otro día, cuando algunos otros se deciden a escribir ¿Por qué leemos estas historias? ¿Por qué son tan fascinantes? Quizá porque los temas universales son muy pocos, y lo magistral es saber domar el punto de vista. Quizá porque este tipo de libros son también para el lector una especie de conjuro.