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lunes, 4 de julio de 2011

"La conspiración impensable", por Marcelo Damiani

La conspiración de las formas, de Maximiliano Crespi. La Plata, UniPe: Universidad Pedagógica, 2011, 210 págs.


Desde su mismo título, La conspiración de las formas, Maximiliano Crespi nos lanza a una aventura reflexiva que linda con lo impensable. ¿Cómo es posible que las formas, esas supuestas cualidades, conspiren? ¿Y por qué, contra qué, quién o quiénes osan conspirar? ¿Será contra nosotros o contra ese imperio del contenido y la materia con la que parecen estar hechos no tanto nuestros sueños y pesadillas, sino más bien nuestra existencia? Aunque no son éstas las únicas preguntas que suscitan el libro, una de cuyas características principales es la de ser, en más de un sentido, muchos libros. O muchos textos leídos con el espíritu fugitivo y festivo de cierto devenir-histérico. Única forma, si esto es permisible, de evadir (aunque sea momentáneamente) los controles del sistema (a los que parece aludir Badiou en la cita que abre el libro).
La primera parte, “Pliegues: La conspiración de las formas”, está dividida en cuatro secciones, y básicamente consta del análisis de las revistas “Letra y Línea”, “Literal” y “Sitio”. El rescate de Francis Picabia con su idea del arte como ámbito del error sienta precedente sobre la mirada estrábica (o mejor: estroboscópica) desde la que se propone leer el jeroglífico literario. El espíritu de Libertella, invocado por una cita más que pertinente (al aunar lo íntimo con la resistencia), parece completar y recorrer las relaciones entre las diversas operaciones y propuestas de lecturas que encarnan las tres publicaciones. El ensayo sobre “Literal”, junto con el también excelente libro de Ariel Idez, Literal: La vanguardia intrigante, sumados a la reciente edición facsimilar de la revista por la Biblioteca Nacional, forman un tríptico fundamental para comprender el verdadero alcance del proyecto literaliano, hasta hace poco, casi secreto, y francamente marginal (es decir, en términos libertellianos, bien central).
La segunda parte de La conspiración…, “La deriva, la sin-razón, el sueño”, está constituida por cuatro estudios en los que, en las acertadas palabras de Maximiliano Lagarrigue, “se abordan y examinan el proceso de descomposición del imaginario en RolandBarthes, la compleja relación entre literatura y sin-razón en la reflexión teórica de Michel Foucault y el tema del sueño en la obra de Roger Callois”. La delgada línea que atraviesa los textos parece tener la forma de la vieja pregunta sartreana: ¿Qué es la literatura? Pero la inflexión (o la deriva) con que Crespi aborda tamaña cuestión está tan alejada de los postulados existencialistas como de la mirada obedientemente sociológica que en la actualidad quiere explicar la literatura con categorías arcaicas y sumarla así a sus filas ya domesticadas. Quizá incluso haya, en el fondo, una cuestión neo-post-retro-estructural, si el neologismo es tolerable, en los planteos (por-venir) del libro, pero sólo están ahí como pretexto o provocación. ¿Se puede hablar de un lugar, y eventualmente, de una función, del jeroglífico literario? ¿Será esa utopía una suerte de punto ciego sobre el que giran enloquecidos los discursos de la razón? Tal vez acá esté la clave de lo que Raúl Antelo ha llamado, lúcidamente, “la emergencia de la ficción teórica”.
En este sentido no sólo queda claro que para Crespi no hay diferencia entre teoría y ficción, sino también que el libro encuentra su punto de apoyo en las intensas reflexiones que le dedica al carácter ontológico de su objeto de estudio. Así,  el jeroglífico (literario) habla “de la insuficiencia del lenguaje naturalizado (sobre el que se normativiza el orden representacional). Es por ello que su presencia amenaza con suspender el totalitarismo del lenguaje naturalizado en que se sella el maridaje de servilismo y poder”. De esta forma, frente a la existencia perturbadora del jeroglífico (o de alguna de sus variantes como el hermetismo o la histeria), el régimen de verdad sólo atina a enviarlo al reducto de lo artístico (o lo patológico), para salvaguardar su totalitarismo comunicacional. El resto, parece decir, es literatura (y silencio).
El jeroglífico, como el hermetismo, como la histeria (no sólo entendida etimológicamente), es una fulguración secreta, una suerte de sujeto (sentido) que se encierra sobre sí mismo, y desde su encierro, paradójicamente, cumple un “destino público”. Este gesto, la sustracción del cuerpo al goce del otro, es un gesto histérico. Pero además también pone en evidencia una especie de vampirismo del lector –como si determinados textos nos hicieran perder sangre–, frente a la figura opuesta del lector que busca un estilo, una forma, y que según Barthes es él mismo un vampiro (que en este caso se encontraría con una red conspirativa). Sin embargo, anota Martín Arias, la verdadera figura hermético-histérica tal vez sea la momia. En el interior de la pirámide, su morada, la momia permanece rodeada de jeroglíficos (hasta la parte interna de su celda-cajón está totalmente cubierta de escritura). Pero ella no lee, no puede leer, y aunque luego de la lectura en voz alta de un papiro con fórmulas resucitadoras, para seguir con el mito, la momia salga de la pirámide, sigue permaneciendo hermética, ya que nadie puede quitarle las vendas. Lacan, en un pasaje famoso de “Función y campo…”, habla de los “jeroglíficos de la histeria, blasones de la fobia, laberintos de la Zwangsneurose...”. Así, el “destino” público de la momia viene dado por la pirámide, es decir, por el monumento. Nada nos impide pensar que la celda del (sin)-sentido y del sueño pueda ser una pirámide (incluso invertida). Con eso ambas se aseguran una perfecta intimidad hermética y un no menos perfecto destino público de monumento histérico, es decir, un destello jeroglífico.
Maximiliano Crespi, continuando con esa línea de pensadores literarios que viene de Roland Barthes y pasa por Nicolás Rosa, Héctor Libertella, Raúl Antelo y Daniel Link, entre otros, en este libro se atreve a repensar, a contrapelo de la época obsecuente y abyectamente realista que nos ha tocado vivir, la literatura como manifestación paradójica de lo residual, de lo incierto, de lo desconocido, de lo impensable, y sobre todo, de lo imposible, como únicas formas de resistencia frente a la vacuidad infinita de los discursos que nos gobiernan.

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