Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

viernes, 15 de abril de 2011

"Las vueltas de lo siniestro", por Natalia Gelós

Post Mortem (2010) (15/4 en Bafici)
Chile
Director: Pablo Larraín
Guión: Pablo Larraín
Protagonistas: Marcelo Alonso, Alfredo Castro y Amparo Noguera. 
98 minutos

La nueva obra del chileno Pablo Larraín parece ser un engranaje más, una extensión de Tony Manero, su anterior producción cinematográfica. Una vez más el actor Alfredo Castro pone el cuerpo y compone un personaje oscuro, que se mueve en el contexto de la dictadura chilena.
En Tony Manero, Raúl Peralta, obsesionado con  Fiebre de Sábado por la Noche, sólo tiene un objetivo, ser como el personaje que interpreta John Travolta. No quiere parecerse. No quiere interpretar el papel. Quiere ser él.  Para lograrlo, mata a todo aquel que se interponga en el camino. Peralta se mueve en un Chile en el que la dictadura ya está instalada y el terrorismo de estado aparece como telón de fondo, como una sombra cotidiana. En ese film destacaban la originalidad y una densidad sin tregua de los personajes y de la historia.
Algo de lo siniestro de Tony Manero se filtra en este Post Mortem, donde Mario Cornejo, un opaco y solitario asistente de la morgue, se enamora de una rancia bailarina de cabaret. No está la rabia de su antecesora. O sí, pero está contenida, escondida en la espalda encorvada del protagonista. Cornejo intenta conquistar su cariño -o al menos, su mirada-, y esa agria historia de amor se desarrolla en los primeros días de instaurado el golpe militar que derrocó a Salvador Allende, cuando los cuerpos muertos  por la represión se acumulan con el correr de las horas. 
Inspirada en la historia real de Mario Cornejo, encargado de registrar los detalles de las autopsias en un hospital y testigo de la que le hicieron al mismísimo Allende, la película con el tono sombrío y descarnado de Larraín muestra cómo revisitar ciertos temas ya transitados como el la dictadura puede ser una experiencia interesante si se lo hace con otra mirada, sin caer en una solemnidad de cartón.

domingo, 10 de abril de 2011

“Circularidad de la Nada”, por José Sabater de Montfort

El estado del malestar: capitalismo tecnológico y poder sentimental de Raúl Eguizábal. Ed. Península, Barcelona, 2011.


El catedrático de publicidad de la Universidad Complutense de Madrid Raúl Eguizábal sondea en su último libro El estado del malestar: capitalismo tecnológico y poder sentimental una versión contemporánea –necesariamente difusa y lábil– de las clásicas Mythologies (1957) de Roland Barthes. Y no sólo en sus contenidos (central es el análisis del mito, a este respecto;  o más bien “la nostalgia del mito” [pág. 62]), sino también en sus formas, e incluso en su jerga –publicitaria y algo ramplona por momentos.
El libro se compone de 26 artículos (12 cuartillas de extensión media tiene cada uno) con pretensiones de ensayo, pero que quedan las más de las veces opacados por la indignación del publicista. En este sentido hay que mencionar que el libro en bastantes tramos parece pretender más la divulgación de las emociones de supino cabreo del propio autor (en un intento salvaje por influir en el  ánimo del lector), que transmitir ideas desarrolladas a fuerza de hipótesis que devengasen en tesis voluntariosas para el diálogo.
Las secciones se asimilan al artículo de periódico sobre el que gravita una idea central que se mezcla con apreciaciones de diversa gradación (al modo de la termomix, pues –además- las mismas ideas metamorfoseadas aparecen por doquier), cerrándose finalmente con sentencias de falsa apariencia apodíctica.
Así, El estado del malestar indaga en ese “poder seductor […] envuelto en una nube de benevolencia” [pág. 19] que Eguizábal nombra como Poder Sentimental, y contra el que no parece haber posibilidad de rebelión (lo que quizá justifique el cabreo del publicista). Un poder caduco, éste, y con los jefes del cotarro “desaparecido(s) en su ausencia perpetua” [pág. 31], incapaces de sortear la Gran Crisis, mirando todavía hacia atrás, con nostalgia, mientras aquí y ahora “el mañana se ha instalado en el hoy” [pág. 84]. Jefes de estado que son como “bufones de corte” [pág. 97] y, tal vez, de ahí su inmoralidad.
En este escenario en el que la tecnología lo domina todo, siendo, en suma, Internet “lo real” y convertido todo lo demás en “sombras” [pág. 81], la capacidad de acción del ciudadano se reduce a “pequeños movimientos estratégicos” [pág. 91], puesto que no sólo ha entrado en quiebra la economía, sino la cultura e incluso el propio ser humano. En opinión de Eguizábal, no quedan más asideros que la confianza, una confianza ciega e incierta (y bastante naïf) en que todo mejorará.
El problema de que no haya más recursos reside en la tecnologización del capital, nos dice Eguizábal, y, en general, de todos los aspectos de la vida; la quiebra de la cultura y su jerarquía ha traído como corolario que las prácticas artísticas, políticas y económicas se hayan reducido al trasvase de información; funciones fáticas –en su mayoría– que sólo pretenden mantener la producción incesante de mensajes planos.
Por definición, es imposible analizar la inmediatez que ha cedido el valor a la forma. La gran lacra pues de este momento histórico es ese “efecto pantalla” [pág. 138] con el que se nos presenta la realidad, una realidad donde todo cabe y todo es indistinguible y se halla igualmente depreciado. Porque para que haya calidad, dice Eguizábal, los contenidos en la red han de pagarse. Nos habla así Eguizábal del “fatalismo de la pantalla”, que no sólo aturde, también ciega la inteligencia” [pág.136] y ello a resultas de la afectividad fácil que transmite.
Una época de lo “alfavisual” [pág.131] sería la nuestra, materialidad de la pantalla lo llama Eguizábal, un gran océano en el que los ciudadanos ceden alegremente su individualidad, despersonalizándose en el subconsciente colectivo de la cultura popular, en esa apariencia falsaria de progreso que en realidad no viene sino a ratificar una variedad ilusoria que no son sino las múltiples posibilidades de la Nada.
Sobre el libro campea una gran sensación de déjàvu, pues Eguizábal plantea una suerte de sintomatología más o menos esperpéntica de la realidad histórica actual (que ya más o menos todos nos sabemos de memoria), pero a la hora de ir ese pequeño pasito más allá que se le debe exigir a todo ensayista que pretenda analizar la realidad, nos da como respuesta que “la “auténtica subversión sería la renuncia total al consumo tecnológico” [pág 79].
Hombre, para decir eso tal vez podríamos haberlo dejado en un panfleto.

lunes, 4 de abril de 2011

“Las orillas sin río”, por Nicolás Hochman

El otro tiempo, de Carlos Dámaso Martínez. Ediciones del Copista, Córdoba, 2010.

Hace unos años leí La lentitud, de Milan Kundera. No recuerdo mucho de la trama, pero sí que no me gustó demasiado. Pese a eso, con los años se me fue afianzando una idea sobre el libro, que a esta altura ya no estoy tan seguro de que haya sido lo que realmente leí. En esas páginas Kundera articula un relato que quiebra con la narración clásica y tradicional de autor-narrador-personaje. Lo que hace (o lo que con los años me fui imaginando que hacía) es narrar dos historias en paralelo. En una, a modo convencional, explica las vivencias de un personaje en tercera persona, con esa posición un poco omnisciente de la que es imposible despegarse a un autor. En la otra, cuenta en primera persona una anécdota de hace unos años, cuando él viajó a no sé qué castillo con su señora. Lo interesante aparece cuando en el relato se filtra una anomalía, cuando surge un personaje que se llama Milan Kundera, que queda a mitad de camino de la ficción y la anécdota real. Un Milan Kundera que le resulta extraño al autor, que le molesta, que le genera una incomodidad porque claramente es él, pero no; claramente lleva su identidad, pero a sus eruditos ojos en un imbécil y le desarticula el relato. El recurso no es nuevo, y tanto Unamuno como Pirandello podrían dar sus testimonios. Pero sí es interesante ver cómo Kundera da una vuelta de tuerca con su novela.
Con El otro tiempo ocurre algo similar. Carlos Dámaso Martínez fabrica a un escritor que fabrica a un personaje que se le inmiscuye en su propia cotidianeidad y en cierto aspecto lo transforma, como presupongo transformará a su vez a ese Hacedor que es el autor, nunca inmune a las acciones de los homúnculos en que se transforman sus personajes. La historia transcurre en dos tiempos, que a su vez se fragmentan en tantos pedazos como el discurso posmoderno. Del lado de acá, un tipo que escribe y habla de las miserias de su vida diaria, de sus conversaciones con un amigo a la distancia, del devenir sexual con su mujer, de las noticias que salen por la tele, del libro que de a poco va escribiendo. Del lado de allá, la cosa se complica.
El otro relato está ambientado en un Río de la Plata sin agua, completamente seco. Por su antiguo cauce deambulan algunos hombres descentrados, probablemente a comienzos del siglo XIX. Comerciantes, futuros patriotas, indios travestidos, gauchos y extranjeros se mezclan en el paisaje enrarecido por lo que no está (“La falta es falta en su lugar”, decía Lacan). Pero Dámaso va más allá. Si el relato comienza perfilándose como una narración realista, histórica aunque en un contexto atípico, rápidamente se vuelve inverosímil, exacerbando las imposibilidades hasta transformarlas en una historia imposible, en un meta-relato donde la ilusión de la realidad cede ante la prepotencia de la ficción.
A los indios y los gauchos se les aparecen soldados alemanes de la Segunda Guerra que buscan dinamitar un submarino. Las ideas de la conquista se entremezclan con perspectivas de finales del siglo XIX, con los vuelos de la muerte y la sombra de los desaparecidos durante la dictadura. Y Perón, y los peronistas, y la manifestación del 17 de octubre y su reclusión en Martín García, y su entierro y el secuestro de sus manos a fines de los ’80. Sus personajes (los de Dámaso, los de tipo que escribe esa novela), son humanos y demasiado humanos; están calientes, perdidos, expectantes y angustiados por tanta incertidumbre de andar por la nada donde debería estar el río. Son testigos de la influencia del autor, que actúa como un demiurgo invisible que pone obstáculos e incentivos en su camino, que los obliga a tomar decisiones cuando podrían estar tranquilos en sus casas, gozando de ese día a día cotidiano, rutinario, que forma parte de la realidad del que escribe.
En El río sin orillas, Juan José Saer arma una especie de ensayo, una narración muy extraña en la que el personaje principal es ese pedazo de agua que une y separa a Uruguay y Argentina, el Río de la Plata. La metáfora lleva a pensar un poco en una idea de absoluto, de algo inabarcable, que todo lo comprende. Es muy poco probable que Dámaso Martínez no pensara en todo ello cuando escribía El otro tiempo, que es como decir “el otro lado”, el reverso del río sin orillas que, en su novela, se transforma en las orillas sin río, en la totalidad imposible, invertida. “Y si no hay riesgo, ¿para qué escribir?”, se pregunta Saer en la frase que Dámaso elige para abrir su propio libro. Otra posible pregunta sería volver a plantearla, invertida: Y si no hay riesgo, ¿cómo no escribir?