Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

jueves, 27 de enero de 2011

“Mantener a raya a los muertos”, por Mauro Peverelli

Apostoloff, de Sibylle Lewitscharoff. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2010, 338 páginas. Traducción de Claudia Baricco.
En un viaje por Bulgaria, que comenzó siendo parte de un cortejo fúnebre algo extravagante para repatriar los restos de su padre y de otros compatriotas exiliados, y que partió desde Alemania y atravesó varios países, dos hermanas son guiadas por un chofer búlgaro, allegado a la familia, que se ofrece a hacerles conocer las bondades de aquel país y de su historia. Después de terminados el cortejo y las ceremonias, y desde el asiento trasero de un automóvil pequeño, la hermana menor, que es quien cuenta la historia, empezará con una especie de raid narrativo en el que se irá destacando una mirada de permanente hostilidad con todo cuanto se va presentando en su camino: los parientes, los fallidos paisajes búlgaros, la relación con su hermana y con su madre. Hay, entonces, en todo cuanto se enfrenta la voz narradora, una primera hostilidad que a la vez le sirve para forzar los límites de los objetos y las circunstancias a describir. Detrás de esta primera mirada, generalmente arbitraria, casi como la de un niño caprichoso, emergen las posibilidades de una exposición cuya riqueza va empujando aquella voz a estamentos mucho más honestos, y donde la verdad es siempre un compuesto hecho de incertezas y de incertidumbre. Por momentos, y siempre con una engañosa malicia, la narradora se irá involucrando con sus acompañantes, en una minuciosa competencia por la potestad de los puntos de vista, sobre todo en las apreciaciones sobre la patria de su padre. Así, después de haber transitado el enojo, el fastidio por un pasado búlgaro que, a la vez que rechaza comprende que es también constitutivo de su persona, la voz de la narradora se hace cargo de aquella identidad y ofrece, gracias a la exacta distancia de observación que le permite esta enemistad con su pasado y el de su padre, una excepcional exactitud sobre algunos aspectos de la idiosincrasia búlgara: “Recordamos la tendencia búlgara a creer en los rumores –en sistemas de apuestas infalibles, dietas milagrosas, conspiraciones, OVNIS, el abracadabra de la astrología– y a divulgar este tipo de cosas señalando con el dedito y levantando las cejas.” O: “¡El secreto y la conspiración, la enfermedad de los búlgaros! Regalo de los padres de rumorosas cabezas, regalo de las parloteantes madres de voces agudas a sus hijos, desde los siglos. (…) La parentela de Sofía volvió a proveernos siempre, una y otra vez, de pruebas frescas de esta enfermedad. Lo que más excitaba a esos cerebros que vivían al acecho de conspiraciones era el tema de la muerte de nuestro padre.”
Como todo relato anclado en gran medida en la Europa del siglo veinte, el telón de fondo no evade nunca una visión de la historia de este continente en la que sobresalen el nazismo, la posguerra y las divisiones y los efectos producidos en Bulgaria por su reciente pertenencia al campo socialista. Como casi todos los países que han sufrido guerras, ocupaciones, traiciones políticas, pérdida de territorio, la Bulgaria del presente emerge, en el relato, como un pueblo que niega su pasado reciente: “Los últimos setenta años parecen no resultar muy adecuados para adornos de fantasía. Bulgaria tal como es casi no existe en la cabeza de los búlgaros. Sólo sus cuerpos están atrapados dentro de ella.”
El padre de las hermanas se suicida en su consultorio cuando ellas son apenas unas niñas, y el esfuerzo de la narradora está puesto en hacer notar que ese hecho, ese episodio trágico es el que detona, haciéndose carne en las particularidades del carácter y la personalidad de cada una de ellas, una forma de apreciación del mundo; la de ella es esta hostilidad, esta capacidad para valerse de un odio acotado que le brindará, a lo largo de la vida, una distancia y una perspectiva con las cuales ponerse a salvo de la capacidad del pasado de herir a las personas: “Los muertos esperan que llegue su hora, vienen en persona y no sólo en el negro pantano de la noche. Pero yo mantengo fríos los ánimos. Como sea he logrado vivir más que nuestro padre y una vida más agradable que la de nuestra madre. No, pienso, no es con el amor que se puede mantener a raya a los muertos, sino sólo cultivando un sano odio.”

jueves, 13 de enero de 2011

“Más vasos, más sed y más botellas”, por Marcelo Damiani

 Confesiones impersonales, de Carlos Schilling. Alción, Córdoba, 2010.
Confesiones impersonales es el tercer libro de poesía de Carlos Schilling, y si por una de esas cuestiones de la vida no llegara a escribir otro, su destino de poeta ya estaría cumplido de manera brillante. Es que desde Mudo (2001), premiado en España, pasando por las bellas sextinas de Formas de ver el mar (2006), y sin olvidar su gran novela Mujeres que nunca me amaron (2007), el autor nacido en Sunchales viene realizando un trabajo único con la lengua.
Walter Pater, maestro de Oscar Wilde y de Gerard Manley Hopkings (poeta jesuita admirado por Schilling), sostenía que todas las artes tienden a la música, y que no hay aspiración mayor. No conozco otro autor que persiga esta idea con tanto éxito como Schilling. Su poesía es siempre (y antes que nada) música. “Si cada noche vuelven las estrellas / y vuelve el viento y vuelven a fundirse / los amantes y el mar en mi memoria, / si hay más vasos, más sed y más botellas / y brindar equivale a despedirse, / ¿es el fin el principio de otra historia?” Música vana, música porque sí, podríamos agregar, parafraseando a Nalé Roxlo.
Esta fuerte apuesta arroja al poeta en una zona de indagación potencial que recorre todos sus libros, en donde las palabras son extremadas, tensadas como cuerdas a punto de romperse, para que sea imposible decidir entre el sonido y el sentido. Coherentemente, el tema en la obra de Schilling es ese mundo de posibilidades al que sólo se puede acceder a través de la poesía o la ficción.
El pintor renacentista alemán Hans Baldung Grün, discípulo de Durero, inmortalizó la figura de una muerte cadavérica que enarbola un reloj de arena sobre la cabeza de una doncella, mientras un caballero se atreve a interponer su brazo para que las arenas del tiempo no se derramen sobre el cuerpo desnudo de su compañera. Carlos Schilling, en este libro, refrenda esa lucha del caballero, aunque ahora convertido en poeta, que sigue tratando de vencer a la muerte, pero no ya por medio de la fuerza física, sino con la música vana de las palabras; el lector, agradecido.
       

domingo, 9 de enero de 2011

“El campo, el río, la ciudad”, por Sandra Gasparini

Corrientes, de Cristina Iglesia. Buenos Aires, Beatriz Viterbo Editora, 2010, 124 págs.


A simple vista Corrientes se presenta como un volumen de relatos que se dejan leer de manera autónoma. Y de hecho esta práctica de lectura puede realizarse sin inconvenientes. Pero hay también un lazo casi invisible que construye el ritmo de una nouvelle extraña, en la que no hay unidad de tiempo, ni de espacio ni de personajes, en la que el registro de desnuda lucidez a veces cercano al de la narrativa de posguerra de Pavese funciona cohesionando fragmentos de una misma trama.
Corrientes es el primer libro de ficción de Cristina Iglesia, que ha dedicado buena parte de su trayectoria intelectual al ensayo (La violencia del azar, 2003), la docencia universitaria y la crítica literaria sobre literatura argentina. En él se conjugan fragmentos autobiográficos anclados en  la infancia y adolescencia de la autora en la provincia de Corrientes, donde vivió hasta poco más de los veinte años, con otros ya situados en un tiempo inmediatamente posterior, el de la militancia política en la convulsionada década de 1970 en Buenos Aires y sus alrededores. Historias hiperbólicas y cargadas de poesía se van enredando a partir de esas matrices del yo, en las que los “puntos de mira” que ensaya la voz narradora logran sutiles cambios de perspectiva, pequeñas teorías del espacio. El aparente vacío del campo y de la casa paterna es llenado con una profusa actividad mental que tanto puede consistir en la lectura de placer o el estudio de una joven universitaria como en la planificación de un viaje de iniciación sexual. El tiempo de la adolescencia aparece ralentado, moroso o bien presuroso cuando se huye del control de los padres, con “sistemas planetarios” bien definidos y codificados.
Un hallazgo en ese sentido es “Del lado de acá”, relato que clausura un episodio narrado por Rodolfo Walsh en “La isla de los resucitados” (célebre crónica publicada en 1966) donde la quinceañera que los recibe a él y al fotógrafo Pablo Alonso en la casa del Dr. Iglesia vuelve sobre la escritura periodística, sobre el recuerdo y narra su revés.
Los bordes de lo real se exploran en “Ventana al cielo” y los tiempos femeninos se desbordan en la desmesura de “La balsa”, relato en el que el carácter épico del viaje en vapor  linda con el fantástico. “La señora”, con el que puede formar una serie, es casi quiroguiano, porque los detalles absurdos de un realismo casi objetivista se tocan con los extremos de lo irracional y de lo inquietante.
Lo clandestino, lo prohibido y las zonas parecen conformar otra serie donde, como corrientes que vienen y van, se cruzan dos novelas de aprendizaje: la de la militancia y la de la literatura, entramadas en lo autobiográfico con admirable sutileza y en dosis homeopáticas. Ese tono ascético y moderado que predomina en todo el libro no llega a romperse con el humor en “Color local”, donde se cuentan los orígenes de la mala fama de un pueblo correntino en el cual tres “guainos”, trajeados como gauchos, se atreven a desafiar a un forastero advirtiéndole “somos putos”. Precisamente la confianza en ese tono es uno de los logros del volumen.
Otro de los temas que Iglesia elige para hilvanar ese atado de sentimientos, sensaciones y percepciones que se entretejen en Corrientes es la ausencia. En “El ausente” se cuenta la construcción de una carencia, la del abuelo que las niñas no conocieron y que su abuela enseña a llorar. La espera de lo que ya no llegará, por otra parte, pone un punto final a la deriva narrativa en la casa de campo: las marcas de las ausencias quedan como un rastro en el camino cuando ese gran ausente que no regresa persiste en la memoria de la narradora, que ya no hallará sus huellas materiales en el sendero de llegada a su casa. Relato de una gran belleza poética, “No siempre” descubre precisamente la última ausencia, la del ser amado, que supera todas las otras pérdidas posibles, hasta la de la amenaza de la pérdida de identidad de la tierra natal: “la gran amenaza blanca, de nombres extranjeros”, que terminará por apropiarse de “todas las tierras, hacia el norte y hacia el sur del estero”.
En este punto, la maestría de Iglesia para hablar de la región sin parecer “regional” tiene vínculos fuertes con la narrativa de Saer, sobre quien ha escrito. Pero el plus de esta propuesta es la construcción de una mirada absolutamente cruzada por el género sexual. Se trata de la perspectiva de una militante, una estudiante universitaria, una hija adolescente, una mujer que cuenta y se cuenta. Y por eso, entre otras cosas, hay que celebrar el ingreso de Cristina Iglesia al mundo de las narradoras.

martes, 4 de enero de 2011

"Otros textículos", por Ana Ojeda

Comunicación

Era un colectivo en hora pico.
Era una multitud encochetada pugnando por avanzar a fuerza de bocinazo limpio.
Era un joven en flor con un teléfono en la mano.
Era un susurro de amor, sensualidad hecha palabra, incitación y galanteo que caían en la oreja de una delicada muchacha apostada a centímetros de él, los pies entre los suyos, los ojos en su boca, mezcolanza de brazos y mochilas, bolsos, sacos y camperas.
Era una declaración interminable, preñada de algarabía y promesas, fantasías y mimos a la oreja y el corazón.
Era el amor y su suave delirio incontrolable, su prosa encendida de emociones.
Era ella, que temblaba la oreja en su boca, el corazón al galope, navegando las emociones agolpadas en su garganta.
Fue Humberto I y Entre Ríos, y él bajándose el teléfono todavía en la oreja, el amor saliéndole a borbotones de los labios.
Fue un verlo alejarse forcejeando entre la multitud y un ella sintiéndose un poco más sola ahora que conocía esa dulzura, esa vibrante emoción.


Instrumentos de aire

Escuchar una chacarera y pensar en polvo. Nubes de tierra que se levantan festivas tras el paso de una carreta en algún lejano camino del norte. Retumbe de piso, maderas que se zarandean, se dislocan, vibran bajo el peso del viril zapateo masculino. Sonido vuelto corriente de un aire que enlaza cinturas, caderas, muslos y brazos, que los mueve de izquierda a derecha, que pone chasquidos en los dedos. Que inyecta talones con la imperativa necesidad del golpe, que nos convierte en instrumentos de aire: una bocanada basta para alumbrar una verdadera orquesta, ensamble de sonidos que ya no podrá detenerse, ritmo que aborda y domina, que señorea, comanda, maneja, subyuga. Deseo de saberse la letra –¿por qué, siempre, lo único que queda es el estribillo?–, de entonarla, desgarrarla, de lograr una voz aguardentosa a la altura de ese talón que golpetea en un rapto de éxtasis rítmico.
Puede ser también un malambo, una saya, una zamba o un takirari. El resultado es el mismo: aire que entra, sale convertido en mil ruiditos, dejando en el cuerpo un éxtasis que viene de tiempos sin memoria y purifica, renueva, revolea por los aires la necesidad de una razón.


Dostoievski

Enquistada en un enorme coral con más de 15.000.000 de individuos, cada día me topo con cientos de mis congéneres, pequeñas células idiotoides que circulan encerradas en su burbuja de música privada, sus conversaciones portables, sus videojuegos última generación. Las veo, admiro o rechazo; hago cambios potenciales en su manera de caminar o su forma de vestir. Imagino cómo serán de adelante si avanzo detrás de ellas, qué tonada modulará sus preguntas si están calladas, cómo será una cara de sorpresa, si se encuentran arrumbadas junto a la parada de un colectivo. Infligirles transformaciones imaginarias me divierte, y me convierte en una más, moviendo mis piecitos apurada, perdiéndome en lo tupido del carnaval, encerrada en mi burbuja insonora de imaginación prepotente.


Mala Strana

En su conocido opúsculo Ante la ley (traducción libre de su título original, Langeweile gegen den Wand, cuya primera traducción al inglés fue –como nadie desconoce– Saturday night fever), Franz Kafka expuso con notable economía de recursos su idea de que la ley no nace –como el resto de nosotros– naturalmente. Vale decir, que su poder surge del que le otorgamos, de manera voluntaria y sin más coerción que su supuesta presencia, siempre en un lejano más allá. Sin historia, sin principio ni fin, las disposiciones que nos rigen nacen siendo y así permanecen.
Esto, al menos, es lo que sucede en el percudido núcleo duro de Occidente. Aquí en el Sur, en cambio, todo es relativo y también la ley. Cruzarás por la línea peatonal sostiene la regla y no hay porteño que le otorgue voluntariamente nada, más bien al contrario: el placer de cruzar por la mitad de la calle, zigzagueando con indolencia entre todo tipo de caños de escape, es principalísimo a la hora de salir a pasear por la ciudad. Respetarás la luz roja es otra muy milenaria y muy poco respetada.
Si en lugar de deambular torturado por las calles de Praga, Franz lo hubiese hecho por las de Boedo, San Cristóbal o Almagro, disfrutando de nuestros cálidos vientos primaverales, nuestro bochornoso verano y nuestros olvidables inviernos, la literatura universal hubiese sin duda perdido una gran obra.