Boca de Sapo. Arte, literatura y pensamiento es un espacio textual dedicado a la producción y reflexión estética contemporánea: www.bocadesapo.com.ar

lunes, 20 de febrero de 2017

“Un cartucho repleto de perdigones”, por Jimena Néspolo



Hay una niña aristócrata que escribe o pretende escribir (“que es lo más parecido a un hombre que dio la familia”), hay un par de primos que devanean su embotamiento de clase entre tragos de bloody mary y bádminton en una Mar del Plata que sirve de refugio cuando en Buenos Aires se agita la Semana Trágica (estamos en enero de 1919), y hay un comerciante que pretende hacer su negocio abasteciendo de palomas que hacen de blanco móvil en un Club de Tiro. La puesta en escena de esta obra abismal de Mauricio Kartun (estrenada en el 2009) es austera, pero en un contexto rapaz y con actores de fuste parece maximizar la potencia de su mensaje. Todo se sostiene en el lenguaje y en la capacidad de los actores para hacer surgir del patetismo y del absurdo algún sentido cierto en este drama de clase –porque Ala de criados es ante todo un drama de clase atravesado por la violencia–: entre los ácratas, los sindicalistas y los bolcheviques que urden bombas como metáforas del amor, y “los niños bien” que reactivan la Liga Patriótica quebrando cabezas a culatazos, está Pedro Testa, sinécdoque de esa tibia clase media que pretende hacer su negocio manteniéndose neutral, azuzando el conflicto hacia un lado o hacia el otro según su conveniencia.
Pero la lógica de la obra insinúa ya desde su comienzo que toda posición que se quiera neutral, por más que se camufle de conveniencia o cinismo, es al fin de cuentas imposible; y esta reflexión la instala a través de una crítica sobre el lenguaje: porque Ala de criados es también una obra sobre el lenguaje, sobre los usos y costumbres idiomáticos de las clases poderosas, sobre las hegemonías políticas, sobre la potencia del lenguaje metafórico. Dice Tatana (en la voz de Romina Olea, que demuestra que tiene todo lo necesario y más para ponerse la obra de Kartun sobre sus espaldas) a minutos de comenzar la pieza:

Puedo escribir perfectamente sin metáforas. Mal que le pese a usted, al insulso pueblo suizo, al resto de los profesores del colegio, y a la reputísima lengua francesa tan afecta siempre a expresarse por parabolitas. En lengua madre. Y sin vueltas. Los que no podemos vivir sin discutir aprendemos pronto el valor de la palabra precisa. O perdemos. La palabra que apunta, dispara y acierta en el blanco justo. La metáfora es como un cartucho del 16 repleto de perdigones: abarca tanto que suele dar en el blanco. Pero mata además a todos los patos de alrededor. Así cualquier pelotudo es cazador.

Tatana fue educada en un colegio suizo. Su voz enmarca y monopoliza la obra, cuela palabras en francés, pero un francés “a lo pampa, sin comprarse la musiquita”[i], borronea notas en un cuaderno, maldice a su profesora rusófila, desprecia a los suizos y su debilidad por la paz (“Neutrales. Ambiguos como una metáfora”), dice sobre sí y arrasa todo a su paso. La excusa para zanjar la distancia de clase puede ser el sexo o el amor –porque Ala de criados también es una obra sobre el amor–, si se lo entiende como un coto de caza donde priva, ante todo, la posesión del otro.

Dice el tan ronco Pedro en su lengua singular: Al que le gusta la caza le tira a un aeroplano. Por el olor de la pólvora nomás. Perfume. Cazar es vivir. Hay quien cría palomas para tiro. Palomeros. Yo no, Dios me libre: las cazo. Las hago cazar, bah. Tramperos: cobran por cabeza. Yo palomero no: cazador. Yo contra ellas y que gane el mejor…

En el refucilo de metáforas que dispara Ala de criados, habrá palomeros catalanes desplumados, un Dr. Yrigoyen que se hace besar en secreto y se empodera desde el camastro de un criado, habrá tiros, traiciones, culatazos y, principalmente, en esta Semana Trágica vivida desde una improbable lejanía: habrá una bomba anarquista que estallará solo para desvirgar a quien quiera ser poeta.



ALA DE CRIADOS, de Mauricio Kartun

Romina Olea (Tatana)
Guillermo Romani (Emilito)
Héctor Acevedo (Pancho)
Alberto Lucero (Pedro)

Dirección: Guillermo Romani
Asistencia: Herbert Kraigar
Asistencia de vestuario: Cristina Godoy
Fotografía: Camila Arpetti

TEATRO Luisa Vehil
Hipólito Yrigoyen 3133, CABA
Tel: (011) 4861-3386
Entrada: $150





[i] “Pancho y su francés impecable… Que yo lo hablo pampa dice Tata. Sin el cantito. Lo único que faltaba… Demasiado que les he comprado la letra, no me van a hacer comprarle la música… Tatatá… Tatatá… El francés es un cornetín de tranvía.”

lunes, 13 de febrero de 2017

“A modo de caleidoscopio”, por Leticia Moneta


El ruido del tiempo, de Julian Barnes. Anagrama, Buenos Aires, 2016, 208 págs.

En esta última novela, Barnes vuelve sobre uno de sus géneros preferidos: la biografía. Y nuevamente su visita transita sobre los límites genéricos (como ya había sucedido con Arthur y George, El loro de Flaubert, quizás incluso El puercoespín). En El ruido del tiempo Barnes narra la vida del compositor ruso Dmitri Shostakóvich desde el imposible punto de vista del mismo Shostakóvich. La Historia, repite una y otra vez Barnes a lo largo de sus obras, es un caleidoscopio, y aquí escuchamos el relato de quien lo está utilizando. Por eso las biografías se le presentan como el terreno propicio para la ficción. Así en la “Nota del autor” que cierra el volumen, Barnes señala las fuentes que ha utilizado para componer este libro y aclara: “Elizabeth Wilson ha sido fundamental entre todos los que me han ayudado a escribir esta novela. Me facilitó material al que yo nunca hubiera tenido acceso, corrigió muchos errores y leyó el manuscrito. Pero este libro es mío, no de ella; y si no le ha gustado el mío, lea usted el de ella.˝ (199)
El relato, mayormente cronológico, se compone de fragmentos que reconstruyen la vida del músico bajo el régimen de Stalin, desde los sentimientos y reflexiones del compositor. Radica aquí lo más interesante de la novela, en el aventurarse en las posibles emociones y reacciones, los conflictos y dudas que podría haber experimentado Shostakóvich a lo largo de sus éxitos musicales y familiares y en sus momentos más oscuros: cuando su música fue prohibida o al ser puesto bajo la lupa por el régimen estalinista. El compositor alcanza el reconocimiento muy temprano en su vida y es universalmente aplaudido por su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, que tras años de éxito recibe una reseña negativa, presumiblemente escrita por Stalin: “Bulla en vez de música”. Cae entonces en relativa desgracia: si bien sigue componiendo y en ocasiones su música es bien recibida, también es citado a declarar a la ‘casa grande’ y obligado a denunciar a personas cuyas responsabilidades desconoce. El azar o Stalin lo salvan, pero su vida continúa signada por el Poder y su vínculo con la música se ve atravesado por exigencias absurdas: le piden un Shostakóvich optimista. Además él mismo se siente un cobarde y, aun cuando se sabe ya fuera de peligro, no puede dejar de lado la culpa que le producen sus acciones, pasadas y presentes: haber firmado discursos y petitorios sin leerlos, afiliarse al partido, criticar a Stravinsky. Tampoco perdona a aquellos que critican al régimen desde afuera o a los que decidieron exiliarse.
Si lo preponderante en la vida de un compositor es la música, encontramos en esta biografía una serie de oraciones que, a modo de frases musicales, se repiten una y otra vez: “El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo”, “El arte pertenece al pueblo –V.I. LENIN”, “La vida era el gato que arrastraba al loro por la cola escaleras abajo; la cabeza chocaba contra cada peldaño˝, “Bulla en vez de música”, “La historia se repetía: la primera vez como una farsa, la segunda como una tragedia”, “Seguramente tiene usted razón. Pero vamos a dejarlo así de momento. Haré ese cambio la próxima vez”, “Una tragedia optimista”, “Rusia es la patria de los elefantes”. Y en esa repetición ganan peso y su sentido se va desdoblando hacia lados inesperados.
Así funciona el caleidoscopio barnesiano en esta versión de la vida de Shostakóvich. Su falta de compromiso político y su cobardía lo torturan incesantemente. Él quiere darle su música al mundo, pero el mundo que le tocó vivir no se conforma con eso: quieren su alma, y más.



lunes, 6 de febrero de 2017

“Astutti y los plumeros”, por Adriana Mancini

El sol desaparece tras las sierras. Hoy, una nube lo cubre casi en su totalidad. La nube es blanca y tiene forma de perro. Pienso en Moreira, el perro Vizsla de Adriana Astutti. La nube se desdibuja y vuelvo a imaginar un perro. Pienso: Moreira; es como Moreira. Y detrás de la nube, ahora sin forma, rayos anchos buscan el cielo con franjas naranjas, rosas, grises.
El silencio es intenso e imágenes y palabras se superponen y aparecen a borbotones. “Voy a ir a visitarte, voy a ir y voy a golpear la puerta con las patas, Mancini”, me dijiste en una de tus breves visitas a Buenos Aires, cuando charlábamos sobre las vacaciones. ¡Golpear con las patas! Linda imagen armaste Astutti con tu sonrisa amplia, tu pelito castaño semiondulado y un poco revuelto enmarcando tu carita redonda, plácida. Claro, los brazos y las manos para las cajas del champagne y el vino. Brindemos hoy, donde estés, la copa llena y tu sonrisa plena; brindemos; otra copa más y otra por lo que nos diste con Beatriz Viterbo. Le fuiste fiel. Afrontaste tristezas y otras penurias. Y seguiste. Un día hablábamos sobre las tesis, la tuya estaba planteada, tenías hipótesis y trabajo acumulado pero no avanzabas, me dijiste que la editorial consumía tiempo. “Trabajo para editar la bibliografía que otros necesitan para escribir sus tesis”. Noble: pensé y pienso. Y ahora sé que tus comentarios, tus palabras claras se fijaron en mí; huellas de fresco saber y sensatez. Hay una imagen que vuelve en mi recuerdo, Astutti. No las circunstancias precisas, una impronta grabada que retorna. No sé, tal vez, hablábamos de hijos, los míos adolescentes y la tuya, la bella Cecilia, tendría cinco o seis años. Quizás yo comenté los avatares de los años difíciles de los hijos; distancia, agresión, resistencia. Y vos recordaste la primera vez que tu hija rehusó tomarte la mano en la calle. Sí, tengo en mí tus palabras: “Perdí tu manita, Chechi”. Lucidez supina. Así es la pérdida, sigilosa, imperceptible, socava lentamente. Y vos lo sabías Astutti. Ya lo sabías.
El ocaso astillado de hoy, tu día del adiós, da paso a una luna llena y brillante como tu sonrisa, transparente como tu mirada. Asoma por las montañas, las del otro lado, Los Comechingones, las que no pudimos disfrutar juntas, pero que compartimos, imaginándolas.
Habías traducido Mi perra Tulip y deseaste un perro. Querías un Vizsla, bello pastor húngaro, pero quiero un macho, dijiste “me gustan los Vizsla”, una mañana en la que desayunábamos. Y ahí, cerca, al alcance de nuestros ojos, había un Vizsla, apareció Moreira. Moreira nos conectaba: fotos, travesuras de Moreira. Bello, fuerte, fiel: fue, es y será su perro, como Tulip, en la novela.
Y… ¿los plumeros? ¡Los plumeros! Era una tardecita porteña en Recoleta. Tal vez fue en algún intervalo de alguna jornada sobre Silvina Ocampo, Silvina también nos unía. Tomábamos algo, distendidas y divertidas conversábamos; éramos varias y salió así: “A mí me gustan los plumeros”, ¿los plumeros? Reímos. Yo empecé a mirar los plumeros, eran lindos, sí. Demasiado bellos para su función. Tiempo después, caminando a la deriva por una calle del sur porteño, vi en la vereda junto a una pared un balde con plumeros de colores; de plumas de ganso, sedosas y de colores. Me detuve. El negocio era pequeño, en ruinas. Un viejo sentado en un banco de madera tan viejo como él y rodeado de plumas hacía con maestría sus plumeros. Recordé a la Astutti recostándose en una silla, en una plaza seca, cerca del famoso gomero de un rincón paquete para la tilinguería porteña, diciendo: “Me gustan los plumeros”. No resistí. Divertida compré dos, uno fucsia y uno amarillo, brillantes, bellísimos. Los puse en un tubo, calle España, Rosario y al correo. Escribo y sonrío, sonrío Astutti y te siento cerca. Me llamaste, hablamos y reímos. Reímos. Pasaron años y otra vez el destino o las casualidades nos encontraron, como con Moreira, con otro plumero. Era septiembre o principios de octubre de 2016. Suena el timbre. Un señor vendía plumeros casa por casa. Vi uno muy hermoso: negra la base, dudé… pero del centro salía un capullo de plumas blancas, más pequeñas, como si renacieran de las cenizas. Era el plumero para la Astutti. Lo compré e intenté comunicarme, no respondías las llamadas; tampoco quería someterte a la pesadilla de contar tu dolor. Recurrí a Judith, nuestra querida amiga en común, muy querida. Y logré comunicarme. Te hablé y tu voz clara y serena, distante de su relato del mal, me sorprendió. Valiente mujer, cuán valiente quien sostiene su dignidad frente a una muerte anticipada y perversa.
¡Quién podría olvidar tu nombre Adriana Astutti! 
Te conté sobre el plumero, reímos y acordamos una cita en Buenos Aires que no pudo ser. Te mandé la foto –“un divinor”– me escribiste, “guardame el plumero”.
El plumero bello y silencioso está ahí recordándola, recordándomela, recordándote, recordando…


Enero 2017, desde la montaña.


lunes, 30 de enero de 2017

“La pasión después de Viñas”, por Hache Pavón


Pasiones Teóricas. Crítica y literatura en los setenta, de Diego Peller. Buenos Aires, Santiago Arcos, 2016, 375 páginas.

Una vez concluida la lectura y dispuestos a escribir acerca de Pasiones Teóricas, la primera dificultad es la clasificación. ¿Se trata, como sugiere la contratapa en una clave metafórica en boga desde hace unos años, de una cartografía de la crítica de la literatura argentina de los setenta, atravesada por diversas corrientes teóricas (el existencialismo, el estructuralismo, el psicoanálisis, etc.)? En caso de que el lector responda de manera afirmativa, se encontrará con un trabajo exhaustivo y con un mapa que por extenso no pierde profundidad.
Peller trabaja sobre tres esferas textuales: la de la teoría, la de la crítica y la de la literatura. Su narración, el libro también puede leerse como una historia de la crítica literaria en la Argentina, desde los años ’60 hasta la actualidad (con intrigas y personajes: Viñas, Prieto y Sebreli; García, Masotta, y Lamborghini; Sarlo, Altamirano y Piglia por ejemplo), se vuelve atractiva cuando los elementos de una esfera invaden, como fuerzas bárbaras, las otras. En rigor, la que desborda como un magma volcánico sus propias fronteras, es la teoría. Las pasiones teóricas se apoderan de estos personajes (los atraviesan) y luego impregnan sus tareas críticas y, todavía más, sus tareas literarias.  
La clave para segmentar las últimas cinco décadas de trabajos en y en torno a la literatura está en las Revistas Literarias: Contorno, Literal y Punto de vista entre otras. Peller da cuenta del devenir de cada una de ellas: los inicios (con sus concepciones de la literatura y sus programas/manifiestos), los apogeos y las desavenencias entre sus integrantes y, finalmente, los cierres. Curiosamente, el inicio de esta historia coincide con un final: se trata del ocaso de la revista Contorno, de la que se publicaron 10 números entre 1953 y 1959. El programa del grupo de intelectuales que se reunió alrededor de Contorno incluía, desde luego, una teoría, en este caso, una teoría política. La presencia de David Viñas, su vehemencia y “su fe absoluta en las palabras” [1] y acaso en la política (que parece devorarlo como el tigre –de los Llanos– devora, finalmente, a Facundo Quiroga en Barranca Yaco), determinan la suerte de Contorno [2]. En principio el programa implica (tal como aludimos en nota al pie) una relectura crítica de la historia de la literatura argentina desde la clave “literatura argentina y realidad política”, la clave Viñas podríamos decir, sin embargo más tarde, cuando la teoría se vuelve pasión, esta “manera de leer” se vuelve exigencia, demanda, para todos los escritores, para los que integran el grupo Contorno y para los que no (para ese entonces la teoría ha trascendido sus propias fronteras, las de la crítica y ha arrasado las tierras de la literatura).
Pero la teoría política no es la única que despierta semejantes pasiones. Peller recorre el devenir no menos atractivo de otras y responde con lucidez una serie de interrogantes que nos vamos formulando en el transcurso de la lectura: ¿Qué ocurre cuando el psicoanálisis se come a la literatura? ¿Qué ocurre cuando el signo subsume al referente y la única realidad es la palabra? ¿Qué ocurre, en definitiva, cuando como un magma volcánico la pasión por la teoría, cualquiera sea, lo devora todo: la crítica, la literatura y, en primera y última instancia, las personas?   




[1] La atribución, señala Peller, le corresponde a Nicolás Rosa.
[2] En Boca de Sapo N° 21, consultado acerca de su paso por Contorno, Noé Jitrik ofrece una definición muy ajustada de la relación de Viñas con la literatura: “A David le interesaba la literatura para destruirla”. Esa destrucción se produce, entendemos, cuando la política opera como clave única de lectura. En la misma línea, Beatriz Sarlo lee la historia de Contorno: “Todo Contorno es un ajuste de cuentas” (Punto de Vista, 1981). Este ajuste se corresponde con dos operaciones simultáneas: una revisión crítica de la historia de la literatura argentina y una redefinición del canon.     

lunes, 23 de enero de 2017

“La magia de existir”, por Ana María Shua


El Libro de las Siniguales y del único Sinigual, de María Rosa Lojo (textos) y Leonor Beuter (imágenes). Buenos Aires, Editorial Mar Maior, 2016.


Están aquí, están entre nosotros, hay que tener cuidado. ¿Cuidado de no dañarlas? Esa es la primera y falsa impresión cuando las vemos, etéreas, frágiles aparentemente precarias y sin embargo eternas, siempre bellas, creadas por las manos de Leonor Beuter. ¿Creadas? ¿O son ellas mismas las que se reproducen a través de extraños métodos de ingeniería textil? En su perfección, en sus colores, en las posturas que la artista ha elegido para perfeccionar cada una de sus obras, Las Siniguales podrían ser sin palabras. Basta con su imagen, con su presencia. Pero a los humanos no nos basta con percibir. Necesitamos explicar, comprender, analizar. Y para eso está aquí el texto de María Rosa Lojo, esta pequeña enciclopedia de las Siniguales y el único (pero importantísimo) Sinigual. Esta enciclopedia de la delicadeza.  
Lojo es una gran novelista, pero aquí trabaja con pulso de poeta. Y de microficcionista, en una combinación de poesía y relato que hace de este libro algo Sinigual.
Hay que tener cuidado, dije. Pero no es fácil dañarlas ¿Acaso son peligrosas, entonces? Tampoco. Son testigos. Están con nosotros desde siempre, acompañando el transcurrir de la humanidad, esos cambios de modas y costumbres que los humanos llamamos pomposamente historia.
Se desplazan a través de los siglos, sobreviven. Atraviesan guerras, pestes y décadas de nada. En costureros y llanuras desiertas; en cortezas, chapas y bolsas de residuos. Vuelan, montan leones, cuelgan aferradas a las crenchas apelmazadas de la barba de un vikingo sanguinario. Y sin embargo, ¿qué más delicado que una Sinigual? Vaporosas, inclasificables, ausentes incluso de los catálogos mágicos, estos seres cargados de electricidad hádica, terciopelos, alambres y luz no se parecen sin embargo a las criaturas sobrenaturales que conocemos. No son brujas ni hadas –aunque a veces lo parezcan-; no son dioses ni humanos: son lo no comparable. Traen una música que llega de lugares lejanísimos, música de estrellas muertas a este mundo, el abigarrado, denso y ruidoso de los humanos. Su única magia es existir, es la persistencia de la más extrema sutileza.
El libro de las Siniguales tiene de enciclopedia y bestiario tanto como de libro de aventuras. Pero el acento siempre es el mismo: lo sutilísimo se sostiene, resiste,  permanece. Y lo asombroso no reside en sus poderes –aunque también los hay, por supuesto– sino sencillamente en su ser diáfano, translúcido, que sobrevuela la frontera de lo enunciable. Tan raras y etéreas y exóticas son las Siniguales que su alimento no es la comida, es su olor; que se reproducen mediante métodos de ingeniería textil y nacen con un cuerpo lleno de ojos que miran al mundo (con desilusión o alegría, nunca de la misma manera) y que  con cada parpadeo ven un nuevo universo. ¿Pero acaso no es eso lo que ofrece este libro? Un universo extendido, uno invisible: el de la exquisita finura. ¿Y no es ese el mundo que busca Isolina, la heroína, la niña de Finisterre? Y sin embargo, el libro insiste: están aquí, entre nosotros, nos rodean. Las siniguales pululan como un enjambre de puntos brillantes que vacilan en la frontera delicada entre la luz y la oscuridad, perturban el aire con las vibraciones de su vuelo, que irradia música, que transporta.
La escritura, el estilo de Lojo, se entrelaza con las imágenes de Beuter de una forma no menos sutil. Para darle vida a sus criaturas, las dos artistas, a través de la imagen y la palabra, se lanzan a un exquisito trabajo de minería y orfebrería. El libro en sí es una suerte de excavación: el indagar de una lengua poética, de una imagen poética, que busca y encuentra maneras para decir, para mostrar lo impalpable. En esa lengua no hay tules ni brocados de oro y plata: hay precisión, hay filo, hay superficies bien pulidas. La aspiración de levedad no se logra a través de la sencillez y el despojamiento sino, al contrario, del artificio y la sobredeterminación. Los rasgos de su escritura diseñan una trama inconsútil y abigarrada al mismo tiempo.
Con una prosa rítmica, de una constante hegemonía musical, Lojo elabora imágenes con sencillez y maestría. Desde la palabra, hay símiles exóticos –siniguales como góndolas y barcas vikingas, libélulas como coronas doradas.
Y se destaca una notable sensibilidad para la luz: fulgores, transparencias, irradiaciones, luminosidades, reflejos, en la palabra y en la imagen. Todo forma parte de la misma arquitectura. Los estados de ánimo de las Siniguales emanan bruma, los efectos de las hierbas medicinales las vuelven transparentes. Para mí uno de los puntos más altos del libro consiste en las peripecias, angustias y triunfos del único Sinigual del mundo copulando con libélulas… las imágenes desafían al lector en las trincheras de la imaginación. Por otra parte, tanta sutileza no está exenta de dolor y crueldad. La preocupación acerca del destino y el presente de una humanidad injusta, que es parte de la literatura y el pensamiento de las autoras, encuentra también su lugar entre las Siniguales.
El lenguaje de Lojo y las imágenes de Beuter son una misma cosa con la trama del texto: un misterio de delicadeza que persiste en cada lectura. Las Siniguales sobreviven. Regenerándose, creciendo como crece la semilla bajo la tierra del incendio, vueltas a nacer y a coser con las manos quebradas, con los retazos de los cuerpos, con los hilos del pensamiento.
Imposibles de borrar, inmortales e inexplicables huellas de una belleza que persiste. 


lunes, 16 de enero de 2017

“Al maestro con cariño”, por Jimena Néspolo


Convivir con el genio, de Juan Bautista Durán. Barcelona, Editorial Comba, 2014, 150 págs.

El primer libro de cuentos del español Juan Bautista Durán está organizado en torno a dos ejes temáticos, no necesariamente antagónicos, que articulan las doce piezas que conforman el volumen. El primer eje –de neta “educación sentimental”– aglutina a personajes que encuentran a través de amores florecientes o truncos y amistades abortadas ya un crecimiento personal (“Planchar divisas”, “Sueños con tesoro”, “Volver a enamorarse”) ya una excusa para el embotamiento o la desidia que abrazan (“Blasi a tres bandas”, “Quai Saint-Michel”, “Turista de sombrero ladeado”). El segundo eje –el más original, a mi entender, y de esforzada trama autoral dada la nacionalidad del escritor– hace de los tópicos culturales e identitarios de la “argentinidad” una metáfora de validación de excelencia de lo literario. No por casualidad el cuento que da nombre al libro está montado sobre la vida del ídolo futbolístico argentino Ariel “Burrito” Ortega y el deseo de dos personajes de hacerse un nombre (uno de cambiarse el apellido para no recibir ya el mote de “Burrito”, otro por entrar en el verdadero mundo de la “Literatura”); en esa búsqueda, aparece la figura de un escritor reputado (Eduardo Goitia) que propicia la siguiente reflexión por parte del narrador: 

Cuando lo conocí estábamos un grupo de escritores a la puerta de la Casa de América, en Madrid, donde dimos una serie de conferencias en torno a la recepción en ambos lados del Atlántico de nuestras respectivas literaturas.
“Es inevitable –dijo Goitia en su conferencia– que a la admiración inicial vaya unido el recelo, porque nuestra hermandad, al fin y al cabo, se funda en las idas y venidas, y en lo que, primitivamente, llamaríamos nuestra trágica condición de bárbaros, unos respecto de los otros.”
Esta reflexión resonó fuerte en mi mente por lo que me cuesta poco recordarla. Tampoco es complicada extrapolarla al mundo del fútbol, a propósito de Ariel Ortega, ya que esta misma sensación debe imperar ante el continuo movimiento de futbolistas de un país a otro (137)

Especie de alter ego del autor pero también de significante vacío, de máscara plana, el nombre de “Eduardo Goitia” surge en el cuento “Convivir con el genio” como una opción posible a la hora de buscar un cambio, mientras que en último relato (“Sueños con tesoro”) reaparece para darle vida a un personaje con el que se entrena el narrador en sesiones de boxeo, un personaje que en su juventud conoció a un tal “Nocilla” que recorrió kilómetros y kilómetros en bicicleta con las cenizas de su padre en el manillar a fin de devolver los restos a su lugar de origen.
En efecto, la “argentinidad” en este libro de cuentos es abordada de múltiples maneras. En lo literario se hace presente en referencias y epígrafes (Julio Cortázar, Silvina Ocampo, etc.); en lo formal reactiva un tipo de habla rioplatense para darle espesor y verosimilitud a sus personajes (es ejemplar el cuento “Au-pair” que ataca los clichés de la masculinidad a través de la historia de un joven contratado por una familia inglesa como niñero); en lo estético aborda los tópicos de la vida deportiva de la cultura de masas transnacional para replantear la noción romántica de “genio”.
El mismo Duran explica el protagonismo de este cuento en el breve “Prólogo” que abre la serie: “El Burrito aúna tres aspectos que me inquietan: el talento, el carácter, el apodo. Tener un apodo es casi tan importante como ser (…) pero tener un apodo es mucho más que ser, es un doble bautizo que no niega al original” (8), el apodo entonces vendría a enfatizar –dice el escritor– lo más particular de uno mismo: “el genio, esto es, aquello que nunca logramos quitarnos de encima. El genio no sólo es el don que un artista pueda tener, sino la parte más excéntrica que hay en todo quisqui, la parte que, en mayor o menor medida, nos hace insoportables para unos y admirables para otros” (8).   
Hay, por último, en varios relatos un denodado esfuerzo por acercarse a “lo femenino”, desarticulando los tópicos del amor cortés e incluso el perfil donjuanesco de los personajes en tanto cifra de su poder o autoridad. El cuento “Aviario” –que se abre reproduciendo como epígrafe unos versos de la poeta argentina Nora Almada (“Si me descalzo, ¿seré capaz de andar sobre mis huellas?”) hasta convertirla incluso en personaje de la misma ficción– condensa ejemplarmente esta búsqueda.
De lectura fluida y amena, la presencia de algunas erratas en la edición de Convivir con el genio no desmerece –en el balance final– la ambición y el arrojo de esta apuesta.


martes, 20 de diciembre de 2016

“No hay lugar más sombrío que debajo de la lámpara”, por Adriana Mancini


Otro dios ha muerto, de María Casiraghi. Alción, Córdoba, 2016, 223 págs.

Otro dios ha muerto, nuevo eslabón en la obra de María Casiraghi, es un brote que se expande a partir de los relatos de Nomadía, (Monte Ávila, 2010). En ellos, Casiraghi logra articular, con suma precisión, cada relato con su fuente respectiva pero manteniendo la autonomía de las partes. El encastre es tarea del lector; sucede más allá de los límites de los textos.
Petrona, es la protagonista de “La lluvia que no alivia” de Nomadía y es la protagonista de Otro dios ha muerto; y su personaje se va constituyendo al desplegarse, lentamente pero con firmeza, las líneas esbozadas en su anterior presentación.
El título, Otro dios ha muerto, inquieta al lector desde el comienzo, en particular a aquellos cuya fe está dirigida a un Dios único y todopoderoso. Habría otro Dios y está “muerto”.
Desde una perspectiva diversa, también podría surgir la pregunta acerca del género al que pertenece esta nueva entrega de la escritora. La obra se presenta como una novela, pero su tono de denuncia permea el texto y está avalado por la inserción de actas, documentos legitimados y cartas a destinos oficiales y personales tal que ponen de manifiesto la aniquilación y persecución de los pueblos originarios, en este caso los mapuches.
Esta composición estética que ensambla diversas maneras de expresión y que, tal como indicamos, Casiraghi ya ensaya de cierto modo en Nomadía, aporta densidad al texto como totalidad; y fundamentalmente, da a la obra posibilidad de superar dicotomías. Concretamente, esta ficción –poniendo en escena la magia de la ficción– trasciende de lo particular a lo general. ¿Qué quiero decir con esto? Aclaro por partes.
En primer lugar, Petrona es en realidad una mujer mapuche por elección. Su padre era mapuche y su madre una mestiza respetuosa de las tradiciones de su marido. Pero en la novela hay otro personaje, Gabriela; una joven investigadora que está escribiendo su tesis sobre los mapuches y por tal motivo vive con Petrona durante un tiempo para empaparse del arte de los tejidos y de la cultura mapuche y después de un tiempo vuelve a su lugar de pertenencia. Tan es la compenetración de la joven Gabriela con el espacio y la vida mapuche que a su vuelta siente que no es la misma, se siente otra, o mejor, encuentra ese punto exacto desde donde poder hablar “lo otro”; narrar:

Esta es la primera vez que retorno de un viaje sin gloria, sin testigos, sin necesitarlos.
Es como estar en otra piel, haber dormido y despertar con el cuerpo cambiado,  las manos más grandes, la cara más ancha. Tal vez esté pasando al bando de los que al viajar miran el mapa, y el riesgo sea ese, justamente: no poder volver a reconocerme en un espejo nunca más. (35)

Es oportuno recordar en este punto un refrán chino: No hay lugar más sombrío que debajo de la lámpara.
Casiraghi logra que en su novela los escenarios y sus personajes se desplacen de dos lugares sombríos para  escribirlos. Gabriela de su propia identidad construida en su espacio de origen. Petrona, en cambio, se afirma en su identidad mapuche. Ambas desestabilizan esos espacios. Gabriela con reflexiones explícitas y Petrona a partir de su condición y sus afectos.
Su madre, “mitad india, mitad blanca”, está integrada íntimamente a su vida; en algún momento de su vida se casa con un muchacho de origen mapuche que la hace muy infeliz, la castiga y la humilla. Con él tiene un hijo que muere en la primera niñez. No deja descendencia, con este marido mapuche abusador, que transmita sus tradiciones. Sin embargo, es muy feliz cuando recompone su vida en pareja con un hombre blanco que la cuida y respeta y colabora en la difusión de su cultura hasta la muerte.
La mujer mapuche se expande a través de la escritura de Casiraghi que recupera su historia. Pero ¿por qué digo que los textos trascienden de lo individual a lo general?
Petrona, durante su juventud, antes de casarse, trabaja en una casa de familia en la ciudad. Allí, no se adapta a las exigencias de su patrona quien pretende transformar sus maneras y costumbres a un modo de vida ajeno; hasta ser despedida por practicar sus rituales. En cierto momento de su estadía en la casa de la ciudad la novela recupera la siguiente escena:

–¿Voy a poder jugar a los indios con usted?– me preguntó el niño más pequeño de la patrona la primera vez que nos vimos.
–Yo soy india, no sabría cómo– le contesté. Pero mi respuesta puso triste al niño, entonces agregué –Podemos divertirnos con otras cosas. A mí me gusta mucho jugar. (144)

Petrona no puede jugar a los indios porque es india. No alcanza la distancia entre su ser y la representación de su ser india en un juego. Acuerda con el proverbio chino. Estaría en el lugar más sombrío.
Hay otros elementos de la cultura mapuche que se cruzan con la  cultura occidental en su esencia. Tanto Elías Canetti como Fernando Pessoa, también Borges y Bioy entre otros han pensado la literatura como un espacio donde anclarse; a la vida, a la patria. También confiesa Petrona: “Yo seguía los consejos de la machi y del lonco, intentando conservar la lengua como mi única casa” (168). Asimismo, la seguridad con la que San Agustín afirma que si cambian las madres cambiará el mundo la comparte una voz de clara procedencia mapuche pero de procedencia dudosa en el relato, que afirma: “Cuando una madre cuida a su hijo siente que al acunarlo, al dormirlo cantando, al alimentarlo, uno lo salva, y al salvar al niño uno salva el mundo.”(179) O sobre el misterio de la muerte y su dominio: “¿Sabemos, acaso, cuándo, cada uno de nosotros, empezamos a morir?” (217).
La novela revela el origen de los materiales que la configuran: textos específicos sobre la cultura mapuche,  conversaciones con un antropólogo amigo de la investigadora;  la información documental y los aristas de una cultura ignota que es extingue si no se escucha y se leen los telares –tejidos/texto– sobre los que escribirá su tesis, en desazón, Gabriela. Mientras tanto, Petrona ha escrito una carta que encontrará Gabriela después de su muerte y Otro dios ha muerto se abisma: “No ha vuelto a casa, Amui Leufú, pero no la culpo; sabía que así iba a pasar. No fuimos amigas, solo dos personas que se unieron en un tiempo y lugar para crear esas palabras que no existen en ninguna lengua” (223).
Sin embargo, ahí está la escritura de María Casiraghi –cuyo origen de tradición occidental no ofrece dudas– que en una lengua decididamente leal nos entrega la historia de Petrona y Gabriela, y denuncia.


sábado, 10 de diciembre de 2016

“Aguaymantos en Saarbrücken”, por Jimena Néspolo


Llegar a un poblado alemán –de raigambre medieval y neo furor tecnológico– para asistir a un simposio académico y terminar conociendo entre otras muchas cosas un fruto sudamericano entra en la cadencia de la sorpresa y la excepcionalidad que sólo la experiencia del viaje puede tramar. Conocido como “chirto” en lengua aymara, como “uchuva” en Colombia, como “bolsa de amor” o “amor escondido” en Chile, como “topotopo” en Venezuela o como “fruto del amor” en Costa Rica, el “aguaymanto” peruano tiene el tamaño de una uva, el color de un níspero y un sabor agridulce que se ofrece en capullo de hojas secas sólo a quien asista al milagro de su existencia. El aguaymanto es rico, es nutritivo y es  poderoso: ideal para combatir el asma, el cansancio mental y el stress, ayuda a robustecer de calcio de los huesos y los dientes, disminuye el colesterol, fortalece el sistema inmunológico, previene del cáncer y es maná para los diabéticos. Por si fuera poco, la planta de aguaymanto, un arbusto de crecimiento expansivo y achaparrado, protege los suelos de la erosión ambiente. Le debo su descubrimiento a Amalia Barboza, que me ha llevado hasta Saarbrücken y ha urdido magistrales canastas de frutas que sacian nuestra hambre y nuestra sed en las jornadas de trabajo, dispuestas a deliberar sobre el “El viaje a Europa” de los artistas latinoamericanos. Durante esos intensos días me entero, gracias al etnomusicólogo peruano Julio Mendívil, que “nadie es más europeo que un latinoamericano de clase media” y que existe un racismo negativo y un racismo positivo que nos “otroriza” y nos vuelve esclavos del exotismo y la subalteridad; durante esos días conozco también las intervenciones callejeras del colombiano Juan Camilo Alfonso y la forma de apropiarse de los territorios a través del mapeo y la abstracción íntima del espacio de la artista brasilera Marina Camargo.  
Si bien el simposio de investigación lo organiza la Universität des Saarlandes, las reuniones se llevan a cabo los primeros días de diciembre en la Escuela de Bellas Artes (Hochschule der Bildenden Künste Saar, HBK), que se encuentra emplazada frente a la iglesia luterana de Ludwigskirche, considerada como uno de los templos protestantes más importantes de Alemania. Para llegar a la Hochschule debemos atravesar el casco histórico de la ciudad que ya se encuentra engalanado con ferias navideñas, rebosantes de arbolitos, papá noeles y muérdagos de plástico, puestos de chocolates con forma de corazones y grandes barriles donde los jóvenes se amontonan desde temprano a beber variopintas cervezas. No obstante el kitsch que apoltrona estos festejos, todo el casco histórico tiene un aspecto homogéneo a través del protagonismo de monumentales edificios creados por un mismo demiurgo. El gran arquitecto barroco Frédéric-Joachim Stengel, responsable del templo Ludwigskirche (1778), del Ayuntamiento (1750) y la Friedenskirche (1745), también ha urdido las colosales líneas de la Basilika St. Johann (1758) que se encuentra, justamente, frente al hotel que nos alberga. Mi ventana da a sus jardines y vibra cada media hora con sus campanas. Puedo observar, desde el tercer piso, su laberinto de ligustros, sus antiguas estatuas revestidas de musgo y el gran reloj dorado que apuntala el campanario.
Saarbrücken ha sido desde siempre un territorio de disputa y un enclave de comunicación que articula todos los puntos de Europa. Brücke en alemán significa “puente”, y el topónimo alude a la notable cantidad de puentes que cruzan el río Sarre, palabra que a su vez deriva del vocablo céltico Sara (“corriente de agua”). Saarbrücken pudo ser de facto la capital de todas las instituciones de una futura Unión Europea, cuando en 1954 Francia y Alemania Occidental acordaron la creación de un estatuto que definía la zona como “territorio europeo”. Pero al fin los sarrenses abrazaron al germanismo y la lengua francesa fue proscripta.   
Recuerdo a mi abuela materna y a sus padres franceses; a mi abuelo materno y sus padres españoles; a mis abuelos paternos y sus padres italianos… En mi sangre no hay sangre alemana, y hay una sola criolla que se precie: Sara, la madre de mi Tata, hija de india huarpe y de criollo. Por alguna razón desconocida antes de emprender este viaje he puesto en mi avatar de whatsapp la imagen en daguerrotipo de esa india que fumaba en pipa, que vivió más de cien años y que el relato familiar sólo pudo asimilar presentándola como hija de cacique.   
Mi abuelo Juan, nieto de esa india cuyo nombre original desconozco y que los libros parroquiales refieren como Carmen Nuñez casada con Francisco Nuñez, un baqueano que acompañó a San Martín en el cruce de los Andes y que atesoró los sables de esa gesta, se crió junto a sus hermanos en la ciudad cuyana de San Juan.
Cuando Amalia comenta que su padre es el artista sanjuanino Justo Barboza, exiliado en Madrid luego del Golpe militar del ´76, algo se desgarra en mi interior y comprendo de pronto por qué desde hace días siento que mi rostro es un mascarón de proa tras el cual están mis tatas criollos y mis abuelas huarpes, y luego, sólo después de ellos, los abuelos de sangre europea.
En Saarbrücken se discute sobre arte pero la historia y la política se hacen una y otra vez presentes en torno al problema de la tradición, la memoria, el viaje y la identidad. Teresa Riccardi presenta a la artista Lea Lublin y explica cómo su estancia en Europa le posibilitó descentrar la mirada y trasladar su activismo icónico y político (evidenciado, por ejemplo, en la obra “Ser y ver claro” [1965] que muestra la imagen de San Martín tras un parabrisas) a un activismo de clase y de género; yo diserto sobre la poeta Alejandra Pizarnik y su cuaderno de viajes como un gran palacio de citas que le permitió apropiarse de la tradición literaria europea y que debe ser leído en diálogo con sus Diarios y, principalmente, con La condesa sangrienta. En un momento de la discusión, luego de enumerar un decálogo de estrategias para evitar ser “otrorizado”, Julio Mendívil bromea: “¡Es que los peruanos estamos jodidos desde siempre, los argentinos nos fregaron! ¡No queríamos ser indígenas, tampoco queríamos independizarnos: estábamos muy bien siendo la capital de la colonia del imperio español!”
La previa de los viajes empieza en el armado de maletas, se palpita en los andenes, en las estaciones, en los aeropuertos. Haciendo trasbordo entre un vuelo y otro, me he chocado con la actriz Carola Reyna mientras hablaba como si nos hubiéramos conocido de toda la vida con el creador de Zamba, ese dibujito que los niños argentinos podían ver en un canal televisión que dependía del Ministerio de Educación hasta ayer nomás. En el mismo vuelo que nosotros iba el fotógrafo que retrató el cadáver de Salvador Allende, Diego Goldberg. He ido a Alemania para hablar de Pizarnik pero al fin, en las terapéuticas sesiones de Saarbrücken, he hablado también del encuentro con Fernando Salem y de su película Cómo funcionan casi todas las cosas, rodada íntegramente en San Juan. Ahora, al ver el dibujo que el cineasta le dedicó a mis hijos, donde el personaje Zamba dice aquello que gritara San Martín para azuzar a su tropa en la gesta emancipatoria (“¡Seamos libres que lo demás no importa nada!”), entiendo que también he ido a Europa para hablar de mis abuelos.

Imágenes: https://www.instagram.com/boca_de_sapo/
  

domingo, 4 de diciembre de 2016

"Desde Madrid por la Internacional Feminista", Jimena Néspolo


 
En este viaje voy apenas con lo puesto. Es decir que en lo posible debo evitar mojarme porque no tengo paraguas ni ropa de repuesto, ni más dinero que para cubrir unas noches de hostal. Pero Madrid quiere lloverse y qué va, me larga sus aguas todo el fin de semana que media entre el 25 y el 28 de noviembre como si supiera que mi cuero duro ya es caparazón de tortuga, cuenco pedestre, y que si es preciso puedo enyoizarme hasta que acabe el diluvio o el buen Dios acepte deponer las armas.
La marcha, la que he venido a cubrir, se realiza en numerosas ciudades del mundo y conmemora el Día Internacional contra la Violencia de Género en recuerdo de las hermanas Miraval, activistas políticas asesinadas por la dictadura de Trujillo en el año 1960. Cientos de personas, en su mayoría mujeres de todas las edades, marchan desde la Plaza de la Ópera hasta la Puerta del Sol. Hay hombres, pero son los menos. La columna principal la embandera el Foro de Madrid con la consigna “¡Violencia de género, cuestión de Estado, ya!” en reclamo por los recortes presupuestarios que ha sufrido el área en los últimos años. Un grupo de jóvenes que avanza con el cantito “ante la duda, tú la viuda” se enfurece con el grupo de fotógrafos que la retrata y grita para que saquen a los “infiltrados”: “¡Fuera los hombres de esta marcha no tienen nada que hacer acá!”.
Voy con María Siguero y una amiga, ambas se dicen feministas de la primera hora, cuando cualquier tipo de manifestación era reprimida y las luchas por la despenalización del aborto recién comenzaban. “Yo estuve en el calabozo varios días por correr despacio –asegura María–. Si hubiera corrido más rápido la policía franquista no me atrapaba…” Al cabo de más de dos horas de charla, de recordar la labor pionera de Emilia Pardo Bazán y de enumerar con orgullo los logros de las feministas españolas, María, editora del sello Bercimuel y diecieciocho veces ganadora del concurso del programa televisivo Saber y ganar, afirma: “Un hombre que sabe, acá o en cualquier parte del mundo, consigue trabajo mientras que una mujer sabia no sólo no lo consigue sino que es tachada de pedante o de otras tantas cosas más”.
Ese mismo día, una nota publicada en un matutino, certifica que la situación en España dista mucho de ser ejemplar: una de cada cuatro mujeres embarazadas sufre violencia de género y en los últimos trece años se han registrado más de 900 feminicidios, cifra oficial que las activistas aseguran que es mucho mayor. Con la urgencia multiplicada a escala global, asisto al día siguiente a las jornadas FUCK PATRIARCHY! –organizadas por el espacio cultural Vaciador. Hay compañeras de  Honduras (del Colectivo Brujas Migrantes), de España (de Feminicidios.net), de Argentina (de Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito y Ni Una Menos), de México (Ayotzinapa 43), de Perú (de NiUnaMenosMadrid y de Women in black), de Italia y etcéteras varios.
El encuentro por la Internacional Feminista se abre con alocuciones que refieren la situación actual de México (país que ha creado la figura del “feminicidio”) y de Perú (que ha estado a pocos votos de tener a la hija de Fujimori como presidenta). Cuando le toca el turno a Argentina, Celeste Mac Dougall invita a todas las presentes a ponernos de pie y lanzar un grito (“lo que querramos decir”), junto a nuestro nombre. Empieza Celeste gritando a boca de jarro “MACHO QUIERO QUE TE MUERAS”. Continúan todas y yo anoto: “MACHETE AL MACHOTE”, “BASTA DE ABUSOS”, “AGUANTE EL FEMINISMO”, “MUERTE AL PATRIARCADO”, “NI PUTA NI SANTA”, “LAS MUJERES DECIDIMOS”, “PAREMOS LA VIOLENCIA YA”, “NI UNA MENOS”, “SOMOS PODEROSAS”, “CONTRA LOS ESTADOS MACHISTAS, LA INTERNACIONAL FEMINISTA”, “NOS TOCAN A UNA NOS TOCAN A TODAS”, “LOS CUIDADOS AL PODER”. Se acerca mi turno, soy consciente de que en gritar o no se juega la pertenencia, así que mando un “BUEN DÍA, SALUDO AL ENCUENTRO” y tomo asiento.  
Algo de lo que sucede en Vaciador 34 me recuerda a las obras de Anne-Marie Schneider expuestas en la retrospectiva que acaba de inaugurarse en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía. Dibujos de trazo informe, inacabados, sobreabundancia de experiencia e intimidad, la agitación de los cuerpos que se imponen, lo femenino como herida y como carencia, la infantilización forzada y el regodeo en las formas de la vulnerabilidad, el clamor del grito, la fantasía del empoderamiento… La serie La Belle y la Bête (2009) lleva como subtítulo “la metamorfosis de la bestia en hombre” y reinterpreta el cuento popular sobrecargando el lienzo de materias, oleos y pigmentos en busca del humor negro, el patetismo o la absurdidad.
“Yo reivindico el patetismo –dice contundente la escritora y periodista Cristina Fallarás–, es la única forma de conmoverlos: la exposición bruta como arma”. La mesa que la convoca, coordinada por Gabriela Wiener, tiene como eje de discusión “la visibilidad de las escritoras en la literatura” y pretende discutir la existencia o no de un canon literario femenino y su funcionalidad en el mercado. Mientras que Isabel Navarro lo defiende, Lucía Lijtmaer media y la Fallarás se enciende en afirmaciones categóricas del tipo “hablar de literatura sexuada es una trampa”, “la literatura es una experiencia íntima radical o no es nada”, “dirijo un diario y no llego a fin de mes”, “hablar del empoderamiento de las mujeres cuando seguimos ganando menos que los hombres es una coñada”. Las imprecaciones van en crescendo, y la Wiener me las subraya con miradas o arqueos de cejas. Cuando se abre el turno de preguntas, recojo el guante y canto truco, le pregunto por qué no apostar a los espacios alternativos independientes, si la situación laboral en los medios concentrados es tan horrorosa. “En España no existe un interés de los lectores por los medios independientes”, responde Cristina Fallarás y queda entrampada en una reflexión tautológica sin puerta de escape. 
De las jornadas, se destaca además la performace de Territorio Doméstico, los almuerzos populares del Colectivo Volleras, y el descubrimiento del “chonismo ilustrado”, trash y lésbico de Las Chillers que fiestean las noches con Severine Beata y Narcoléptica. 
Finalizado el encuentro, en un debate organizado para reflexionar sobre el “fenómeno Trump”, los líderes de Unidos Podemos, Pablo Iglesias y Alberto Garzón, María Eugenia Palop y la activista Yayo Herrero discuten sobre la necesidad de “feminizar la política”, y dejan a más de una feminista radicalizada encendida de furia por varios días: “La feminización tiene que ver con la forma de construcción de lo político -dice Pablo Iglesias-. En este momento feminizar la política es construir comunidad en los barrios, en los centros de estudios, en los centros sanitarios, en los trabajos, eso que todos conocemos porque hemos tenido madres y que significa cuidar. Es lo que hicieron los del partido de Las Panteras Negras en Filadelfia, que todo el mundo los recuerda porque se vacilaban con la policía, pero lo importante no eran sus patrullas armadas sino que hacían comedores e instituciones. Ser pueblo es ser parte de una comunidad que te cuida”.  

Imágenes: https://www.instagram.com/boca_de_sapo/

sábado, 26 de noviembre de 2016

“En la corriente de lo vivo”, por Felipe Benegas Lynch

El rey del agua, de Claudia Aboaf. Buenos Aires, Alfaguara, 2016, 144 páginas.


En El rey del agua Claudia Aboaf regresa con su dupla de hermanas, Andrea y Juana, para continuar de algún modo lo que comenzó con Pichonas (notanpüan, 2014). Aquí no hay encuentro de hermanas, apenas un diaógo telefónico en el que se dice menos de lo que se quiere. Lo que sí abunda son los desdoblamientos siniestros; los reflejos cercanos que hacen vacilar el orden y la identidad: hermanas, hijos, identidades virtuales. Todo tendido sobre un manto de agua, superfice de reflejo por excelencia, espejo móvil que llama a ser atravesado para vencer las máscaras. Incluso el agua está desdoblada aquí: hay una web profunda en la que los individuos se sumergen y no pueden regresar. Situada en el Delta del Tigre, la historia transcurre en un futuro distópico muy parecido a nuestro presente. Al estilo de series como Black Mirror, se trata de una anticipación perturbadoramente cercana. No sé sabe qué tan lejos o cerca queda ese posible futuro. Aboaf se inscribe en una vertiente de la ciencia ficción argentina que imagina el futuro para imaginar las formas de la muerte. Oesterheld soñó muertes de alienígenas en la tierra y de humanos en otros planetas (“Una muerte”, “El árbol de la buena muerte”). Di Benedetto imaginó ciudades elevadas sobre una devastada superficie terrestre donde los cuerpos de los difuntos eran volatilizados sin intervención de los familiares (“En busca de la mirada perdida”). Más cercano en el tiempo y también más cercano al delta Marcelo Cohen escribió el diario de un personaje al que se le anuncia una muerte cercana que tarda en llegar (Donde yo no estaba). En la novela de Aboaf todo confluye a una inmersión “en el río vivo, entre los muertos disueltos en el agua” (141). Uno de esos muertos, víctima de abusos por parte del Estado, es Sergio Blanco, el padre de las hermanas. Eso las convierte en Hijas del Delta y las hace, trámite mediante, beneficiarias de una indemnización. Por ahí avanza la trama. El rey del agua es el gobernante municipal, que goza de los beneficios de ese maravilloso caudal de agua con el que se ha enriquecido en un contexto en el que el agua es un bien de exportación. Pero la trama avanza para revelar la falacia de esa pretensión: que no se engañe el rey, parece decir Aboaf, que aunque amarre sus muertos en la corriente, en el remolino del agua nadie podrá reinar. Allí sólo se puede nadar: ser nada en la corriente de lo vivo. Ahí es donde se juega la verdadera identidad.